26 de agosto 2010 - 00:00

Singular melodrama con homenaje errado

«Luz silenciosa» es un delicado melodrama de un amor adúltero en una comunidad menonita, que al final desbarranca confundiendo magia con religión en un falso homenaje a un film de Carl T. Dreyer.
«Luz silenciosa» es un delicado melodrama de un amor adúltero en una comunidad menonita, que al final desbarranca confundiendo magia con religión en un falso homenaje a un film de Carl T. Dreyer.
«Luz silenciosa» (Stellet Licht, México, 2007, habl. en plaut. y esp.). Guión y dir.: C. Reygadas. Int.: C. Wall, M. Pankratz, M. Toews, P. Wall, J. Klassen, E. Fehr.

Melodramas mexicanos sobre los amores adúlteros de un granjero, padre de familia, y una mujer del pueblo vecino, hay montones. Que ambos amantes se sientan culpables, decidan terminar, en una decisión que los desgarra y no logran cumplir en sus corazones, y que el sufrido y paciente corazón de la legítima un día, de golpe, se quiebre imponiendo lo que hasta entonces no era posible, ya no hay montones, sino unos pocos. Que la historia transcurra entre colonos menonitas del estado de Chihuahua, todos ellos descendientes lejanos de los frisios, y esté casi enteramente hablada en plautdietsch, un dialecto frisio que se dice cercano al holandés medieval y el flamenco, hay uno solo, este «Luz silenciosa», o «Stellet Licht», del siempre singularísimo Carlos Reygadas.

El hombre ha hecho aquí un melodrama mexicano distinto a cualquier otro. Hay pasión, sentimiento de culpa, fatalidad, digamos, los ingredientes habituales, pero todo sin desmadres, sin gritos ni balaceras. Los menonitas son gente calma, tranquila hasta para la alegría, que siempre es recatada. Los niños obedecen a sus padres, todos obedecen la ley de Dios, según la entienden y celebran con sus oraciones y su contracción al hogar y el trabajo. Pero está también esa mujer flaca, feúcha, con esos ojos de necesitada, que se abraza al hombre aunque sea ajeno, y luego trata de rechazarlo, porque siente vergüenza de lo que han hecho. Y seguirán haciendo, si ninguno de los dos tiene fuerza de voluntad por más que rece.

Obra delicada, sutil, de tiempos tan amplios como el paisaje que envuelve la historia y que vemos en un formato coherentemente amplio, su culminación está en el ahogo interno del hombre mientras mira con sus chicos un viejo show del belga Jacques Brel, o en la brevísima explosión de su esposa, cuando ya todo parece terminado. Se admira hasta ahí la puesta en escena de Reygadas, de un gusto que cabe agradecer, sobre todo teniendo en cuenta las imágenes desagradables que nos impuso en sus anteriores películas «Japón» y «Batalla en el cielo».

Desgraciadamente, el último tercio desbarranca en un disparate. Se lo ha querido justificar como un homenaje a la película «Ordet» (La palabra), de Carl Theodor Dreyer, pero en tal caso es un homenaje totalmente errado. «Ordet» es la apabullante versión fílmica de una obra teatral de Kaj Munk, donde un joven de escasas luces resulta tener más fe que los propios pastores, y porque pide con mucha fe recibe para todos una estremecedora y emocionante muestra de piedad divina. Por el contrario, basta ver cómo se desarrolla en este caso la escena para advertir que «Luz silenciosa» confunde panchamente magia con religión, y comete un macanazo que haría revolver en su tumba a Munk, a Dreyer, y también a Gustav Molander, que había hecho una versión anterior, cosa que a Reygadas, y a sus seguidores y elogiadores, probablemente les importe un comino.

En fin, muy linda también la fotografía. Dicho sea de paso, ¿se conservará alguna cinta de la versión radial de «La palabra» que décadas atrás hizo el histórico programa «Las dos carátulas», con Alfredo Alcón en su elenco? Sospechamos que es una pregunta vana.

Dejá tu comentario