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Temen los Castro ante el espejo libio
Muamar Gadafi
Para la mayoría de los cubanos, el rostro del excéntrico presidente libio resulta bien conocido por la frecuencia con que aparecía retratado en los medios oficiales, junto a nuestros líderes locales. Al autor del Libro Verde se lo consideraba -a pesar de algunas discrepancias públicas- uno de los aliados más importantes del Gobierno cubano en aquella zona. Su actual situación ha conmocionado a las autoridades de La Habana, quienes no sólo están preocupadas por la ruptura de alianzas ideológicas o por la crisis geopolítica, sino por un posible contagio de las revueltas populares.
No obstante las marcadas diferencias entre una realidad y otra, la inminente caída del caudillo africano hace saltar también las alarmas en La Habana, por las similitudes entre el personalismo construido por Gadafi y éste que han forjado nuestros rebeldes de verdeolivo.
Verlo derrumbarse a él les hace prever y temer el desmoronamiento de ellos mismos.
Gadafi ha acumulado tantos beneficiarios y tantas víctimas, que las opiniones sobre él oscilan hoy entre la apología y el improperio. Las calles de Libia son el escenario donde esas dos fuerzas en conflicto se han encontrado y el exceso de terquedad por parte del líder en desgracia ha avivado los odios, ha empujado los proyectiles.
La tozudez del autoproclamado «guía de la revolución», nos preocupa del lado de acá del Atlántico, porque evoca también la infinita testarudez de Fidel Castro. Puesto en una situación similar, el comandante en Jefe no cedería como Hosni Mubarak sino que enarbolaría su repetida frase de que «primero se hundirá la Isla en el mar, antes que claudicar».
Aterrador
Tememos que actúe de la misma manera que Gadafi, que se comporte como lo está haciendo por estos días él.
Libia puede ser un adelanto aterrador de nuestro propio futuro. Basta recordar la porfiada voluntad con que el guerrillero bajado de la Sierra Maestra se convirtió en el gobernante de mayor permanencia en el poder en todo el hemisferio occidental. Durante 49 años de mandato, Fidel Castro acumuló una larga lista de acciones y posturas marcadas por su voluntarismo. En octubre de 1962, después que Nikita Kruschev decidió -de forma unilateral- retirar los cohetes con cargas atómicas instalados en la isla, declaró: «Los cohetes morales no serán desmantelados jamás». El caprichoso optimismo del que hace gala lo llevó, en 1970, tras el fracaso de no poder realizar la ansiada cosecha de 10 millones de toneladas de azúcar, a enunciar la frase: «Vamos a convertir el revés en victoria». Hasta en 1980, luego que más de cien mil cubanos huyeron del país por el puente marítimo de Mariel a Miami, terminó por afirmar: «Que se vaya la escoria, que se vaya».
Gadafi, por su parte, intentó construir un modelo político y social que se basaba en sus propias palabras, en sus mesiánicos escritos. Se exhibía como el exegeta principal de su obra y marcó con su impronta todos los estamentos de la sociedad. No en balde en las ciudades que han pasado a manos de los rebeldes, ha aparecido con virulencia la burla gráfica, los dibujos humorísticos donde el gobernante aparece ridiculizado y esquilmado. Un pueblo que lleva varias décadas sin poder reírse de quien lo gobierna, recurre a la hilaridad para exorcizar el miedo producido por ese rostro.
Dependencia
Con una prensa controlada hasta el mínimo detalle, los ciudadanos de ambos países han dependido durante décadas de la versión oficial de los hechos que se elabora en el palacio de gobierno, de ahí su desorientación noticiosa ante lo que ocurre dentro y fuera.
Salvando las diferencias históricas y regionales, tanto Gadafi como Fidel Castro acusan de sus dificultades al enemigo externo, que en un caso se llama Bin Laden y en el otro Estados Unidos. Remueven el nacionalismo que les permita mostrarse como los elegidos para salvar la patria de la anexión o de la descomposición territorial. Uno ha abierto las puertas de los arsenales para armar a sus seguidores, mientras el otro fomenta la doctrina de la guerra de todo el pueblo, en la que cada mujer, hombre o niño debe saber convertirse en un baluarte inflexible de la revolución.
(*) Periodista disidente cubana. Columnista exclusiva de Ámbito Financiero y Buenos Aires Herald.


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