12 de noviembre 2013 - 00:00

Sofisticados recursos jerarquizan la pintura

Las imágenes de Santiago Iturralde sobre la tela descubren la capacidad de generar sensaciones que superan las tecnológicas.
Las imágenes de Santiago Iturralde sobre la tela descubren la capacidad de generar sensaciones que superan las tecnológicas.
Santiago Iturralde eligió una pequeña sala del Musetta Caffè, un espacio no tradicional, para exhibir en el barrio de Almagro "Hoy es el principio del mundo". Unas pocas pinturas conforman una muestra compleja. No por casualidad para autorretratarse, el artista adopta la pose del conocidísimo "El Pensador" de Rodin. Aunque, desde luego, es un pensador moderno.

El propio Iturralde es protagonista de una serie de imágenes fotografiadas y transportadas pacientemente a la tela que reflejan su intimidad, el lugar donde vive y donde trabaja. La muestra se abre con la imagen de su rostro tomado en primer plano con la webcam. En la pintura, sus ojos celestes ostentan el brillo y los destellos azulados e inconfundibles de las pantallas.

Si bien los cuadros son todos autorreferenciales, Iturralde aparece en varias obras como lo que en gramática se llama un "sujeto tácito", siempre presente aunque no lo veamos. En las escenas de unas camas el artista ha pintado la huella de su cabeza en una almohada y, además, la ausencia del cuerpo que mantiene todavía el calor entre las mantas.

Ese dormitorio preserva su condición apacible a pesar de un aparente desorden, descubre la intimidad de un pintor que lleva al espectador a reflexionar sobre los efectos anímicos y psicológicos provocados por el color. Sobre una pared violeta se expande en círculos de diversas tonalidades la luz del velador. Las estelas que dibuja la luz semejan las que deja un guijarro cuando es arrojado en el agua. Las distintas cualidades de la pintura y las de la fotografía y la pantalla están cotejadas en una imagen que reproduce la misma escena del dormitorio, pero pintada con la frialdad de una instantánea. En esa pintura que se confunde con una foto hay una suave y abrigada manta de cuadros que pierde sus sensuales atributos. Es decir, las imágenes de Iturralde sobre la tela descubren la capacidad de generar sensaciones que superan las tecnológicas.

Con el objetivo de trasladar a las pinturas el máximo realismo y una nitidez sorprendente, el artista utiliza el viejo método de dividir sus fotografías en minuciosas cuadrículas que luego copia con virtuosa precisión. El resultado, la atracción que provocan sus cuadros, reside en la especial exaltación de las cualidades sensoriales. Basta ver sus obras para advertir la diferencia que se establece con las típicas imágenes -generalmente heladas- de los genios del hiperrealismo. Sin adherir al hiperrealismo, aunque transita un territorio cercano, Iturralde consigue la aspiración de esta vertiente: un arte más cercano a la realidad que la propia lisa y llana realidad.

El pintor no está presente en la pintura que reproduce su taller de trabajo, pero está el desorden del artista que ha tomado apuntes y dejó un caos detrás de sí. En este cuadro, al igual que en el que reproduce su bicicleta y el perchero donde cuelgan las mochilas y los cascos, reina la alegría de los amarillos, el azul cobalto y los rojos radiantes, se destacan entre las paredes y los muebles blancos. Ambas pinturas dan cuenta de la energía y el dinamismo que se asocia a la vida de un artista indudablemente joven, cuyas obras, a partir de los climas que generan, no eluden el análisis psicológico.

Por otra parte, las citas al espejo del renacentista Quentin Metsys o al de "Las Meninas" de Velásquez, y la escala cromática pintada en el caño de la bicicleta, muestran la capacidad didáctica de un docente y un genuino estudioso de la pintura. Pero se trata de una pintura que se puede asociar al mundo cibernético tanto como a la ambivalencia del cine de Pasolini, cuyo emblema es el oxímoron, el cuadro viviente, en tanto movimiento inmóvil.

En suma, mientras los desplazamientos entre la pintura y la fotografía o las imágenes de las pantallas son hoy moneda corriente, la novedad de esta muestra reside en el fenomenal cambio de estatus producido en el pasaje de un género al otro. La jerarquía del óleo ha logrado brindarle eternidad a una imagen extraída de la marea que hoy circula vertiginosa ante nuestros ojos. La pintura ha vuelto única e irrepetible la imagen, la ha capturado en la tela para siempre. Lo cierto es que bien vale la pena darse una vuelta por la esquina de la Musetta.

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