Ocho días antes de asumir Donald Trump, Randall Stephenson, el presidente de los Boy Scouts de Norteamérica se presentó a las 9.20 de la mañana en la Trump Tower de Nueva York, subió al piso 66 y estuvo reunido cuarenta y cinco minutos con el nuevo presidente de los EE.UU. No hablaron de la asociación creada en 1908 que agrupa más de 2,4 millones de jóvenes, ni de la empresa que dirige Stepehnson, fundada veintinueve años antes y que "conchaba" unos 280.000 empleados, sino del tema favorito "del Donald": trabajo. A la salida Stephenson sólo tuvo palabras elogiosas para el nuevo mandatario.
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Lo importante de la reunión es, sin embargo, lo que no se dijo.
El 22 de octubre del año pasado AT&T anunció un acuerdo para adquirir Time Warner en u$s85.000 millones (u$s108.000 con la deuda) como parte de su proyecto de combinar la mayor telefónica de los EE.UU., con el mayor proveedor de TV paga (en 2015 adquirieron Direct TV en u$s67.100 millones) e Internet con uno de los más grandes oferentes de programación televisiva (en los medios, vamos a un mundo totalmente móvil). Con la nueva operación HBO, los Estudios Warner, y Turner Bradcasting System quedarían bajo la órbita de la telefónica, todo sujeto a la aprobación regulatoria del nuevo Gobierno norteamericano o mejor dicho de la gente de Donald Trump dirigiendo los organismos regulatorios.
¿Cuál es el punto que más le interesaba a Trump y del que no hablaron?: la última de estas tres empresas, Turner Bradcasting System y en particular una de sus subsidiarias. "Turner", como se la conoce en los medios, controla canales de cable como TNT, TBS, Cartoon Network, TruTV,etc. y la joya de su corona (genera el 10% de las ganancias del grupo) creada en 1980 por Ted Turner: CNN.
En octubre Trump había dicho que "AT&T, comprando Time Warner y por lo tanto CNN, es una operación que no aprobaremos bajo mi administración porque es demasiada concentración de poder en las manos de tan pocos", lo que según la agencia Bloombeg habría reiterado en privado a principios de enero. Pero no sería la primera vez que el blondo se desdiga (una pista: ver si como también dijo, deshace la operación, Comcast/NBCUniversal -otro medio "enemigo"- aprobada por la administración Obama en 2011).
Si bien es una integración vertical en la que no se adquiere un competidor directo, por lo que no existirían en principio problemas regulatorios que impidan la adquisición, especialmente si la Comisión Federal de Comunicaciones se mantiene al margen (la FCC, ahora a cargo de Ajit Pai, puede bloquear este tipo de operaciones con sólo aducir "el interés del público", lo que no es recurrible), no podemos descartar que el gobierno tome un camino intermedio y el Departamento de Justicia (hora en cabeza de Jeff Sessions) disponga la escisión de CNN. En contra de esta posibilidad tenemos el carácter desregulatorio del nuevo Gabinete (tres días antes de asumir Trump le dio su bendición a la fusión Monsanto Bayer por u$s66.000 millones que se perfeccionaría hacia fines de año) y las palabras de Stephenson que un par de días tras la reunión con Trump deslizó que no haría falta el "diverstiture".
Como toda megaadquisición o fusión (y ésta sería la mayor durante el primer año de su presidencia) hay cientos de empleos en juego. Esto ha puesto en pie de guerra a los empleados que luchan por frenar la operación. La gente de CNN que denosta a Donald Trump no lo hace sólo por cuestiones ideológicas, sino también por el temor a perder su trabajo. Los capitalistas de Warner y AT&T aprovechan la situación dando vía libre al ala más extrema dentro de la cadena televisiva, lo que pone presión al Gobierno para que favorezca el cambio de controlante y se haga cargo de ella un "White Knight" (ante el Senado Stephenson ha dicho que le daría libertad editorial completa a CNN, lo que puede interpretarse de varias maneras). No olvidemos que el propio Stephenson (un ferviente republicano que trabajó en la NSTAC durante la presidencia 2004 de Bush y ha donado en los últimos cinco años más de u$s281.000 de su propio dinero al partido), tienen algunas cosas para cobrarle a la cadena luego que en 2009 CNN iReport, anunciara que él había muerto de una sobredosis de cocaína durante una fiesta en su mansión. El reporte, obviamente falso, fue rápidamente levantado del sitio pero nunca fue aclarado el origen de la noticia.
Con el peligro que la línea editorial de CNN termine dando un giro de 180 grados, el miércoles pasado los más conspicuos senadores demócratas (Elizabeth Warren, Bernie Sanders, A.Franken y C.Brooker) comenzaron a cuestionar el acuerdo AT&T/Warner que hasta hace tres meses, durante la presidencia de Barak Obama, era un "done deal".
A Trump toda esta situación no le disgusta, ya que ha entronizado un enemigo, CNN, al que sabe que de una u otra manera -autorizando la operación o forzando la escisión- pronto derrotará forzando un cambio en su línea editorial, sino hacia una línea afín al menos hacia una línea más neutra. Esto sólo bastaría (podríamos sumar la amenaza a Comcast/NBC) para que, salvo los más recalcitrantes de los medios demócratas, el resto se alinee detrás de él o abandonen su posición de oposición a ultranza. Desde afuera, la obsesión de Trump contra los medios puede parecer un disparate, pero es una lucha en la que entró a sabiendas que lleva las de ganar.
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