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Sólida visión chejoviana de la Rusia contemporánea

Shútov, un escritor, un hombre maduro, es abandonado por Lea, una muchachita a la que duplica en edad, que por casualidad conoció en ese París donde se exilió hace ya muchos años. La pérdida de esa relación lleva a Shútov a intentar cambiar de vida. Se propone regresar a su Rusia natal como «un peregrino nostálgico» en busca de su propia identidad, y también en busca de Iana, su gran amor de juventud. Pero al llegar se encuentra con una Iana que sigue siendo bella, y ahora rica, frívola, y tan detestable --así lo considera él-- como la Rusia actual. Shútov parece descubrir, como lo viene haciendo en sus ensayos Tzvetan Todorov, las sombras de un nuevo totalitarismo que no practica el mesianismo religioso del comunismo, sino un cerrado individualismo.
Shútov, el personaje protagónico, resulta un alter ego demasiado claro del autor. Es como él un escritor ruso en el exilio parisiense, que se une con este relato a la moda de la ficción autobiográfica. Pero Makine, el extraordinario novelista de «El testamento francés», algo se esconde. No sólo busca hacer la critica de la Rusia actual, de la que no se siente parte, sino que el cuento del escritor maduro es una astuta ironía contra sus colegas, los narradores franceses; una parodia de las pequeñas historia insustanciales que practican, y que no merecerían el mas módico esfuerzo. «La vida que expresan no valen la tinta que las escribe». Historias donde «el protagonista es un neurótico, un cínico que se regodea explayando sus miserias y cuyo drama consiste en ser hijo de una madre que lo domina incluso cuando, ya adulto, hace el amor». Sarcasmo que parece dedicado a Michel Houellebecq.
Frente a esos relatores de historias sublimadamente personales, Makine siente necesidad de regresar a Chejov. «Aquellos sí que eran buenos tiempos. Sin Freud, sin posmodernismo, sin sexo a cada rato. Y sin preocuparse lo que dirá un necio engominado en un programa de televisión». Es con espíritu chejoviano, luego de esas 50 páginas paródicas que, en la segunda parte comienza una admirable novela. Una novela de personaje, en la gran tradición de la literatura rusa, donde explora con lirismo -sin dejar nunca de lado las relaciones con la realidad actual- el retrato de una vida. La de ese viejo Volski, a quien están por desalojar de su cuarto y enviarlo a un geriátrico.
Ese viejo Volski que guarda la memoria de la terrible época soviética, que cuenta de la revolución y de la dictadura, que le confía a Shútov su historia de amor con Mila en medio de la guerra contra Hitler, en el sitio de Leningrado. Con humildad relata la leve epopeya de la vida cotidiana en medio de las grandezas y las tragedias de la horas negras de la Unión Soviética, de los tiempos de Stalin, de la KGB, de ser apresado y juzgado por desviación ideológica y enviado al gulag. Volski recuerda un Leningrado muy diferente a esa ciudad que ahora ha vuelto a llamarse San Petersburgo, y que lo ha dejado por su indigencia nuevamente afuera, entregado a la soledad y la resignación. A punto de regresar a París, a ese lugar que tampoco es el de él, Shútov «siente que nunca pertenecerá a ese mundo ruso que ahora renace en su patria. ¡Mejor!, se dice. Vivirá para siempre en un pasado cada vez más despreciado y también más desconocido. Una época que él sabe indefendible y en la que, sin embargo, vivían seres a los que tendrá que salvar del olvido».
Andreï Maikine ha pregonado que lo que a él le interesa es «descifrar lo indescifrable, las historias existenciales, que tienen que ver con algo que no se entiende, que no se puede entender». Con esta estupenda novela, otra vez lo ha logrado.
M.S.


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