El derrumbe de los precios de los commodities subsana- de manera convincente- el principal conflicto en la agenda de los bancos centrales del G-7. La nave insignia de las presiones inflacionarias -el petróleo- se precipitó casi 25% desde sus máximos de julio. El oro no le perdió pisada. En una gama vasta de materias primas -que va desde los alimentos hasta los metales-, el espectro de bajas llega hasta 40%. Pero la estampida no alcanza todavía para promover un cambio en la hoja de ruta de la política monetaria. Si en junio los bancos centrales respondieron a la aceleración de las cotizaciones con un giro sin ambages hacia posiciones duras, la respuesta al desmoronamiento posterior no será simétrica.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
La descompresión de los mercados de materias primas provee, por cierto, un alivio que difícilmente pudiera ser más oportuno. Sobre todo, después de examinar los últimos informes de inflación en EE.UU. y Europa. Pero no cabe esperar que le abra las puertas a un agresivo cambio de planes.
¿Habrá margen para que la Fed, comandada por Ben Bernanke, por ejemplo, ensaye una baja de tasas en su próxima reunión del 16 de setiembre? Ni pensarlo. El titular de la Fed de Atlanta, Dennis Lockhart, dejó claro por qué meridiano transcurren las decisiones. «El debate razonable de política -subrayó este viernes- pasará entre mantener las tasas de interés o subirlas». Lockhart -quien reveló sus preferencias por preservar la situación vigente- anticipa que en los próximos meses dicho intercambio de opiniones cobrará aún mayor voltaje. «Estamos todos muy preocupados por la progresión alcista de los precios», reconoció, sin negar por ello la «gran contribución» aportada, desde mediados de julio, por el repliegue de las cotizaciones del crudo.
Razones no le faltan. En los EE.UU., desde fines de abril, los precios minoristas subieron a tasas otrora sudamericanas. Treparon 0,6% en mayo y 1,1% en junio. Los datos frescos de julio sumaron un avance adicional de 0,8%. En los últimos doce meses, la variación acumulada anota un registro de 5,6%. Hay que retroceder a enero de 1991 para encontrar un guarismo similar en las estadísticas de los EE.UU. Pero en los tres meses más recientes, lejos de moderarse, su paso se aceleró. Si se anualizan las cifras, el tranco se revela arrollador: 10,6%. Las tasas de interés de corto plazo, se recuerda, permanecen fijas en 2%. A primera vista, no es la reticencia a recortarlas lo que habría que explicar, sino los motivos por los que la Fed no infla las velas a toda prisa.
En la anatomía de la inflaciónse encuentra rápido la respuesta. La medición general acusa el citado aumento de 5,6% en los últimos doce meses, pero cuando se la disecciona se observa un comportamiento bipolar. La inflación núcleo (sin alimentos ni energía) se elevó «sólo» 2,5%. Los precios de la energía al consumidor de los EE.UU. lo hicieron en 29,3% (mientras los alimentos treparon 6%). Los bienes que conforman la canasta de consumo se encarecieron 7,8%, pero si se excluye el impacto de alimentos y energía la cifra final se reduce a un magro 0,6%.
La aceleración de mayo a julio obedece también al mismo patrón. La inflación general anualizada se disparó a 10,6% como reflejo de un incremento descomunal en el ritmo de apreciación de la energía a 79,4%. La buena noticia que traen los mercados de materias primas -y que la Fed recibe con beneplácito- es que desde que comenzó el derrumbe de los precios del crudo en los mercados internacionales, todo el encarecimiento doméstico de la nafta entre mayo y mediados de julio (y que capturan los índices de inflación publicados) ya se evaporó. El galón -según el promedio nacional- costaba 3,76 dólares el 15 de mayo y otro tanto el 15 de agosto. En el camino, quedaron el pico de 4,13 dólares y las toneladas de recriminaciones al cruzar la frontera de los 4 dólares (resta ver qué ocurre con la reducción en paralelo que se produjo en la demanda).
Quiebre
Es verdad que, por razones de un ajuste estacional muy pronunciado, no todo el retroceso aparecerá en los próximos índices desestacionalizados, pero, aun así, una corrección tan rotunda quebrará de cuajo la peligrosa tendencia a la desmesura.
Si por inflación se entiende la suba sostenida y generalizada del nivel de precios, el fenómeno es, pues, mucho más suave que lo que indican los titulares de la prensa. Pero su presencia no se puede ignorar. Peor aún: la versión núcleo de la medición revela aumentos en sucesivos escalones. Su lectura más flamante -2,5% en los doce meses a julio- se ubica por encima del rango tácito (1%-2%) que las autoridades consideran aceptable. Si se toman los últimos tres meses se advierte, además, un incómodo crescendo: 3,5%. Una medida alternativa, no arbitraria, como la mediana de la inflación minorista -que elimina las variaciones extremas, pero no prejuzga de antemano qué renglones cortar- también se estaciona sobre un nivel encumbrado: 3,3% (y arroja una variación anualizada de 3,8% de mayo a julio). Aquí reside, pues, la preocupación que turba a la Fed. Como dijo Lockhart, los precios de la energía pueden ayudar a encarrilar la situación, pero no bastan por sí solos. La penetración de su influencia alcista en la canasta núcleo fue sólo parcial y muy lenta. Nada garantiza, tampoco, que su remoción opere a gran velocidad. Ni siquiera, dada la natural volatilidad de las materias primas, obran constancias suficientes de que la baja de precios no vaya a revertirse más adelante.
De lo anterior se deriva un corolario contundente para los banqueros centrales. Será menester preservar el tenor actual de la política monetaria durante más tiempo y no apresurar alteraciones. Es lo que sugieren los mercados de futuros de fed funds que no han incrementado las probabilidades asignadas a un recorte de tasas. Estas oscilan en torno a un remoto 10% (la mitad de lo que imputaban a mediados de julio, cuando comenzó el derrumbe de los commodities). Por supuesto, es una conclusión válida no sólo para la Fed. Quien haya prestado atención a recientes declaraciones como las de Mervyn King, titular del Banco de Inglaterra, o las de Juergen Stark, miembro del Consejo Monetario del Banco Central Europeo, encontrará los ecos de un mismo mensaje. Sin pelos en la lengua, Stark dijo algo más. Sostuvo que nadie puede estar seguro de que una desaceleración del crecimiento vaya a aplacar los niveles de inflación. Se refería a la zona del euro, pero conviene tener presente que son palabras vertidas después de conocida la contracción del nivel de actividad del segundo trimestre. Todo indica, pues, que los bancos centrales que fogonearon un discurso agresivo de política monetaria a partir de junio no están dispuestos a trazar nuevos planes hasta corroborar a ciencia cierta que el monstruo de las presiones inflacionarias depone definitivamente las armas.
Dejá tu comentario