17 de septiembre 2009 - 00:00

Un "Vestido" de belleza hipnótica

Antonella Costa y Edward Fernández en una escena de «El vestido», un film donde el erotismo y la belleza plástica se imponen a la historia.
Antonella Costa y Edward Fernández en una escena de «El vestido», un film donde el erotismo y la belleza plástica se imponen a la historia.
Ésta es una de esas películas donde la historia importa menos que las sensaciones que construyen una historia, y la verdadera razón de ser de la obra pareciera ser el modo en que está hecha. Ése es también su principal atractivo, un atractivo hipnótico, donde recuerdos ciertos o tal vez transformados se hilvanan o contraponen en un mundo de espacios limpios y despejados, de objetos preciosos y ordenados, de silencios sonoros, donde todo luce bien colocado, elegante, y lo único que no está bien despejado y hace ruido es la cabeza de la protagonista. Muy elegante, eso sí, y discreta. Sólo la descoloca un poco la inesperada reaparición del amor de su vida, cuando ya tenía muy bien armada su vida con otro hombre.

Por ahí va la trama. Hubo una relación, digamos, ilegal, muy intensa, el sujeto un día se borró, y ahora, años más tarde, se presenta de nuevo. Para ella, hay cosas que aclarar, habrá, quizá, cosas que retomar, y, respecto a su nueva relación, tal vez haya cosas que ocultar o confesar. ¿Pero ese tipo reapareció de veras? ¿Para qué? Y lo que pasó, ¿pasó de veras tal como ella lo recuerda? ¿O como lo recuerda él? Pasado y presente conviven, como también conviven distintos afectos amorosos, y se reflejan viejos vínculos y viejos miedos propios en la figura de una niña ajena, la hija del marido. En esa trama, y quizás en diversos órdenes, un vestido sirva como enlace. El vestido del título. ¿Pero habrá, también, más de un vestido?

El juego es interesante y tiene estilo, si bien se extiende más de lo aconsejable para quien sólo quiera entender lo que pasa. En cambio puede ser motivo de contemplación y elogio para quien se detenga a apreciar sus méritos de puesta. Hay tomas que parecen haber llevado todo un día de preparación, no tanto por lo complejas sino por lo exquisitas. Ahí se lucen ampliamente el director de arte y «production designer» Rodolfo Pagliere, la directora de fotografía Alejandra Martín (habría que ver más trabajos suyos), la vestuarista Valentina Bari, la música de Diego Frenkel, y, a posteriori, el montajista Alberto Ponce.

Renglón aparte, que despabilará a unos cuantos, la escena de sexo entre Antonella Costa y Eduard Fernández, protagonistas. Gran desafío de la realizadora Paula de Luque, haber hecho una obra como ésta, acaso más cerca de algunas obras de Maya Deren que de su anterior «Cielo azul, cielo negro» (codirectora, Sabrina Farji), comparativamente tan abigarrado y vivaz. Un desafío que además se sostiene solo, sin camarillas de formadores de opinión snob que la respalden. En suma: no es para todos, pero puede atrapar a más de uno.

P.S.

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