Un desbordante Marcos López, de lo material a lo ideológico

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En el año 2010, durante el vuelo desde Frankfurt a Buenos Aires, el fotógrafo Marcos López dibujaba unos retratos, la génesis de la muestra que, bajo el significativo título "Debut y despedida. Toda la carne al asador", exhibe en estos días el Centro Cultural Recoleta. López, un artista que nunca expresó ninguna duda a la hora de fotografiar el mundo, y lo probó en la extensa retrospectiva de Frankfurt llamada "Carne argentina", mostró en ese momento cierta inseguridad acerca de su deseo de convocar pintores para encargarles trasladar al lienzo determinadas imágenes. Hoy, es evidente, López contrató un ejército de pintores. La fotografía le ha quedado chica y pasó a ser un recurso más, junto a la pintura, la escultura y la instalación. López usa su propia obra como vehículo para viajar por la historia del arte y desde este lugar preciso, enuncia un encendido discurso político.

Nadie sabe si luego de este debut, López se va a despedir de algo, para comenzar, entre las cuestiones personales que relata en el catálogo, dice que no piensa despedirse de su mujer. Además, acaso por primera vez formula una crítica abierta a las mentiras y las distorsiones de la publicidad, un mundo para el que trabajó durante años.

Lo cierto es que la dimensión de la sala Cronopios resulta estrecha para albergar una producción desbordante. La muestra abre un abismo entre el artista, capaz de decir todo lo que siente del modo más elocuente, y los funcionarios, inmutables frente a unas expresiones -acaso inesperadas- que no atinan a responder. Buenos Aires es un tema crucial de la exhibición, López muestra la ciudad y además, escribe: "Hay angustia, miedo a la muerte, resentimiento, sed de venganza, placer por mirar/registrar/coleccionar imágenes de una ciudad -Buenos Aires- que va a colapsar dentro de 15 años".

Las imágenes no esconden nada, por el contrario López tiene el don de comunicar. Casi al llegar al final de Cronopios hay un cartel con el estilo de las publicidades callejeras donde se lee: "The power of ideas. www.faena.com". Al internarse en ese espacio, otro inmenso cartel cumple una doble función. Por un lado, exhibe el mensaje "Redefining Happiness", escrito en grandes letras, mientras por el lado inverso, el revés configura una pared que sirve para ocultar un mendigo envuelto en una frazada y acostado sobre la superficie de su base. Los dos perfiles de Buenos Aires están en ese espacio. Un paredón de ladrillos huecos y recién pegados con cemento completa el paisaje. La parte superior del muro está coronada por unos vidrios de botellas rotas y cortantes, sobre ellas, infranqueables, hay unos rollos de alambre de púas. En esta típica construcción "villera" se abren dos ventanales con dos pantallas de plasma, por allí desfilan las imágenes tomadas desde un auto que recorre la autopista Illia. El travelling deja a la vista el avance de la marea creciente de miseria y la precariedad de las empinadas construcciones casi sin soportes.

Como reconoce el ministro de Cultura Hernán Lombardi en el texto que presenta la muestra, López enfatiza lo que "no se puede dejar de mirar". "Sus ideas visuales son terriblemente atractivas", agrega Claudio Massetti, director del Recoleta.

Muchas de las imágenes que se vieron en la extensa retrospectiva de Alemania, sus escenas y personajes, aparecen pegadas unas sobre otras en una gigantesca instalación mural que llega hasta el techo. Desde lejos se divisan los personajes, los colores restallantes del Pop latino que le brindó a López fama internacional y también las escenas, desde los pintores de "Asado en Mendiolaza", una visión de la última cena de un grupo de pintores cordobeses, hasta la escalofriante "Autopsia" que remite a la vez a "La lección de anatomía" de Rembrandt y a la foto del Che Guevara muerto que dio la vuelta al mundo. A través del tiempo, el arte de López pasó del clima melancólico y provinciano en blanco y negro, al humor en ocasiones desopilante que fuerza una sonrisa; de su pasión étnica por la iconografía latinoamericana, la psicología de la carnicera, el morocho argentino o el retrato de Marta Peluffo del boxeador Nicolino Locche, a la fascinación que ejerce la pintura de David Hockney.

En la muestra del Recoleta se contrapone el mundo idílico de lo doméstico y privado, a la ferocidad del tigre que a través de una transfusión le brinda su sangre a otro que lucha contra la muerte semienterrado, una obra que evoca a las dos Fridas de Kahlo y a su fotografía de los dos hermanos en un hospital.

En el medio de la sala hay una casa de madera pintada con colores alegres, la rodeada un jardín florido. En el interior se proyecta un video donde los padres del artista preparan un empapelado con flores mientras conversan sobre cuestiones del día a día. Las flores reaparecen en varias obras a lo largo de toda la muestra. Las evocaciones que suscita esa casa remiten a la escena final de "Blue velvet" de David Lynch, a esa felicidad postiza y casi surreal. Pero el recuerdo del film, al ver un inmenso paredón con los típicos colores y la tipografía de la tienda Easy, se mezcla con las imágenes de las puertas y ventanas y maderas que provee ese negocio a la clase media.

Si bien "Debut y Despedida" recorre más de 20 años de trayectoria, y hay algunas fotos de Liliana Maresca de vieja data, lo cierto es que la mayor parte de las obras feron realizadas en 2012. Entre ellas la imagen de una pintura de Antonio Berni a la que superpone un retrato que él tomo a Federico Klemm, y que ahora presenta como un inmenso afiche. En las paredes cuelgan sus expresivos dibujos de Andy Warhol, Chasman y Chirolita, las gimnasta chinas, y los afiches de los museos o libros intervenidos por el artista, desde un clásico como Ansel Adams, hasta los de Edgard Hopper, Robert Mappletthorpe, y objetos, como el exprimidor de naranjas de Philippe Starck transformado por obra y gracia de López en una amenazante arma defensiva.

El artista, que durante todos estos años supo mirar el mundo con humor, pero también con amor, muestra un basural en las afueras de la ciudad de Río Gallegos, habla de "la dignidad de un país" y acaba por cuestionarse: "No sé de dónde saqué que tiene algún sentido tratar de resolver la desgarradora ecuación entre una repartija de recursos más humanizada en el mundo y la función que juega en la sociedad el arte contemporáneo, o si finalmente, nosotros, los artistas, somos un entretenimiento casi igual que el fútbol o la moda. Me canso sólo de intentar darme una respuesta".

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