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“También el ámbito de lo privado construye a los hombres públicos”
Canale: “A Rosas no le quedaba otra cosa que encontrar a una mujer que se pareciera a su aguerrida madre. Por momentos parece un pollerudo entre su madre y su mujer (...). Si no hubiera sido por ellas, no hubiera sido quien fue ni hubiera ocupado los lugares que ocupó”.
Periodista: ¿El haber escrito la novela histórica "Amores prohibidos. Las relaciones secretas de Manuel Belgrano" la impulsó a escribir "Sangre y deseo. La pasión de Juan Manuel de Rosas y Encarnación Ezcurra"?
Florencia Canale: Sin duda. Tiene que ver con las dos hermanas Ezcurra, María Josefa "Pepa", y Encarnación. En mis novelas suelo hacer algunos guiños con la anterior. De la primera, "Pasión y traición", sobre San Martín, tomé una escena que repetí en "Amores prohibidos", sobre Belgrano, pero tomada desde otro punto de vista. Al ser contemporáneos se cruzan más de una vez. Rosas le cría a Belgrano el hijo que él nunca conoció, el que tuvo con Pepa Ezcurra. Un hijo bastardo porque ella estaba casada con Juan Esteban Ezcurra, un primo que viene de Cádiz a intentar aplacar el romance que tiene ella con Manuel Belgrano. Romance -intensamente erótico, por otra parte- con el que los padres de María Josefa estaban completamente en desacuerdo. Manuel Belgrano ha sido reivindicado en los últimos tiempos, dejando de lado una construcción maliciosa que se había hecho por su modo de hablar y sus calzas blancas, y en realidad porque tenía mucho éxito con las mujeres. Pepa después vive con su hermana y su cuñado, ejerciendo de tía de Pedro Pablo, aunque era la madre de ese niño.
P.: Qué telenovela, ¿no?
F.C.: Un culebronazo impresionante, una telenovela calenturienta a la mexicana, repleta de misterios y secretos. Cuando Encarnación muere, muy tempranamente, a los 43 años, Pepa toma un lugar político importante. Hasta entonces Encarnación era la política en la familia, ese lugar, al morir, de algún modo, se lo delega en su hermana.
P.: ¿Cómo ve que Encarnación utilice el hijo bastardo de su hermana para conseguir casarse con Rosas, algo a lo que la madre de él, doña Agustina López de Osornio, se oponía?
F.C.: Encarnación era una enorme manipuladora. No la juzgo. Fue una muchacha perdidamente enamorada que, con el aval de su novio, hizo todo lo que estuvo a su alcance para poder casarse con Juan Manuel. Sentía que su pasión era indestructible. Era muy inteligente, una gran estratega, y no se iba con chiquitas. Y tenía como contrincante a una suegra feroz, tremenda y genial. Otra vez reaparece la telenovela: la disputa del hombre entre la madre y la novia, y luego entre la suegra y la nuera, a capa y espada, no a los filos ni a los golpes pero si con ferocidad verbal y disputa sin cuartel por ese hombre de ojos azules. Rosas era guapísimo, un muchacho de campo, un niño mimado, un soltero codiciado, avasallante, impetuoso, y un poquito creído. Un caudillo criado por esa aguerrida madre no es inocente. No le quedaba otra cosa que encontrar a una mujer que se pareciera a su madre. Por momentos parece un pollerudo entre su madre y su mujer. Creo definitivamente que si no hubiera sido por Agustina López Osornio, y luego por Encarnación Ezcurra, no hubiera sido quien fue ni hubiera ocupado los lugares que ocupó, hubiera sido simplemente Juan Manuel Ortiz de Rosas, un hombre de campo rico, un hacendado poderoso, punto.
P.: Los revisionistas la van a querer matar.
F.C.: Me parece que el ámbito de lo privado también construye a los hombres públicos. Mirar para el costado ante esa parte de su historia es absurdo. Yo no le estoy quitando ningún mérito. Rosas fue un hombre importantísimo, bisagra de la historia argentina. Controversial y cautivador. El que sabe qué hacer después de la anarquía, cómo tranquilizar el caos en que estaba inmerso el territorio.
P.: Hay una actitud que engrandece a Rosas cuando hace hijo suyo al bastardo, que con el tiempo se llamará Pedro Pablo Rosas y Belgrano.
F.C.: Que las Ezcurra pergeñaron ese plan para que Encarnación se casara, para que Pepa fuera aceptada. El vínculo de Pedro Pablo y Juan Manuel pasó por distintas etapas. La vida no debe haber sido fácil para ese chico, aunque recién de grande supo que era el hijo de Manuel Belgrano, pero los secretos hablan todo el tiempo hasta que estallan en el aire. Supongo que Pedro Pablo sentiría que había en Juan Manuel una pizquita de diferencia en el trato que le daba a él y el que le daba a Juan Bautista, el primer hijo de Rosas. De cualquier manera los varones tuvieron un trato más áspero que Manuelita, que era la luz de sus ojos.
P.: ¿Cómo se le da entrar en la novela histórica argentina?
F.C.: El director de Planeta, Nacho Iraola, hacia mucho que me ofrecía que escribiera algo. Yo no me atrevía, no me parecía, hasta que la historia de Remedios de Escalada comenzó a resonar fuerte en mí. Soy sobrina en sexta generación, así que el cuento de Remedios lo venía escuchando desde muy chica. Era algo bastante normal, a lo que no le daba importancia hasta que en el colegio supe que no era aquella tía lejana sino la mujer de San Martín. Me pareció que contar de Remedios me permitía hablar de una clase social, de un momento histórico y, por supuesto, de José de San Martín. Así escribí "Pasión y traición", y me fue muy bien. Y mientras investigaba y escribía supe que no iba a querer más salir de ese territorio de la escritura.
P.: Un territorio que va de Manuel Gálvez, con su "Vida de Rosas", a las novelas históricas, con condimentos románticos, que desde hace tres décadas parece patrimonio de escritoras.
F.C.: La atracción por la historia contada desde otro lugar es algo que se renueva constantemente. Durante un tiempo fue un género un poco dejado de lado. Diría que hasta que Felipe Pigna trae la historia nuevamente a los primeros lugares, contándola de otra manera. Muestra cómo a partir de los detalles se puede entrar en la gran Historia. La Historia deja de ser una compilación de fechas y batallas. Se aprendía de memoria sin entender qué era lo que realmente pasaba. Por qué las Invasiones Inglesas, cómo estaba la ciudad en la Semana de Mayo, o lo que fuere. Se trataba de dar carnalidad a los hombres y a las mujeres. Sentir la topografía de la ciudad como algo real y no con la distancia que da la Historia.
P.: ¿Cómo se atreve alguien que escribe novela histórica a ponerse en el lugar del personaje, en la piel, por ejemplo, de Encarnación Ezcurra, imaginar las frases que podría decir? ¿Es en ese momento inventado, el más ficcional de la historia, dónde parece lo más verosímil?
F.C.: Si, Saer decía eso. Es cierto, yo no tengo idea de lo que decía Encarnación y qué le contestaba Rosas, qué pensaban, pero es ahí donde se pone en movimiento la imaginación de uno para intentar recrear esos diálogos, esos momentos, de dos personas que sí existieron, que sí vivieron juntas, que sí sabemos que tuvieron una discusión. Se trata de convertir el hecho en algo más vital, menos solemne que el mero dato documental. Yo me enamoro de Rosas mientras escribo, me enamoro de Encarnación, soy Encarnación, la paso mal, me pongo triste, lloro. Sí yo entro ahí, me escapo al siglo XIX, y en realidad la paso mucho mejor.
P.: Viendo la tapa de su libro, con Rosas en penumbras mirando a una mujer desnuda de espaldas, décadas atrás se hubiera dicho: qué osada esa tapa para don Juan Manuel.
F.C.: Esa mujer no es Encarnación, pero jugamos a que lo sea. Fuimos osados al elegir esa tapa, pero ya me habían dicho que era atrevida al escribir una novela sobre Rosas y Encarnación. Se te van a venir encima unos u otros. Que no sea muy unitaria, que no sea muy rosista. Rosas era un hombre atrevido. Se atrevió a darle un orden a un país marcado por conflictos. Por otra parte, mi libro no es la biografía de Rosas ni mucho menos. Las imágenes que hay de Encarnación no son lindas, está de perfil, se la ve dura, brava, un poco fiera, entonces pongamos una mujer de espalda y que el lector se la imagine.
P.: Después de "Sangre y deseo", ¿en qué historia está pensando?
F.C.: La vida de Rosas es muy extensa, murió muy mayor. "Sangre y deseo" es la primera parte de una trilogía, que se podrá leer indistintamente, no termina con puntos suspensivos. Esta novela retrata la infancia de los dos personajes y termina en 1838 cuando se muere Encarnación. Me interesó, entre otras cosas, ver cómo era un niño que terminaba siendo el Restaurador de la Leyes. Me interesaba el mundo interior de esas familias en una sociedad porteña tan cerrada. Y no sólo la de los Ortiz de Rosas, también la de los Ezcurra, con esa hija estigmatizada. Después viene el segundo mandato de Rosas, y después viene el exilio. En el segundo mandato contaré de la infinidad de mujeres que pasaron por la vida de Rosas con mayor o menor relevancia. Y la tercera entrega es el exilio, y es Manuelita, que es su legado más importante.
Entrevista de Máximo Soto


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