26 de agosto 2010 - 00:00

Sencillo retrato de un médico ejemplar

«Cuento Chino, clasista y combativo» registra la vida y la obra de Néstor Olivieri («El Chino») un médico de barrio carenciado, que lleva adelante una salita de salud, prácticamente sin ayuda oficial.
«Cuento Chino, clasista y combativo» registra la vida y la obra de Néstor Olivieri («El Chino») un médico de barrio carenciado, que lleva adelante una salita de salud, prácticamente sin ayuda oficial.
«Cuento chino, clasista y combativo» (Argentina, 2010, habl. en español). Guión y dir.: P. Salvia. Documental.

«El punto de vista a escala humana». Eso se propuso el doctor Néstor Olivieri, alias El Chino, médico de barrio, pero de barrio pobre, medio carenciado, que lleva adelante una salita de salud en María Elena, allá por los bordes de La Matanza, donde el diablo perdió el poncho y cuando llueve no van ni los punteros políticos, y hay que dejar el auto viejo y caminar arremangado unas cuantas cuadras, para ver algún chiquito enfermo.

De chino el doctor apenas tiene el sobrenombre. Bien le hubieran puesto El Gordo, El Negro, El Quijote con cuerpo de Sancho Panza. El Hombre que sabe llegar a la gente. Atiende siempre con una sonrisa, campechano, aguantador. Levanta él mismo una carpa al costado del camino por donde pasará una manifestación, por las dudas alguien lo necesite (y se ve que lo necesitan). Charla sinceramente con los pibes que quieren dejar la droga, y ellos le contestan de igual modo, en reuniones de número creciente y buenos resultados. Instruye a las vecinas en un curso de creación propia, del cual egresan como agentes de salud, y salen a recorrer en grupo las calles igual que evangelistas, pero llevando planillas y una balanza. Ellas hacen una especie de censo bien concreto, divulgan, aconsejan, toman la presión, ponen inyecciones, remiten al doctor cuando la gravedad lo aconseja. Y el doctor, en ciertos casos, remite al enfermo al único hospital bastante completo de toda La Matanza, el Paroissien. Pero ya no sonríe, cuando recuerda al paciente que se cansó de esperar cinco horas en ese hospital, sin que nadie lo atendiera ni para darle fecha. «Yo no voy a mendigar mi salud», dijo el enfermo con toda dignidad. La última vez que el médico lo vio, pesaba 30 kilos. Y no es el único caso.

«El punto de vista a escala humana». Eso se propuso también Pepe Salvia cuando llevó la cámara hasta la sala, y registró al médico, las colaboradoras, los vecinos que bajan donaciones de remedios, ladrillos y leche en polvo, y hacen entre todos un baño nuevo para la salita de salud. Los registros son del 2000-2001 y del 2006-7, y en ambas épocas el trabajo es puramente a pulmón, prácticamente sin ayuda de gobiernos ni partidos políticos. Ha de haber otros médicos como el doctor Olivieri, y otros vecinos o muchachos que se sienten motivados por esos médicos de verdad. ¿Pero cuántos serán, perdidos en la inmensidad del conurbano, a veces descorazonados por la maldad de los aprovechadores que se llevan los laureles, o de los simples que sólo aprendieron a reclamar por sus derechos sin sentirse obligados más que con el puntero de la zona? La película no pregunta esto. Sólo muestra un ejemplo digno de conocer y de apreciar, de gente que hace lo que debe, como puede, y sin darse aires. Tampoco la película se da aires, simplemente es sencilla, noble, y digna de conocer.

Detalle interesante: Pepe Salvia, un tipo joven, sin ínfulas, que aquí también hace cámara, música, coproducción y guión, y participa en la fotografía, es el productor de «El último verano de la Boyita», «La cámara oscura», «Buenos Aires 100 km.», «El descanso», «Silencios», y «La vieja de atrás», que acaba de recibir dos buenos premios en el Festival de Gramado. Conviene seguirlo.

P.S.

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