Tibia escenificación de un drama nacional

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«Secuestro y muerte» (Arg., 2010, habl. en esp.). Dir.: R. Filippelli. Guión: B. Sarlo, M. Llinás, D. Oubiña. Int.: E. Piñeyro, A. Ajaka, E. Bigliardi, A. Muñóz, M. Umpiérrez.

Vagamente inspirada en gravísimos hechos históricos, ésta es la película que abrió el Bafici del año pasado con escasa repercusión. Se esperaba entonces una gran polémica, pero eso que algunos sectores K denunciaron como imposición del mismísimo Mauricio Macri para reivindicar al general Pedro Eugenio Aramburu («figura insigne del gorilaje nacional», dijo en su comentario la agencia oficial Telam) resultó ser una obra casi abstracta, tibia hasta la vaguedad, y encima monocorde hasta el aburrimiento. El año largo transcurrido desde entonces no la ha mejorado.

La intención del autor, Rafael Filippelli, parece haber sido ilustrar mediante la escenificación cinematográfica un capítulo del ensayo de su esposa Beatriz Sarlo «La pasión y la excepción», pero sin pasión. Demuestra, eso sí, que no hay mayores excepciones, como cada sector pretende, ya que de algún modo los extremos se tocan aunque hablen idiomas totalmente diferentes.

Para ello, reelabora el secuestro, juicio sumarísimo sin defensa y asesinato del general Aramburu a manos de jóvenes peronistas del grupo Montoneros, como venganza por delitos similares que él mismo cometió años antes. El asunto es interesante, el problema es que lo expone del modo más diluido posible. Acá no se menciona a nadie por su nombre, los diálogos, que podrían ser sustanciosos, alternan entre generalidades y zonceras, el núcleo del conflicto también roza la abstracción, y algunos personajes más que fanáticos inteligentes, resentidos y decididos a matar y morir lucen como verdaderos pavotes medio aburridos, por no decir otra cosa (nada que ver con los originales históricos, entre ellos Norma Arrostito, Mario Firmenich y Capuano Martínez).

Seguramente eso es lo buscado por el autor, pero el público no encuentra justificativo a la visión. Además las actuaciones son casi todas de una francesa languidez, supuestamente bressoniana. La película igual puede reverdecer alguna polémica, ya que en los referidos diálogos el general siempre parece más centrado que sus ejecutores. Su intérprete es Enrique Piñeyro, con una caracterización que lo asemeja más al general Onganía visto desde muy lejos que al mencionado Aramburu, hombre de mirada firme y medio acerada.

Exégetas del director aseveran que lo suyo es un riguroso trabajo de puesta en torno a los tiempos muertos de una espera, y un registro hábilmente ambiguo de los puntos de vista confrontados. Puede discutirse lo segundo, pero eso de los tiempos muertos es totalmente cierto. A la espera del desenlace, las horas agonizan de tedio junto a los espectadores, que sólo se mantienen vivos porque las butacas de la sala de estreno son medio incómodas.

P.S.

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