7 de marzo 2016 - 00:00

Sin datos de crecimiento, el rally en Wall St. tiene pocas chances de seguir

Jamie Dimon
Jamie Dimon
 La Bolsa anticipa, pero no es infalible. Tres semanas atrás, preveía una recesión inminente. ¿Y ahora? ¿Una recuperación rampante? La economía, o mejor dicho, el mercado laboral de EE.UU., enterró los vaticinios de una contracción. En febrero sumó 242 mil nuevos trabajos netos (sin contar otros 30 mil que surgieron de la revisión de diciembre y enero). Definitivamente, una dinámica así no es la puerta de entrada a una recesión. Y las acciones festejaron a caballo de la noticia. Aunque, a decir verdad, el resorte que impulsa las cotizaciones es el pesimismo exacerbado sorprendido en rotundo offside. El Dimon rally (por Jamie Dimon, el CEO de JP Morgan, quien le puso el pecho a las balas cuando cundía la zozobra) es una incursión de contragolpe, un raid que avanza cuando las carteras vendidas de aire (apostando a un derrumbe) tienen que tomar pérdidas y recomprar posiciones para cubrirse y, sin quererlo, retroalimentan el alza. Wall Street acumula tres semanas consecutivas en ascenso (+10%), pero lo más notable es el liderazgo de los activos de mayor beta, los más agresivos, los que la corrección previa castigó con especial encono (y los que serán más vulnerables de repetirse un traspié). El Russell 2000 -el índice de las pequeñas compañías- lleva la delantera (+15%). También las acciones financieras, de transporte y de energía (+20% desde el piso). El matrimonio entre los precios del petróleo y de las acciones, contra todo pronóstico, no se rompió. La Bolsa sube, el crudo también. Cuando el barril pendía de la cuerda floja a precios de 30 dólares, las predicciones en boga arriesgaban una visita inevitable a niveles de 25 o 20 dólares. Ahora que se empinó sobre los 35 dólares, los gráficos "habilitan" un paseo a 40/42. ¿Arbitrario? Desde ya, sin ninguna conexión visible con la realidad del negocio petrolero en sí. Pero hay que acostumbrarse: la volatilidad es la compañera de ruta obligada en la nueva arquitectura regulatoria. La liquidez de mercado pesa más que los fundamentos porque su oferta puede desaparecer a la vuelta de la esquina (y brotar de nuevo como si nada hubiera pasado dos cuadras más adelante). Ésa es la óptica para entender los vaivenes. Resucitaron vibrantes los bonos basura, las acciones y bonos de los mercados emergentes y también sus monedas. El rally, en sus flancos, es una procesión de muertos vivos que el mes pasado no tenían salvación, y hoy dan grandes zancadas.

Wall Street ya está más cerca de los récords (a un 6%) que de los pisos de febrero, y la economía (con una marcada desaceleración del sector servicios) tampoco promete grandes fuegos artificiales. ¿Cuánto puede durar un rally sustentado en la ley del offside, vigoroso en precios y pobre en volumen? Poco, sin compradores convencidos. No obstante, hay ingredientes para una rosca adicional. Los inversores minoristas tienen hoy la menor exposición en acciones de los últimos tres años, y la mayor tenencia de efectivo. Más importante aún, las posiciones cortas de los grandes especuladores (los fondos de cobertura o hedge funds) todavía retienen su apuesta feroz contra las acciones. En especial, en el campo de batalla del Russell 2000. Y los mercados emergentes merecen comentario aparte. Arrasados por una larga sequía de capitales, las valuaciones son tremendamente atractivas. Claro que nadie ignora que la fiesta allí durará únicamente si se mantienen encendidas las luces en Wall Street.

Es difícil pensar en un cambio de tendencia perdurable. El mercado lateral tiene todos los visos de preservar su vigencia. Es que, aun doblado el Cabo de Buena Esperanza, la Fed espera su turno. La desvela la tarea pendiente que se negó a cancelar: la suba de las tasas de interés. Los inversores la habían borrado de la agenda de 2016 como quien tacha la generala doble. No hubo más remedio, esta semana que pasó, que volver a incorporarla. La Fed sabe ser paciente. No moverá las piezas cuando se reúna el 15 y el 16 próximos, pero ya hay inquietud por un movimiento en abril o junio. Un rally punzante, en esas condiciones, rivalizará con el destino de Ícaro. No es que la Bolsa no pueda volar alto, y soñar inclusive con superar sus récords, pero si no se pertrecha de mejores fundamentos, se derretirá en su pretensión de competir con el sol.

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