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Tolcachir celebra la década de Timbre 4 con sus clásicos
Claudio Tolcachir: «Me gusta la incomodidad en el teatro porque, en general, lo que recibe el público en materia de espectáculo son productos demasiado cómodos y fáciles».
Tal espacio hoy cuenta con una segunda sala sobre la calle México y tres espectáculos creados por Tolcachir («La omisión de la familia Coleman», «Tercer cuerpo» y «El viento en un violín») que siguen triunfando en el exterior y cuyos textos han sido publicados en inglés, francés e italiano. Las tres obras volvieron a su escenario de origen, luego de una gira de 4 meses por España y Francia, para celebrar la primera década de Timbre 4 y seguirán en cartel hasta fin de año. Tolcachir también está escribiendo un nuevo texto teatral en torno a dos temas: la fidelidad («no de pareja», según aclara) y la noción de «amor puro».
Periodista: La Legislatura Porteña lo declaró, hace unos días, Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires.
Claudio Tolcachir: Ahora siento una responsabilidad más grande. Desde este espacio que creamos en Timbre 4 creemos que nos falta desarrollarnos más en el plano social, ser más útiles a otras necesidades. La semana pasada los alumnos nos ayudaron a juntar ropas y otras cosas para los internos del Borda que están sin gas. Pero además de estas acciones creemos que el teatro, de por sí, puede hacer mucho por la gente. El teatro es educación y trabajo en grupo. Enseña a ser solidario y a pensar la vida de otra manera. Lo que yo descubrí cuando empecé a hacer teatro a los once años, no lo encontré ni en el colegio, ni en ningún otro lado.
P.: ¿Cuál es su próximo objetivo?
C.T.: Abrir el teatro a los más jóvenes, incluir a aquellos que no tienen dinero suficiente para pagar la entrada. Estamos viendo qué vuelta darle a este tema. El espectador promedio ronda los 40 o 50 años. Ahora hay que lograr que los jóvenes de 20, 25 años, descubran que el teatro es un lugar donde pueden pasarles cosas interesantes.
P.: Usted se formó en la escuela de Alejandra Boero, una gran propulsora del teatro independiente y de fuerte contenido social ¿Le costó dar iniciarse en en el circuito comercial?
C.T.: Yo ya había actuado en el teatro oficial y comercial, antes de dirigir y había comprobado que era gente normal. Lo que cambia son los estilos de producción y algunos límites o riesgos que uno se permite tomar. Para mí fue genial trabajar con Norma Aleandro y Jorge Marrale en «El juego del bebé» de Albee, que además coincidió con el comienzo de Timbre 4 y luego ser dirigido por ella en «De rigurosa etiqueta» y «Cinco mujeres y un mismo vestido».
P.: Y luego usted la dirigió a ella en «Agosto» y también a Mercedes Morán con la que acaba de estrenar «Buena gente», una obra bastante incómoda.
C.T.: Me gusta la incomodidad en el teatro. Porque, en general, lo que recibe el público en materia de espectáculo son productos demasiado cómodos y fáciles, sobre todo en televisión y en buena parte del cine actual. Todo director de teatro quiere que el público participe y se sienta parte del asunto. Algunos, hasta le han echado agua para que el espectador reaccione o tome partido de algún modo. Yo estoy disfrutando mucho la salida de público de «Buena gente». Escucho que discuten: «¿Por qué hizo eso la protagonista? Lo hizo por orgullo. Eso no es orgullo.» y no paran de hablar. Para mí es genial una obra que incomoda, donde todos los personajes se conducen de manera equivocada y a la vez tienen razón. Todos son muy humanos.
P.: ¿No le sorprende que siendo una obra de Broadway cuestione la idea de que con trabajo y esfuerzo triunfa hasta un retrasado mental como Forrest Gump?
C.T.: Es una obra que pertenece a este momento tan crucial que vive Estados Unidos. No es la típica obra de Broadway. Tampoco sé cómo le ha ido allá; pero no me extraña que una actriz como Frances McDormand haya elegido protagonizarla. Está alejada del prototipo americano, que muestra cuánto rencor y resentimiento ha generado en ese país la gran estratificación social.
P.: ¿Siguen viniendo muchos extranjeros a tomar clases en Buenos Aires?
C.T.: Sí. Seguimos recibiendo españoles, latinoamericanos y muchos franceses. Aunque creo que algo va a cambiar por la crisis que están viviendo en Europa.
P.: ¿Qué los atrae tanto?
C.T.: En Francia, el teatro está muy institucionalizado. Yo di clases en Estrasburgo, en un Conservatorio muy importante que ocupa una manzana y al que sólo asisten unos doce alumnos que vienen de una selección muy estricta. Según me contaron, el ingreso a estos conservatorios se hace en función de los tipos físicos que se requieran para las comedias de Molière y de Goldoni. Entre los aspirantes pude ver un freakie, una mina que estaba buenísima o una gordita graciosa. Parecía «Gran hermano» donde cada participante entra para cubrir un determinado papel. En Buenos Aires, encuentran un mundo de posibilidades.
P.: ¿Algún otro proyecto en vista?
C.T.: Me ronda la idea de llevar «Los Coleman» al cine. El de la iniciativa fue el director de cine español Juan Carlos Fresnadillo. Pero hay que ver, es una industria muy complicada. A mí me encantaría escribir algún guión para cine, pero no sabría como encarar las dificultades administrativas.
Entrevista de Patricia Espinosa


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