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Una “Cenerentola” que peca de pueril
Carrozas calabaza en un Rossini demasiado kitsch: la mezzo italiana Serena Malfi cantó una Angelina convincente, de adecuada coloratura.
Si bien no la única, «La cenerentola», ópera de Rossini con libreto de Jacopo Ferretti (1817), es la más célebre de las adaptaciones musicales del cuento de Charles Perrault. Llevando más allá la intención moralizante del relato, la versión rossiniana tiene un sesgo romántico que le brinda una nueva dimensión.
Al igual que el año pasado con «La flauta mágica» mozartiana, el director de escena Sergio Renán (quien firmó algunas de las más bellas y sobrias puestas que se hayan visto en el Teatro Colón) eligió exacerbar el lado pueril de la obra, desde el comienzo mismo donde pasan las páginas del libro o Angelina canta su «Había una vez un rey» a dos ratones. Se advierte un afán por sobre-explicar cada secuencia (el ejemplo más flagrante es el mapa que precede la tormenta y que ilustra el recorrido de Don Ramiro y Dandini entre el palacio y la casa de Don Magnifico), o los «primerísimos primeros planos» de los cantantes proyectados sobre el fondo, como para no dejar ningún gesto fuera del ojo del espectador.
Elementos decididamente inscriptos en la categoría de lo «kitsch», como el corazón que late en el cielo durante el dúo de Angelina y Don Ramiro o los platos del banquete dan un sesgo recargado a lo visual, y hacen (junto con lo ya enunciado) de esta producción casi una versión para niños, quienes seguramente disfrutarían muchísimo del espectáculo si la paciencia les diera para escuchar dos horas y media casi ininterrumpidas de coloratura.
Puede juzgarse como el aspecto más inteligente el provecho sacado del disco giratorio, seccionado, que además de dar contención acústica lateral agiliza enormemente los cambios de escena. Los decorados, magníficamente diseñados por Emilio Basaldúa, son complementados por proyecciones a guisa de cielos y techos, o por telones suspendidos. En su debut como vestuarista de ópera, el modisto Gino Bogani realizó una excelente labor, y la iluminadora Eli Sirlin contribuyó a la creación de los diferentes climas.
Un muy buen elenco jerarquiza esta «Cenerentola». En su debut sudamericano, la joven mezzo italiana Serena Malfi, una Angelina convincente, exhibió línea, adecuada coloratura, expresividad y buen gusto, aun cuando su emisión hubiera necesitado más proyección en una sala como ésta. El tenor Kenneth Tarver (Don Ramiro), de muy agradable timbre, agilidad y un caudal moderado que pierde fuerza en los agudos, fue un adecuado «partenaire».
Actoralmente descollante e impecable en lo vocal, el barítono griego Aris Argiris brilló como Dandini, junto al gran bajo Carlo Lepore, antológico Don Magnifico. Las locales Marisú Pavón (Clorinda) y Florencia Machado (Tisbe) lucieron y se escucharon perfectas como las hermanastras. Excelente el Alidoro del bajo Carlos Esquivel. El coro masculino preparado por Peter Burian no tuvo fisuras en su desempeño. Con algunas dificultades en la concertación, el argentino Reinaldo Censabella condujo a una Orquesta Estable en buena forma, aunque no siempre estuvo presente en el foso la necesaria «chispa» rossiniana.


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