2 de noviembre 2009 - 00:00

Un empate político que no disipa dudas

El arreglo de la crisis institucional hondureña anunciado el viernes responde al principio que Guido Di Tella observaba en toda negociación con expectativas de solidez: que todas las partes hayan quedado parejamente descontentas.

Visto desde afuera, el Nobel Oscar Arias verá consagrado al menos el núcleo de su plan original. José Miguel Insulza, que estaba en Washington mientras el enviado norteamericano anunciaba el acuerdo en Tegucigalpa, no habrá conseguido salir delante en la foto, pero la OEA apareció, al menos, acompañando el proceso. Luiz Inácio Lula da Silva no tuvo que hacerse cargo como líder regional de solucionar el enredo, pero participó claramente con la hospitalidad en su embajada. Hugo Chávez no pudo reinstalar a su jugador hondureño al mismo tiempo en la presidencia y en la capacidad de hacerse reelegir, pero dejó un pie dentro de Honduras que seguramente dará que hablar en el futuro inmediato. Y Washington se queda con el gran mérito, ya que todo indica que el corte de la ayuda económica y de las visas a los principales involucrados terminó por obligar a las partes a ceder lo que hacía falta.

Visto desde adentro, Manuel Zelaya retornaría al poder, pero Micheletti consiguió cortarle el camino a la reelección. Habrá una votación el próximo 29, de la que surgirá un ganador al que la comunidad internacional no podrá objetar. Lo más probable es que la gane Porfirio Lobo, del Nacional, partido opositor al de Zelaya y Micheletti, con lo que el sistema político podría llegar a beneficiarse con la oxigenación que supone toda alternancia. Y la región, finalmente, conservará otro Estado con aceptable vigencia de la democracia.

Es un detalle no menor que el Departamento de Estado haya elegido trabajar solo, sin convocar al clásico «grupo de amigos de Honduras» o tinglado diplomático habitual en estos casos, y la solución haya sido crudamente presentada como resultado de la gestión de nuestro conocido Tom Shannon y su equipo, todo norteamericano (Craig Kelly y Dan Restrepo).

Desde la recuperación de nuestras democracias, allá por los 80, en América de Sur todos nuestros sistemas de partidos fueron sometidos a la prueba ácida del acierto o el error, con el populismo esperando su oportunidad. En algunos casos (Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Paraguay, la Argentina) esos partidos tradicionales se mantuvieron, incorporando a líderes emergentes (Lula, Tabaré Vázquez, José Mujica, Fernando Lugo) al sistema político tradicional, sin mengua de la estabilidad institucional. En otros, el viejo sistema de partidos colapsó, siendo reemplazado por caudillos que alteraron, en más o en menos, la Constitución y los sistemas institucionales (Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua).

El caso de Honduras aparece como un transitorio empate: el esquema institucional se mantiene y el sistema de partidos tradicionales, también. Pero el desafío del populismo permanecerá con la figura de Zelaya, que muy probablemente rompa con su partido Liberal de origen para establecer una tercera corriente que altere el bipartidismo ancestral. Esa nueva manifestación de populismo, seguramente fogoneada por Chávez, ¿conseguirá ser asimilada al sistema vigente, como el Frente Amplio en Uruguay o Lugo en Paraguay? ¿O romperá con lo que existe para procurar una nueva «democracia directa,» a lo Chávez o Evo Morales? Convendrá observar su desarrollo, porque Honduras es una muestra de lo que sucede en toda la región.

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