16 de septiembre 2010 - 00:00

Una adolescencia más dolorida que rebelde

La notable debutante Katie Jarvis es la exacta protagonista de «El rebelde mundo de Mia», triste historia de una adolescente con atendibles razones para estar enojada con el mundo.
La notable debutante Katie Jarvis es la exacta protagonista de «El rebelde mundo de Mia», triste historia de una adolescente con atendibles razones para estar enojada con el mundo.
«El rebelde mundo de Mia» (Fish Tank, G. Bretaña-Holanda, 2009, habl. en inglés. Dir. y Guión: A. Arnold. Int.: K. Jarvis, K. Wareing, M. Fassbender, H. Treadaway.

Desde la primera escena de esta película es evidente que Mia es una chica con problemas serios y que decirle «rebelde», como quiere el título local, es una inocentada, por decirlo suavemente. En pocos minutos y, casi sin pronunciar palabra, apedrea la ventana de una amiga que le rehúye, insulta al padre ajeno que sale a espantarla como a un bicho molesto, y le rompe la cara a otra adolescente de un certero cabezazo. Cuando llega a su casa, no sin antes tratar de liberar con una enorme piedra a una vieja yegua encadenada, se empieza a comprender qué es lo que le pasa. Primero por la casa misma, en uno de esos típicos monoblocks de clase obrera inglesa en los que Ken Loach ambienta casi invariablemente sus tesis sociales y Mike Leigh sus desangeladas historias de vida. Y después, la madre, que también desde que aparece se comporta más como otra hermana, medio obscena y totalmente desamorada, de sus dos hijas: Mia, de 15 años, y la pequeña Keira, de alrededor de 8. «¡Tú eres lo que me pasa!», le grita Mia a esa madre cuya vida tampoco ha de haber sido un jardín de rosas.

Por eso es que no resulta rara la atracción que ejerce sobre la adolescente el nuevo amante que la madre instala en la casa (Michael Fassbender), la única persona que le presta un poco de atención y vuelca en ella algo parecido al amor; claro que un amor inadecuado.

La manera que tiene la directora Andrea Arnold de contar esta historia, desangelada sí, triste tristísima, no revela en ningún momento la intención de desarrollar una tesis a lo Loach. Lo cual ya es un mérito en una realizadora a la que la crítica no sólo europea define como heredera del «realismo social inglés». Realista es, pero veamos qué tipo de realismo es ése. Con mucha cámara en mano y más de una vez fuera de foco, Arnold se pega literalmente a Mia (la notable debutante Katie Jarvis) en todo lo que hace, o mejor dicho, lo poco que hace, básicamente vagar sin rumbo y bailar hip hop durante horas. Lo que sí, como esto no es Hollywood, por más que ensaye, tampoco es que deslumbre a nadie cuando baila, naturalmente.

De ese modo, detrás de la máscara desafiante de la protagonista (que está en pantalla de principio a fin) se puede ver su confusión, su soledad, su sensación de asfixia y sus miedos. Se los puede sentir, más bien, sobre todo el miedo a que le pasen más cosas de las que ya le pasan, con todo a lo que se expone, además. Bien mirado, hay algo esperanzado ahí, algo así como una ficha a la posibilidad de salvación individual, a menos que uno crea en eso de que hay seres que tienen un Dios aparte como dicen. Sin dejar de mostrar las miserias tan feas como son, Arnold también hace uso de unas metáforas modestas pero significativas, empezando por la del título original «Fish Tank» (pecera), y la de la yegua encadenada.

Lo que queda atragantado al final es el destino de Keira, la adorable hermanita menor. Cuando la directora funde a negro y empiezan a correr los créditos, ya no hay metáfora ni esperanza que valgan.

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