Una extraordinaria Julieta Ortega en durísimo papel

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«Verano maldito» (Arg., 2011, habl. en esp.). Dir.: L. Ortega. Guión: L. Ortega, A. Urdapilleta. Int.: J. Ortega, J. Furriel, A. Urdapilleta, E. Pavlovsky, C. Solari, I. Acevedo, E. Shwindt, I. Sierra, M. Boriseinko.

El amor de una hermana suele ser incalculable. Para Luis Ortega, Julieta ha interpretado un personaje de tremendas exigencias, agotador, exhaustivo, con el que muchas actrices sueñan pero pocas se animan a hacer, porque deja huellas terribles. Ella lo ha hecho. Aún más, con ese personaje hizo el papel de su vida, uno de esos papeles que se imponen ante todos los públicos y en todos los festivales y balances anuales de cualquier parte. Pero Luis no mandó la película a ningún certamen, incluso la retiró del único en que estaba anotado. Dijo que quería rehacer unos planos y perfeccionar el sonido de fondo. Y ahora, un año más tarde, la estrena de golpe y con mínima salida. Sólo unos pocos podrán apreciar el trabajo de su hermana. Y ella no se queja.

La historia es terrible. Está contada con la exquisitez, el sentido artístico y el manejo de la extrañeza que ya mostró Luis Ortega en otras películas, y con un guión mucho mejor que el de la última, pero es terrible. Para no entrar en detalles, digamos simplemente que se inspira en un cuento largo de Yukio Mishima, «Muerte en el estío». Un lugar tranquilo de veraneo, apartado. Una joven mujer duerme la siesta cuando le avisan de una desgracia. La parienta que cuidaba a sus hijitos tuvo un síncope. Ahora ve un solo niño, y descubre que los otros desaparecieron en el mar. El marido está trabajando en la ciudad. Ella se siente culpable. Pero más adelante irá teniendo también otros sentimientos, hacia la familia del marido, los niños que cada tanto percibe cerca suyo, el único pequeño que le queda, la gente que la rodea fingiendo piedad, la propia evolución de su dolor. «Detrás de las persianas, ríen ya», culminaba un poema de Luis Sadi Grosso dedicado a las diversas etapas del luto entre los deudos. Pero una madre tiene otra clase de risa, si es que logra tenerla. «Acunaba su pena», dice el escritor, esperando que la pena se duerma.

Ese es el cuento. La adaptación tiene algunos cambios, que empiezan por una pequeñez (la parienta que estaba «lejos de poseer una mente brillante» ahora es un tío de aún menor cociente intelectual) y se van expandiendo, la madre es la única de tez cobriza entre maestras y amistades todas rubias, en fin, la paranoia crece. La historia se hace aún más fuerte. Y el mar y el verano, van y vienen, tal vez acechan. No corresponde contar más. Ya puede imaginarse el lector lo que ha de encontrar en pantalla. Lástima que la película haya encontrado apenas una sola pantalla, la del Malba, para ir solo un día por semana, a veces dos.                                       

P.S.

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