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Una posibilidad con antecedentes (y una interminable polémica)
Según el Concilio Vaticano II (1962-1965), las funciones litúrgicas y pastorales del diácono son la de "administrar solemnemente el bautismo, reservar y distribuir la Eucaristía, asistir al matrimonio y bendecirlo en nombre de la Iglesia, llevar el viático a los moribundos y leer la Sagrada Escritura a los fieles".
También cuenta con el poder de "instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y la oración de los fieles, administrar los sacramentales y presidir el rito de los funerales y sepultura".
La posible apertura de esas funciones a mujeres marcaría una verdadera revolución en la Iglesia, opinan los expertos.
El debate sobre la cuestión es de larga data. En una carta dirigida al arzobispo de Canterbury en 1975, el papa Pablo VI comentó que la posibilidad de ordenar a mujeres "no es admisible por razones verdaderamente fundamentales", entre las que destacó que "Cristo eligió a sus apóstoles únicamente entre los hombres". Así, añadió, "se ha establecido coherentemente que la exclusión de las mujeres del sacerdocio va en armonía con los planes de Dios para su Iglesia".
En 1994, Juan Pablo II secundó las palabras de su antecesor al resaltar que "la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir a las mujeres una ordenación sacerdotal", al tiempo que consideró que el papel de la mujer es "absolutamente necesario".
El papa Francisco, dispuesto a romper viejos esquemas, abre la cuestión como nunca antes.


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