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Tejen Londres y Brasilia una sociedad que Malvinas limita
El viceprimer ministro británico, Nick Clegg, dialogó el miércoles con el alcalde de Río de Janeiro, el lulista Eduardo Paes. Hablaron de sinergia entre los juegos olímpicos que prepara la ciudad carioca para 2016 y los de Londres 2012.
De gira con una delegación de 45 empresarios y otros cuatro ministros por San Pablo, Brasilia y Río de Janeiro, fue el liberal-demócrata Clegg, número dos del Gobierno británico, quien dio la minuta sobre el encuentro con el canciller Patriota: «Nuestro Gobierno busca mantener la temperatura de la retórica (con Argentina) lo más baja posible. Eso no significa, de manera alguna, que no continuemos en nuestra determinación por proteger la soberanía de las Malvinas», dijo, no sin destacar que tanto Patriota como él se habían comprometido a respetar mutuamente sus posiciones. «Seguiremos hablando con un espíritu de mutua cooperación», redondeó Clegg, y agregó que el tema debía ser retomado por el ministro de Defensa brasileño, Nelson Jobim, que en julio estará de visita oficial en Londres.
No va a ser una conversación fácil para Jobim: en el Gobierno de Su Majestad todavía resuenan ecos de protesta contra Brasil, por haber impedido en enero que un navío de guerra británico -en ruta a las islas- fondeara en el puerto de Río de Janeiro. Hace menos de un mes, en una entrevista con Ámbito Financiero, Jobim aseguró que ése no había sido un episodio aislado sino una política de Estado («es una política clara de apoyar a las posiciones soberanas de los Estados sudamericanos», dijo).
Seguramente el ministro brasileño se vea obligado a atemperar su discurso: son públicas las negociaciones entre la contratista militar británica BAE Systems y el Gobierno de Rousseff para modernizar la Armada brasileña, lo mismo que las de la legendaria Rolls Royce con la Aviación verde-amarelha para proveerla de motores. Pero la razón que más pesaría en el «enfriamiento de la retórica» exigida por Clegg a Brasil y Jobim es la nueva política exterior británica de «reconquista de Latinoamérica», por la que el Reino Unido se ha propuesto desembarcar en estas costas para reiniciar un romance, comercial esta vez (y no independencista-colonial como en el siglo XIX), con la región. En esa reconquista británica, sin duda Brasil es la punta de lanza, o la que se lleva la «coronita».
Ese nuevo lineamiento de Londres fue explicitado en dos textos fundamentales: «Comercio e Inversión para Crecer», un «white paper» presentado al Parlamento en febrero por el ministro de Negocios Vince Cable (estuvo de gira comercial por Brasil en agosto de 2010), y el discurso del canciller William Hague a principios de noviembre pasado en Canning House, el foro de discusión de asuntos latinoamericanos por antonomasia en Londres.
«Queremos relanzar nuestras relaciones; se acabó el repliegue del Reino Unido en Latinoamérica», dijo Hague en una histórica exposición (era la primera vez en tres siglos que un titular del Foreign Office se presentaba en ese foro). «Acumulamos un historial de negligencia hacia Latinoamérica y de no tener en cuenta sus oportunidades», agregó. Aunque no pronunció la palabra más transitada por la presidente Kirchner y el canciller Timerman cuando de política exterior se trata (multipolaridad), Hague -un Tory conservador como el premier Cameron- habló de «la nueva fase en el concierto de las naciones, en la que un puñado de Estados ya no imponen las reglas para el resto; en la que los Estados que tradicionalmente no fueron dominantes tienen iguales oportunidades para jugar un papel en los asuntos globales».
Este reacercamiento hacia Latinoamérica se prueba, además, en los números: en 1808, el 40% de las exportaciones británicas tenían como destino a nuestra región; hacia la Primera Guerra Mundial, el 50% de la inversión extranjera provenía del Reino Unido y al mismo tiempo, 20% de las exportaciones latinoamericanas iban hacia allí. Hoy, las exportaciones británicas hacia la región apenas llegan al 1%: «Exportamos tres veces más a Irlanda que a la totalidad de América latina», dijo Hague, para resaltar que «nuestro comercio con Brasil, un país de casi 200 millones de personas, significa menos de la mitad de lo que exportamos a Dinamarca».
La meta del Gobierno de Cameron es duplicar las exportaciones hacia Brasil para el año 2015. (En 2010 ese intercambio aumentó el 29% respecto de 2009, por un total de u$s 7.700 millones, con superávit brasileño de u$s 1.400 millones). Parte de esa meta ya fue en el equipaje de regreso de la delegación que acompañó a Clegg a Brasil: contratos por 2.500 millones de libras, que incluyen uno con la británica BT para proveer transmisión de datos al Correo brasileño, otros negocios en las industrias del y el petróleo, y hasta colaboración en la organización de las Olimpiadas 2016 en Río y el Mundial de Fútbol 2014, ya que Londres será sede para las Olimpiadas de 2012.
Falta en este romance BB (Brasil-Britannia) la prueba de amor que es -no podía ser otra- el asiento permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. «Pedimos que se reforme la ONU, y esto incluye que se amplíe el Consejo de Seguridad, incluyendo a Brasil como miembro permanente», dijo Hague en Londres en noviembre, y repitió, con palabras casi exactas, Clegg en Río de Janeiro el miércoles. Si bien es promisorio, el idilio BB puede resultar una provocación para el Othello en el Norte: Washington siempre sostuvo un «nunca jamás» para las pretensiones brasileñas al Consejo de Seguridad. ¿Y la Argentina? También. Aunque si terciara entre Londres y Brasilia, no podría sino, otra vez, malvinizar la cuestión.

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