15 de marzo 2010 - 00:00

Sesenta personajes a cargo de sólo 4 actores

Pensotti: «A los 35 años ya no se sueña con lo que se puede ser. Uno ya es lo que es. Esta obra es un retrato generacional».
Pensotti: «A los 35 años ya no se sueña con lo que se puede ser. Uno ya es lo que es. Esta obra es un retrato generacional».
Delgado y con unos ojos enormes que parecen registrarlo todo, Mariano Pensotti siempre tiene una libretita a mano para anotar en ella desde ideas propias a imágenes o historias que la realidad le ofrece «durante las 24 horas». El próximo viernes el multifacético escritor y director teatral, anteriormente artista plástico y cineasta, dará a conocer en el Teatro Sarmiento (Avenida Sarmiento 2715), su nuevo espectáculo «El pasado es un animal grotesco», protagonizado por cuatro valiosas figuras de la escena independiente: Julieta Vallina, Juan Minujín, Javier Lorenzo y Pilar Gamboa.

«La obra narra la vida de cuatro personajes a lo largo de diez años, desde 1999 hasta 2009», anticipa Pensotti. «Es una ficción ambiciosa y desatada, pero con un marco temporal muy preciso». Su intención fue «reunir una multitud de historias, a la manera de las novelas mundo de Balzac y Tolstoi.»

Entre mayo y junio «El pasado es un animal grotesco» viajará a Europa para participar en el Norwich Festival (Inglaterra); el Kunstenfestival des arts (Bélgica); el Festival de Otoño de Madrid y el Theaterformen (Alemania). Dialogamos con Pensotti. Periodista: Defínanos un poco más el proyecto.

Mariano Pensotti: Es una «mega ficción» narrada con recursos mínimos, en la que cada actor además de ocuparse de un papel central da vida a otros más secundarios. En total son cerca de sesenta personajes.

P.: En sus dos obras anteriores (ambas seleccionadas por el Festival Internacional de Buenos Aires) las historias de ficción ocupaban espacios reales, ¿Aquí es a la inversa?

M.P.: Es la primera vez que trabajo en un teatro y no en una calle, como en «La marea», ni en un edificio real como el de «Interiores». Pero en «El pasado...» también hay una fuerte mezcla de realidad y ficción. Me refiero a que estas historias, aunque ficcionales, están metidas dentro de diez años muy reales y concretos, con rasgos de orden económico y social que obviamente van a afectar la vida de estos individuos. Lo que se ve en escena son pequeños momentos, actuados en tiempo real y en clave cinematográfica, que dan cuenta de un acontecimiento específico en la vida de cada personaje. Simultáneamente, uno de los actores oficia de narrador y a la manera de una voz en off describe lo que sucede con cada personaje, o bien, revela sus propios pensamientos.

P.: ¿Puede anticiparnos alguna anécdota argumental?

M.P.: Uno de los protagonistas debe su nombre a una película política de los años 70 y siente que su vida mediocre no está a la altura de lo que se esperaba de él; una mujer roba los ahorros de su padre carnicero para vivir la bohemia artística en París luego de intoxicarse con películas de la Nouvelle Vague, pero nada sale como esperaba... entre otras muchas historias. Hemos montado un dispositivo escénico, una especie de disco o de calesita que gira constantemente y que está dividido en pequeños espacios donde se desarrollan las distintas escenas.

P.: ¿Por qué define al pasado como un animal grotesco?

M.P.: Porque siempre resulta extraño y para atraparlo e inventarlo debemos partir de rastros muy difusos.

P.: ¿Por qué eligió esa etapa de vida?

M.P.: Porque me parece que el lapso que va de los 25 a los 35 años (y yo ya cumplí 37) es definitorio. Al menos para cierta clase media urbana porteña en la que me incluyo. Es una etapa en la que, en cierta forma, uno deja de ser quien se imagina que va a ser y termina siendo quien finalmente es. Es un período de muchos inicios y finales. Uno está empezando y terminando cosas distintas sin parar y parece que la vida va para un lado pero después va para otro, con caminos que se bifurcan permanentemente...

P.: Su experiencia ha sido muy positiva, pero ¿qué me dice de los que estiran su adolescencia hasta los treinta y pico atrincherados en la casa de sus padres y sin vocación?

M.P.: Sí, claro, eso también sucede, agravado por las características sociales y económicas de la Argentina. En las últimas dos décadas se hizo muy difícil tener proyectos de acá a cinco o diez años. Un día uno está dirigiendo cine y quizás dos años después termina trabajando en una oficina.

P.: ¿Qué sensaciones provoca este viaje al pasado?

M.P.: Ante todo, la sensación de que siempre hay un volver a empezar, un construir desde cero aunque uno ya cuente con una trayectoria importante. Pero más allá de lo generacional o de lo que ocurrió entre 1999 y 2009, a mí el tema que más me interesó fue el paso del tiempo. No quise bajar línea ni decretar: mi generación fue esto. Intenté un enfoque más existencial, ir más allá de la historia pequeña o del retrato de familia que es algo que el teatro argentino desarrolló mucho en los últimos años, casi abusivamente.

P.: ¿Hay algún mensaje político entre líneas?

M.P.: No tanto en las historias, pero sí en lo teatral. En el sentido de que este proyecto tan ambicioso, esta especie de esfuerzo épico que realizan cuatro actores para dejar constancia de diez años de vida, claramente puede asociarse a cierta voluntad colectiva de seguir avanzando pese a todo.

Entrevista de Patricia Espinosa

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