La fantasía que Cristina de Kirchner urdió para nacionalizar la elección de 2003 como un atajo para camuflar un ramillete de derrotas territoriales pasó a degüello. La Corte hizo ayer lo que toda la galaxia política presuponía: volteó la elección popular de doce de los diecinueve miembros del Consejo de la Magistratura, la pieza dorada de la democratización K.
Seis a uno, los cortesanos sepultaron la apuesta cristinista de darle rango "presidencial" a la elección legislativa y alinear, con el recurso estratégico de fijar un piso de identidad común en 18 provincias, al PJ amigo en una sola boleta. Eso le ofrecería a la Casa Rosada el acceso a una victoria para eclipsar los esperables tropiezos en Capital, Córdoba y Santa Fe, y quizá un score brumoso en Buenos Aires.
El anexo electoral de la reforma judicial tenía dos anzuelos. El artificio de la nacionalización le permitiría al Gobierno computar como propios los votos de cada gobernador y anotarlos como un resultado "nacional y popular". Se previó hasta el detalle de poner la lista de consejeros detrás de la de senadores y nacionales para que éstos traccionen para aquéllos. En simultáneo, facilitaba una marquesina con despliegue nacional, útil para intentar instalar una figura K en la maratón de la sucesión 2015.
Los imaginarios sobre Alicia Kirchner o Carlos Zannini fueron sólo eso. Hace tiempo en Casa Rosada, más allá del espadeo público de la Presidente, entreveían que la Corte desguazaría la elección de consejeros. El fallo, la semana pasada, de María Romilda Servini de Cubría se reveló como la coronación anticipada de lo que ocurrió ayer.
El fallo de la Corte, además de una derrota conceptual y jurídica, eslabona una sucesión de tropiezos y tiene efectos directos sobre el ring electoral.
Sin elección de consejeros, el alcalde de Tigre, Sergio Massa, quedó ayer un tranco más cerca de amanecer el próximo domingo como candidato a diputado nacional anti-K. Sin ser un factor determinante (las dudas del intendente se nutren de cuestiones más mundanas), la eliminación de la cuestión judicial facilita su relato de "tercera posición" -curiosamente así se llama uno de los partidos de su Frente Renovador, propiedad de un allegado a Graciela Camaño-, porque lo exime de entrar en un debate espinoso como el judicial que despuntaba como uno de los ejes de la campaña electoral. Anoche, Massa cenó con un puñado chico de dirigentes y volverá a reunirlos mañana, con la promesa de anunciar su decisión el viernes a la noche o el mismo sábado, horas antes del plazo para inscribir listas.
Sospechadores seriales, los jerarcas del peronismo del conurbano abandonaron la quietud y dieron por terminado el período de espera. Ayer, en la sede del PJ nacional, Raúl Othacehé y Hugo Curto fueron los portavoces de la convicción de que Massa competirá en persona, y declararon abierta la temporada de "armado" en los territorios aliados del alcalde de Tigre, a partir de la certeza de que las dilaciones del alcalde son una táctica para que el kirchnerismo no arme con tiempo en dominios como San Miguel, donde manda Joaquín De la Torre; San Martín, de Gabriel Katopodis, o Escobar, de Sandro Guzmán. La formalización de esa maniobra tuvo avanzadas con la irrupción de Mario Ishii, que amaga con armar en la Pilar de Humberto Zúccaro -un susurro dice que Ishii, que se "sacrificó en 2011 en las PASO contra Daniel Scioli, podría ser candidato a senador por la Primera-, de un plenario del kirchnerismo sciolista de Cristina Álvarez Rodríguez en San Martín y en Hurlingham donde se mueve, inquieto, Juan Zabaleta contra Luis Acuña. En el peronismo puro y duro desconfían de la versión que hace circular el massismo sobre una boleta "muletto" encabezada por Darío Giustozzi, su esposa Malena Galmarini y el exgobernador Felipe Solá, variable que desinfla las expectativas electorales.
El otro impacto es sobre la melange opositora que se encarnó en la "boleta corta" de consejeros que patrocinó Adolfo Prat Gay y amontonó al radicalismo de Ricardo Alfonsín con el macrismo, a Hermes Binner con Francisco de Narváez y a Margarita Stolbizer con Patricia Bullrich. Esa unidad con fórceps era un ancla para los candidatos y partidos que, fuera de ese tramo, competían entre sí.
El Gobierno tenía bosquejado un relato de campaña para martillar sobre ese amontonamiento como parte de su apuesta a la atomización de la oposición. Acotado a un núcleo duro de 30 puntos -que en términos electorales podría estirarse a 35/37-, el negocio de dividir el voto anti-K lo animaba a especular con rescatar en las primarias una diferencia electoral suficiente para anclar el ordenamiento del voto opositor detrás de una única figura.
En paralelo, sin la reforma judicial en la mesa electoral, el discurso opositor volverá a centrarse en un aspecto que genera más resistencias -así como despertaba menos pasiones- que las modificaciones a los tribunales: el concepto inoculado por Diana Conti de Cristina eterna y el planteo de que un buen resultado del oficialismo abrirá la puerta para un tercer mandato consecutivo de la Presidente.
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