8 de junio 2011 - 00:00

Un Borges terrible, hecho de enigmas, consonantes y sangre

Faciolince y Correas escribieron, con distintas perspectivas, sobre el asesinato de un hombre (padre del primero) en manos de sicarios de Medellín, en cuyo bolsillo había un poema inédito de Borges.
Faciolince y Correas escribieron, con distintas perspectivas, sobre el asesinato de un hombre (padre del primero) en manos de sicarios de Medellín, en cuyo bolsillo había un poema inédito de Borges.
Un poema inédito de Borges en el bolsillo de un hombre asesinado por sicarios en Medellin será el punto de partida de dos libros. El del hijo del muerto, el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, «Traiciones de la memoria» es la minuciosa reconstrucción del origen de ese soneto que llevaba su padre cuando lo mataron. El otro, «Los falsificadores de Borges», del profesor de Letras, escritor y periodista argentino Jaime Correas (elogiosamente reseñado el miércoles pasado por Emilia de Zuleta en esta sección) es una novela que, reconstruyendo los hechos que rodean a aquel poema, despliega la novela de una búsqueda apasionada, falsas atribuciones, casualidades y relaciones que hacen que la realidad parezca una ficción planeada por Borges.

Héctor Abad Faciolince y el mendocino Jaime Correas, cuyos libros publicó Alfaguara, se reunieron en Buenos Aires y dialogamos con ellos.

Periodista: Un poema con las iniciales J.L.B. hallado en el bolsillo de su padre, asesinado por presidir el Comité de Derechos Humanos de Antioquia, lo lleva a una investigación que une Colombia con la Argentina, y que concluirá en su libro «Traiciones de la memoria», y el de Jaime Correas «Los falsificadores de Borges».

Héctor Abad Faciolince: El poema no sabemos cuándo fue escrito. Pero sabemos el día exacto y hasta la hora en que le fue dado, junto a otros sonetos inéditos, por Borges a Jean-Dominique Rey. Y que eso ocurrió mucho antes del 25 de agosto de 1987 cuando, en la calle Argentina a eso de las 6 de la tarde, matan a mi padre, que es cuando comienza para mí la historia.

P.: Son sorprendentes las relaciones que se dan: un hombre asesinado en la calle Argentina con un poema de Borges en su bolsillo, en Medellín, donde murió Gardel.

H.A.F.: Tuve que poner los documentos porque sino creen que estoy inventando. Y es una ficción que la realidad construyó no sabemos como. Cuando encuentro ese poema de J.L.B. que anotó mi padre antes de que lo mataran no es una novela, no es una historia, no es un libro. Es el día más trágico de mi vida, y el autor del poema no me importa nada. Es un acto estético, es un mensaje bonito en el bolsillo que deja un muerto. No pensé que fuera a luchar por descubrir al autor. Pero en un momento la historia explota en mi cabeza y se convierte una obsesión y en una pasión durante mucho tiempo. Y al investigar aparece el nombre de un señor en Mendoza al que llamo desde Berlín. Y lo que le digo hace que el tema explote también en la cabeza de Jaime Correas, que al investigar resolverá muchas dudas.

P.: ¿Si no hubiera sospechado que el poema era de Borges, cree que lo habría estimulado de la misma manera?

H.A.F.: No con el mismo entusiasmo y felicidad sino con la resignación de que el espíritu sopla donde quiera, y a veces sopla en la cabeza de un burro. Habría sido triste, pero lo hubiera tenido que reconocer.

P.: Esa búsqueda hace que una investigación literaria se convierta en una especia de policial.

H.A.F.: Quise despejar las falsedades y encontrar la verdad. Como el detective busca quien es el asesino, yo busco quien escribió ese poema, donde salió publicado, de donde el muerto lo tomó y lo copió. Y finalmente logro despejar todas mis dudas y sólo quedan unas pocas pequeñas incógnitas. La búsqueda más intensa la comienzo a fines de 2006, y en agosto de 2007 ya se cual es el origen del poema, de donde lo sacó mi padre, y sólo me falta ir a ver a cada persona. El detective debe interrogar a los sospechosos para detectar si hay mentiras. Lo que detecto son pequeñas traiciones de la memoria, que a todos nos pasan. Son los mentirosos los que no tienen nunca fallas porque construye sus historias pensadamente, afinando los detalles. Lo mentirosos se descubren por lo exacto de su relato, lo que dicen la verdad son imprecisos.

P.: Correas ¿usted comienza a investigar cuando un colombiano lo llama para preguntarle si es el autor de ese poema?

Jaime Correas: Eso es lo último que le dijeron a Héctor Abad. Cuando me lee el poema le garantizo que yo no lo escribí, lo que lo tranquiliza. Y agrego: es de Borges y le voy a contar cómo un grupo de estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras tuvimos que ver con eso que ha estado buscando. De pronto su angustiado interés me llevó a 20 años atrás. El poema lo había traído Juan López, que era amigo de Coco Romairone, que era amigo de Franca Beer y del pintor Guillermo Roux. Yo nunca había hablado con Romairone sobre el poema, y con Franca Beer sólo había hablado por mi biografía de Cortázar. Sentí que para no decepcionar a Héctor, que venía de una cadena de decepciones, había que reconstruir la llegada del poema a nuestras manos. Comencé a desandar todo el camino. Cuando ya tuve la historia con toda certeza, recién le escribí. Quienes intervienen en la entrega del poema son el poeta francés Jean-Dominique Rey, que lo recibe de manos de Borges cuando lo entrevistaba, nuestro amigo Roux, que estaba retratando al escritor, su mujer Franca, una italiana que ha vivido en Mendoza, amiga de infancia de Coco Romairone, periodista jubilado que por ser un fanático borgiano recibe copia de los cinco poemas inéditos de Borges, que en un acto de generosidad, de las muchas que hay en esta historia, se los da a Juan López, compañero mío de la facultad, gran poeta, que los trae al grupo de amigos que publicábamos un Antología de Poesías Anónimas. En esa antología aparecían sin firma textos de Juan López, Silvina Pereira, míos y de varios otros.

H.A.F.: Ahí cometen una traición al proyecto de Ediciones Anónimas. Le llegan esos poemas de Borges y no los publican anónimamente.

J.C.: No fue el único caso. Publicamos las cuatro antologías de Poesía Anónima, el libro de Silvina Pereira «Palabra en píe» y el de los sonetos de Borges. No estábamos contra la poesía firmada. No decíamos que había que matar al autor, planteábamos una experiencia. Pensamos hablar con Borges. Yo había estado un año antes con él, una mañana encantadora, en la Librería La Ciudad de la Galería del Este (lo cuento en mi novela) y dije que era una muy accesible. Recordamos que lo habíamos visto, sin poder llegar a él, en el Congreso de Literatura Argentina de San Juan. Pensamos decirle que teníamos esos poemas, contarle lo de la «poesía anónima», y pedirle que nos escriba un prologuito. A Borges le gustaban estos juegos. Es justo cuando viaja a Europa y muere en Suiza. Entonces decidimos hacer, como homenaje a Borges un librito que tuvo dos o tres repercusiones periodísticas. Salió en la revista «Somos» una entrevista que me hizo un periodista en Mendoza, a la que agregaron un testimonio de Gabriela Masuh. Envié ejemplares al exterior. A Octavio Paz y a José Emilio Pacheco en México.

P.: Si bien hay vasos comunicantes entre el libro de Faciolince y el de Correas, se diferencian en la estructura. Faciolince es un thriller intelectual, una investigación periodística, sobre quién era el delincuente que escribió un poema que llegó al alma de su padre muerto. En tanto que Correas construye una historia apasionante sobre Borges, la memoria, la autenticidad, el plagio, y las falsificaciones. Así como Faciolince se vuelve un detective, Correas es actor de la novela que cuenta. ¿Qué ven como diferencias entre los libros de ustedes?

H.A.F.: «Traiciones de la memoria» es una lucha contra esa ficción en la que se convierte el pasado, contra esa ficción involuntaria de la mala memoria. Es una lucha para construir las cosas como fueron y no como la mala memoria mía o de los demás quieren recordarlas, sea de buena voluntad, porque uno deforma sin querer, o de mala voluntad, como hay casos de gente que miente deliberadamente.

P.: Un episodio atractivo es el poeta y crítico que cuestiona la autenticidad del soneto, que insinúa haberlo escrito y la polémica en torno a esto.

H.A.F.: Es que el mal hace a un gran personaje. Da tensión al relato y otorga otra dimensión a la historia. En ese caso se trata de un canallita que en el fondo tiene algo de divertido.

J.C.: Y que tiene un gran mérito, es quien le dijo que yo existía. Usa el mecanismo del gran prestidigitador siempre se basa en realidades. Cuando el dice que se encontró con Borges por la calle en Nueva York, hay algo cierto: Borges estaba en ese momento en Nueva York. Pero ese día en la calle hacia diez grados bajo cero.

P.: Es notable que a partir de ese material usted, Correas, construyera una novela absolutamente distinta y personal.

J.C.: Mí libro es al revés del de Héctor, sin ser contrapuesto, sin que sea una pelea. En mi libro la ficción va a reconstruir la realidad. Es esa idea tan borgiana de la que la ficción y la realidad se retroalimentan y están juntan. Nuestros libros son una muestra muy interesante de como la misma historia se puede contar en dos registros distintos y parecer dos historias distintas, cuando los hechos son los mismos. Creo ha sido una gran apuesta, y estoy feliz de que hayamos tenido éxito, porque podíamos no haber encontrado la manera de contar esa historia. Hubo etapas. Estuvo la idea de escribir la historia entre los dos. Yo propuse que, como en los libros de Sebald, se contara con documentos, con fotos del poema de Borges en la lápida del padre de Héctor, con imágenes de los participantes, de lugares, de documentos. Esas imágenes que ilustran el libro Héctor.

P.: ¿Por qué sus historias pasan por Borges?

H.A.F.: Borges es imprescindible. En cualquiera de sus páginas, en la entrevista más oscura, siempre hay iluminaciones de una lucidez que hacen perder la fe en el anonimato, en que no importen las personas, y en que el espíritu sopla donde quiera. En Borges sopló el espíritu con una intensidad de ventarrones permanentes de ideas geniales.

J.C.: Yo que siempre anduve con sus obras, me maravilla que esta historia me haya pasado con Borges. Y que él se impusiera porque el poema «El olvido que seremos» era suyo. Y Borges es un hito central en mi pasión por la lectura y la literatura.

P.: ¿Qué están escribiendo ahora?

H.A.F.: Estaba retirado del mundo escribiendo una novela que tendrá como título un verso de Antonio Machado, «Hoy es siempre todavía», cuando tuve que volver a aquel poema de Borges.

J.C.: Yo estoy juntando material para una novela que tenía pensada antes de que esta se me impusiera. Tiene que ver con una mujer que estuvo aparentemente presa de su marido durante muchos años, y que reaparece cuando su marido muere. Historia que conozco por sus expedientes judiciales. Va a ser también con elementos documentales, con implicancias muy interesantes. En 1911 estuvo más de un año internada en el sanatorio de Ramos Mejía, el que escribió la «Historia de la locura en la historia argentina». Y se llamaba Manuela Correas, y era tía abuela mía.

Entrevista de Máximo Soto

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