Surge juventud libre y ajena a la doctrina

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La Habana - Noche de sábado, y la calle G, en la parte más céntrica de la ciudad, está atiborrada de jóvenes sentados sobre el césped o apretados en las zonas más oscuras del parque. Exhiben con jactancia todo tipo de tendencias estéticas, existenciales, musicales y hasta de preferencia sexual. Son parte de las tribus urbanas que poco a poco han invadido una Habana donde hace unos años un hombre que llevara un arete ya era conducido de inmediato a la estación de Policía. Ahora, da la impresión de que de golpe los cubanos quieren recuperar el tiempo perdido, dejar atrás esas décadas de grisura militante en las que todos vestíamos prácticamente iguales. Los adolescentes optan por remarcar una individualidad que contrasta con el uso de consignas políticas en las que todavía se enfatiza el «nosotros», la masa informe del grupo o el pelotón.

La noche de fiesta en la céntrica avenida apenas comienza. Sigue llenándose de figuras estrafalarias y simpáticas. Viene un grupo de supuestos «hombres lobos» con indumentaria oscura y en la otra esquina intercambian saludos varias chicas maquilladas como vampiros. Desde algunos balcones cercanos, la gente mayor los mira y comenta algo que de tan repetido ya aburre: «Esta juventud está perdida». Lo dicen porque les parecen grotescos la forma de vestir de algunos, los tatuajes de motivos agresivos y la languidez de aquellos que parecen salidos de un animado de mangas japoneses. Pero sobre todo, los adultos critican la apatía que perciben entre los de menor edad. Los acusan de vivir al margen de la realidad, de estar subidos en la nube de la abulia, de ser capaces de pasar toda la madrugada conversando sobre el último juego de PlayStation que salió al mercado o escuchando la música de Lady Gaga que llevan grabada en el móvil. Pareciera que viven en otro lugar, en una dimensión remota, donde las penurias materiales y la prolongada crisis no logran desviarles la atención; en una cosmogonía propia que se han creado para escapar del aquí y del ahora.

Sin embargo, al evocar aquellos días en que yo tenía la edad de quienes hoy pernoctan en la calle G, caigo en cuenta de que a nosotros nos tocó una etapa demasiado sobria, demasiado vieja. Eran los tiempos de los trabajos voluntarios durante los fines de semana, de las prácticas militares que parecía infinitas y de la aburrida televisión oficial como único medio de distracción. A diferencia de estos jóvenes de hoy, para nosotros salir con el pelo teñido de un color llamativo o llevando un jeans podía ser interpretado como una desviación ideológica. ¡Ni hablar de tener acceso a una revista de cómics importados! Toda tendencia a enfatizar la individualidad era rechazada, y soñar con historias fantásticas al estilo de «Drácula», «El señor de los Anillos» o «Momo» podía ser interpretado como un desequilibrio psiquiátrico o una fascinación por el capitalismo. Diferenciarse era el camino más corto para señalarse como un posible desafecto al sistema. La evasión podía tomarse como un acto opositor, y los primeros hippies o rockeros que se atrevieron a caminar por las calles vestidos a su usanza recibieron el insulto y la represión oficiales. Los camiones de la Policía hacían redadas en los puntos de reunión de estas tribus urbanas, y el arquetipo del lumpen se personificaba en la televisión nacional como alguien con pantalones muy estrechos, pelo revuelto y gafas de sol.

Se abusó tanto de la uniformidad durante tan largo tiempo, que cuando empezaron a aparecer las nuevas formas de vestir, de vivir y de amar, el rechazo de los más viejos se escuchaba por todas partes. Muchos de ellos no pueden aceptar aún la existencia de estos emos, licántropos, travestis y punks, justo en esta sociedad que intentaron hacer a partir de unos manuales de marxismo escritos en el siglo XIX. Para los militantes del Partido Comunista y para los militares, ha sido especialmente difícil aceptar la convivencia con todos estos fenómenos de la modernidad, con el atrevimiento de los más jóvenes y la explosión de accesorios decorativos y marcas corporales que ellos se hacen. Pero lo que más les disgusta es su tendencia a ser apolíticos, ajenos a los vaivenes de la ideología, difíciles de convocar cuando de un acto oficial se trata.

Por eso, cuando veo a estos indolentes chiquillos de ahora siento alivio y alegría. Los prefiero apáticos que fanáticos, pendientes del MP3 que organizándose para ir a combatir en una trinchera. Me hace feliz que se les haya vuelto anacrónico militar en la única organización juvenil permitida por la ley o aplaudir a un líder octogenario que grita en la tribuna. Al verlos, sé que ellos podrán despertar de esa inercia, sacudirse un día la apatía que muestran en este momento.

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