Michel Piccoli, Bulle Ogier y el director Manoel de Oliveira durante el rodaje de «Belle toujours»: un homenaje a Luis Buñuel.
«Belle toujours» (Fr.-Port., 2006, habl. en fr.); Guión y dir.: M. de Oliveira; Int.: M. Piccoli, B. Ogier, R. Trepa, L. Baldaque, J. Buisel, L. Foster.
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El benemérito Manoel de Oliveira tenía ya 97 años cuando hizo esta película. Hoy tiene 100 y sigue filmando. Pero la fortaleza y persistencia no son sus únicos méritos. Antes aun resaltan la elegancia, los diálogos bien construidos, el humor sutil y la fina y aparente ligereza con que arma sus relatos, ahora además beneficiados por la brevedad (debe reconocerse que tuvo una etapa de obras inadecuadamente extensas para su estilo). Y como el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo, estos relatos breves siempre traen alguna maliciosa enseñanza.
En «Belle toujours» rinde explícito homenaje a la dupla Luis Buñuel-Jean Claude Carrière, retomando para ello dos personajes de «Belle de jour»: el lascivo Henri Husson que hacía Michel Piccoli, ahora de nuevo en ese papel, y la singular Séverine Serizy, cuya doble vida había causado involuntariamente la desgracia de su marido. ¿Él se habrá enterado de esa doble vida? ¿Se lo contaría ese pícaro, tal vez como venganza por ciertos desaires?
Casi 40 años más tarde, todavía un bon vivant, el hombre reencuentra a Séverine y quiere atraerla con la promesa de su confesión. Pero ella ha cambiado totalmente de vida, es otra mujer. Coherentemente, la actriz también es otra, del mismo modo que Buñuel alternaba dos actrices en «Ese oscuro objeto del deseo». En vez de Catherine Deneuve, ahora Séverine tiene el rostro de Bulle Ogier («El discreto encanto de la burguesía», «Maitresse», donde también hacía una perversa de dos caras, etc.). La gente cambia, es natural. Pero la mujer sigue siendo curiosa. Y Paris, por suerte, es siempre Paris, al menos el que disfrutamos en pantalla. El reencuentro tendrá lugar, acaso el desquite, ya veremos. Un gallo inesperado, una estatua pública, conforman junto a otros elementos los guiños surrealistas que el amable y pequeño homenaje requiere. Los diálogos del veterano con el barman, y con dos mujeres de la profesión (típicamente, la joven y la madura) también son interesantes. Más o menos por ahí va la enseñanza.
Se dijo que Deneuve no quiso hacer esta «segunda parte». Por el contrario, cuando ella vino a presidir el Festival de San Luis, contó que el propio autor le avisó desde un principio que usaría otra actriz, porque ese era el chiste, y a ella le encantó la idea, y también el resultado.
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