7 de octubre 2011 - 00:00

Surgen más detalles de la vida de Jobs, el Da Vinci de este siglo

La vereda frente a la casa de Jobs en Palo Alto, California, fue uno de los escenarios elegidos ayer por la gente para rendirle homenaje.
La vereda frente a la casa de Jobs en Palo Alto, California, fue uno de los escenarios elegidos ayer por la gente para rendirle homenaje.
El mundo todavía no sale del estupor: pese a lo esperado de la noticia por la enfermedad que venía combatiendo desde hace siete años, la temprana muerte de Steve Jobs sigue conmoviendo a todos, desde jefes de Estado hasta los simples usuarios de sus productos.

Poco es lo que se sabe del genio de Palo Alto, este hombre al que cada vez más se lo compara con Leonardo Da Vinci. El fundador de Apple y responsable de sus mayores éxitos mantuvo una cerrada guardia sobre su vida privada, y sus apariciones públicas siempre se limitaron a los ámbitos académicos y a las presentaciones de las novedades de su marca.

Se conoce que es hijo adoptivo de una pareja que en principio no iba a ser la destinataria de ese bebé, porque la pareja original se arrepintió a último momento. Lo que se desconocía hasta ayer es que nunca quiso conocer a sus padres biológicos.

Su padre de sangre, el sirio Abdulfattah John Jandali, declaró ayer que Jobs nunca quiso reunirse con él; de hecho, este anciano de 80 años que todavía es ejecutivo en un casino de Reno le envió varios e-mails cuando se enteró de su enfermedad, mails que Jobs jamás respondió.

Matrimonio

También se sabe que Jobs estaba casado desde hacía más de veinte años con Laurene Powell, con la que tuvo tres hijos: Reed Paul, Erin Sienna y Eve. Habían contraído enlace en una privadísima ceremonia en el Parque Nacional Yosemite y vivían en el elegante suburbio californiano de Woodside, en la bahía de San Francisco, cuya población no llega a los 6.000 habitantes y cuyo ingreso per cápita es uno de los cinco más altos de Estados Unidos.

Sin embargo, Jobs había tenido una hija en una unión anterior, la que mantuvo con su noviecita del secundario Chris Ann Brennan. La nena (hoy una señorita de 23 años) se llama Lisa. Lo curioso es que, tras años de negarse a reconocer su paternidad, llegó incluso a declarar ante los tribunales que era infértil y que, por lo tanto, no podía ser el padre de esa nena. Madre e hija debieron acudir a la seguridad social para sobrevivir, hasta que el magnate (que tenía por entonces 33 años) reconoció a la criatura. A partir de ese momento Jobs no sólo mantuvo un excelente vínculo con Lisa: también le dio su nombre a su primera PC para empresas con pantalla de interfaz óptica. Fue el producto más caro en salir de la imaginación de Jobs; su precio rondaba los u$s 10.000, un valor impensable hoy para cualquier computadora de mesa.

Ése es sin duda uno de sus mayores méritos: haber llevado la PC al nivel de un «home appliance» (un electrodoméstico), tan necesario y popular como un televisor o un microondas. Antes de Jobs, de sus íconos en pantalla sobre los que bastaba hacer un «clic» para acceder al programa, del mouse -otra criatura de la fábrica de ideas de Apple- y de otros adelantos muy anteriores al touch screen de sus modernos smart phones y tablets, usar una computadora era algo para expertos. Las pantallas negras con letras verdes y los complicados comandos que había que tipiar para llegar al programa que se quería usar ponían lejos del alcance de la gente este adelanto que hoy viaja en los bolsillos de media humanidad.

Su genio lo hizo ultramillonario, pero su fortuna personal, estimada en las cercanías de los u$s 8.000 millones, lo ubicó lejos de los primeros puestos del ranking de los hombres más ricos del planeta. Ni siquiera estaba en el top 20 de los millonarios de Estados Unidos: según el último escalafón de la revista Forbes, su fortuna personal «apenas» le alcanzaba para ubicarse 24° en ese listado local.

Su fortuna puede haber sido una barrera para que su padre biológico llegara a él: según declaró al diario New York Post, nunca lo llamó porque temía que Steve pensara que -tras haberlo dado en adopción y luego de tantos años de no haberse buscado- trataba de contactarlo para obtener una ventaja monetaria. Nunca se sabrá. Jandali agregó que se había enterado hace pocos años de que aquel bebé que había tenido con su compañera de universidad Joanne Carlo Schiebble se había convertido en el hombre que inventó el iPad, el iPhone, el iTunes Store, el iPod y tantos otros adelantos tecnológicos.

De todos modos, y casi por casualidad, conoció ya de adulto a su media hermana -hija de su madre-, la novelista Mona Simpson; obviamente, la hermana aprovechó esas entrevistas (Jobs buscaba a su madre biológica) para escribir «A Regular Guy», en la que cuenta -por caso- el secreto de su paternidad extramatrimonial. Se dice también -nunca se confirmó- que mantuvo romances con figuras maternales (todas mayores que él) como la cantante izquierdista Joan Báez y la actriz Diane Keaton.

Creatividad

Más allá de estos «detalles», lo que perdurará por décadas es la inventiva, la creatividad y hasta el buen gusto de Jobs; los bellos gráficos y tipografías que adornaron desde el inicio las pantallas de sus Macintosh fueron inspirados -como admitió en su celebérrimo discurso en la Stanford University, un año después de que se le detectó el cáncer- por asistir como oyente a clases de caligrafía en la universidad a la que poco tiempo antes había dejado de concurrir como alumno regular.

Deja un legado de 313 patentes en campos tan diversos como la arquitectura y -obviamente- la tecnología. Y deja, según afirman expertos del mercado, suficientes novedades guardadas en las cajas fuertes de Apple como para que la empresa lance nuevos e innovadores productos durante al menos la década siguiente. La gran pena es que Jobs no estará para ver la cara de asombro y alegría de sus futuros consumidores cuando se junten con el nuevo «gadget» imaginado por él.

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