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Un Menard distinto al de Borges

Pierre Menard fue, según la invención de Borges en su famoso relato de 1939 «Pierre Menard, autor del Quijote», un poeta simbolísta francés de comienzos del siglo XX que luego de algunos artículos, monografías, traducciones y sonetos buscó replicar la obra de Cervantes. «No quería componer otro Quijote -lo cual es fácil- sino el Quijote. No se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir una páginas que coincidieran palabra por palabra, línea por línea, con las de Miguel de Cervantes», señala el personaje borgiano que escribe, en la francesa ciudad de Nimes, el laudatorio artículo que leemos.
Muchas son las reflexiones que, como suele suceder con los textos de Borges, ha provocado esa historia. Se ha dicho que es una reflexión metafísica que parte del planteo nihilista, de ese supuesto Menard, de que «no hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil». Una evidencia de que la clave de toda ficción pasa por la suspensión de la credulidad. Es una renovación literaria que hace de una especie de necrológica ensayística un cuento. Juan José Saer ha sostenido que se puede leer como «una broma a la sofisticación intelectual francesa». Y el relato de Borges tiene mucho de broma permanente en el lenguaje afectado, la enumeración de la banal producción literaria de Menard, la intención de justificar el «disparate» de escribir un Quijote que sea el mismo Quijote, las ironías sobre las «señoras cultas» que tienen olvidos de «notables autores», los guiños sarcásticos sobre escritores criollos, las reiteradas sentencias palmarias.
No es ése el Pierre Menard que se plantea el especialista en Borges, académico, ensayista, traductor francés Michel Lafon, en ésta, su primera novela, a la que con precisión ha titulado «Una vida de Pierre Menard», porque es muy otra de aquella de la exaltada necrológica del porteño-nimesiano de Borges. Lafon, que dirige en la Universidad Stendhal de Grenoble la única cátedra dedicada a la Literatura Argentina en Francia, que se considera un «argentinólogo profesional», reconstruye con una estrategia que hoy se diría digna de la «Escuela de Barcelona», fundamentalmente por la obra de Enrique Vila-Matas, en la medida en que recupera un autor menor, un escritor que está en su proyectos y no en su obra, que hace del no escribir su aventura, o justifica por todo lo ya escrito el no avanzar en sus escritos.
La diferencia de Lafon es que busca dar realidad a un personaje imaginario. Para eso sigue paso a paso los datos dados por Borges, y los amplía. Para él Pierre Menard nació en Nimes en 1862 y murió en Montpellier en 1937. Luego rastrea sus andanzas a principios de siglo. Construye un juego de cajas chinas donde asume distintas voces: la del editor, la del escritor Maurice Legrand que deja un libro sobre Menard por haberlo conocido de cerca, por ser su discípulo; es Borges a través de sus recuerdos; es el mismo Menard, en los fragmentos que ha dejado. Finalmente Menard aparece como un colaborador secreto de grandes escritores. No es él quien plagia, sino al que plagian. En inspirar a otros (Gide, Valery, Borges, Louys) busca la invisibilidad. Sólo quiere ser literatura, por eso su intento de ser Cervantes-El Quijote. Busca ser el propulsor interpósita persona de la literatura moderna. Lafon destina su obras a un lector que se deje llevar de la mano de ese lírico Menard en un paseo por un jardín donde florece la amistad, la poesía. «Una vida de Pierre Menard» es un texto curioso que lleva por un mundo lejano y erudito, que provocará placer a los amantes de las letras.
M.S.


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