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Sabrina Cirera y una ópera desafío

La ópera inspirada en la vida, pasión y muerte del poeta francés André Chénier, asesinado bajo el régimen del Terror por sus ideas políticas, contará con un elenco encabezado por Darío Sayegh, Sabrina Cirera (10, 12 y 16) y Montserrat Maldonado (18) y Pol González (10 y 18) y Juan Salvador Trupía (12 y 16). La régie corresponde a Ana D'Anna y la dirección musical a Antonio Russo, al frente del elenco, el Coro de la asociación preparado por Hernán Sánchez Arteaga y la Orquesta Juventus Lyrica. Dialogamos con Cirera, a cargo del protagónico femenino, Maddalena de Coigny:
Periodista: ¿Qué desafíos comprende este papel?
Sabrina Cirera: Todos. Es una ópera que no da respiro en ningún sentido. Desde lo técnico hay que estar constantemente pensando todo, uno no se puede distraer porque se pierde. También en lo musical, no hay lugar para la distracción, en especial el primer acto que es tan complicado, si se pierde el hilo se va todo a cualquier lado. Desde lo escénico, el mayor problema con este tipo de personajes es el temperamento. Yo soy mucho más temperamental que Maddalena, y eso me demanda una construcción mayor de ese personaje que si se tratara por ejemplo de Medée de Cherubini o cualquier otro con más temperamento. Es una triple amenaza. No sé si es el más difícil, pero está entre los más difíciles que haya tenido que cantar. La música es una maravilla y la ópera también, pero vocalmente es como si no se hubiera pensado mucho en el cantante, porque es muy compleja.
P.: Y además esta ópera, al igual que "Manon Lescaut" de Puccini y especialmente en ese primer acto, contiene esa dualidad de un ámbito dieciochesco retratado por un músico a las puertas del siglo XIX.
S.C.: Aun así "ManonLescaut", que fue además la primera ópera que me tocó cantar con Juventus Lyrica, tampoco me resultó tan complicada como ésta. No sé si será la escritura de Puccini, que a pesar de que estamos siempre dentro del verismo, es completamente diferente, hay momentos en los que uno se puede desconectar de algunas de las cosas: de lo técnico porque uno sabe que la voz va a seguir igual, de lo musical porque ya está muy incorporado y tiene cosas sencillas de las que se puede liberar un poco, pese a que es una ópera que es el doble que ésta. Eso es lo que no tiene esta ópera, o al menos yo no lo encuentro. Lo que parecería que no es un desafío vocal lo es, como el primer acto. Hablaba con el director Russo de que es, en aquello a lo que él apunta, casi a un papel característico, hay momentos en los que hay que crear efectos o colores que obligan a un trabajo vocal muy grande, porque estoy acostumbrada a cantar de otra manera. Maddalena empieza a cantar entonces en el segundo acto. Esa escritura ligera y colorística del primer acto prepara para todo lo que va a venir después.
P.: El cambio de clima es abrupto...
S. C.:Tal como ella lo va a contar después, han pasado tres años en los que ocurrió toda su tragedia, por eso el gran cambio en el carácter y en lo musical. No tiene que haber mucho peso en la voz, pero sí cuestiones de color para mostrar en la vocalidad este cambio que ella ha tenido: perdió a su madre, perdió su casa, su amiga se prostituye, es una adolescente que vio destruida su vida y tiene por única esperanza a esta persona de la que se enamoró y a la que le envía cartas. Es una mujer fuerte: no cualquiera se atreve a hacer las cosas que ella hace. Pero al mismo tiempo sigue siendo una niña y necesita alguien que la cuide.
P.: ¿Por qué caminos transcurrió el trabajo escénico con Ana D'Anna?
S. C.: Como siempre desde que empecé con ella, es un trabajo orientado a que lo que se ve sea algo que está vivo. En este tipo de óperas tan conocidas es muy fácil caer en los clichés y en repetir mecánicamente sin un sentido real. Uno no puede evitar tener versiones en la cabeza, y el trabajo de ella es despojar al cantante de todo el bagaje que puede tener, y también sacarlo desde uno. En este caso, como decía, es más difícil porque yo no soy así, pero se trata de que en algún momento Maddalena sea yo y yo seaMaddalena, y desde ahí sacarlo; es la manera de que después sea algo auténtico. En todos los papeles lo fundamental es que el público pueda decir "Claro, a esta persona le pudo haber pasado eso, estoy viendo a un ser humano al que le está pasando eso". Y la única forma de lograrlo es que eso le ocurra a uno antes; si alguien se sube al escenario a decir "Bueno, voy a hacer que soy Maddalena y me voy a la guillotina con Chénier", eso se nota. Cuando se siente que es ese ser que va a perder la cabeza por seguir a la persona que ama, las cosas toman otro color. Si no es algo vivo es un CD, y para eso me quedo en mi casa. Cuando canté "Trovatore" con Juventus, mi primera función fue fatídica. No rompí más agudos porque no había, y cuando todo terminó Ana me dijo, mientras yo lloraba: "Una ópera no es un agudo. Si el agudo se rompió se rompió, pero estuvo todo lo demás, y eso es una ópera. No quiero que tomen como el fin de esto la voz: la voz es el medio, y si uno es honesto con eso puede haber dos millones de accidentes que el público va a entender, e igual va a disfrutar de eso porque uno está siendo auténtico, uno está dándolo todo". Es una frase que me marcó, y comprobé que es verdad. No soy perfecta, de todas me mando todas, pero el público ve más allá de eso, y es bueno, porque todos somos seres humanos y si somos auténticos en eso nunca nos podemos equivocar. También Russo nos dice eso: "Hagan música, no me interesan las grabaciones, no me interesa lo que hicieron Pavarotti ni Domingo: si el compositor escribió esto es porque quiere esto, no hagan nada más que lo que está en la partitura". Es lo que me gusta de este equipo de trabajo: la búsqueda del hecho artístico y su autenticidad.
Entrevista de Margarita Pollini


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