13 de diciembre 2012 - 20:04

Una producción amplia espera público

«Días de vinilo», una excelente forma de hacer un cine nostálgico con comedia al mismo tiempo, que habría merecido mejor lanzamiento y espectadores.
«Días de vinilo», una excelente forma de hacer un cine nostálgico con comedia al mismo tiempo, que habría merecido mejor lanzamiento y espectadores.
El cierre de 2012 se habrán estrenado más de 120 títulos nacionales. La cifra engro sará las estadísticas y será motivo de celebraciones y discursos. Pero los números por sí solos no dicen nada. Hubo un tiempo en que el número de producciones anuales significaba algo. Un récord en años de vacas gordas, cuando todo el mundo iba al cine, o trece actos de presencia y resistencia en época de penurias. Ahora tenemos más de 120 títulos, pero muchos de ellos son sólo muertos que caminan, apariciones fantasmales que convocan apenas un centenar de espectadores, esfuerzos meritorios y hasta realmente buenos no correspondidos por el público, que en muchos casos ni siquiera se entera de su estreno.

No es necesario abundar en el tema. Pero si nos alejamos de la hinchazón de cifras engañosas apreciaremos mejor la sustancia de este año y los caminos del próximo. Por empezar, hoy la sala más indicada para la mayoría de esos títulos es la televisión. «Para mí, las películas se estrenan recién cuando las dan por Volver», decía un adicto a las rarezas de medianoche que solían aparecer por ese canal, y ante las cuales mucha gente se preguntaba «¿cuándo las hicieron?». Pero ahora, desplazado Volver, empiezan a pisar fuerte los canales públicos. Y se dan movidas singulares, como «La Caracas», que estrenó en salas un jueves, recibiendo la difusión y los comentarios elogiosos de la prensa, y el sábado de la semana siguiente ya estrenaba en Canal 7. Ese recurso puede ser fácilmente imitado. Otro detalle: muchas producciones nacionales, sobre todo documentales, tienen su verdadero lugar, espíritu y estilo en la pantalla chica. El Incaa mismo alienta directamente la producción televisiva, en especial para los primeros trabajos de grupos del interior del país. Las películas son demasiado costosas para ellos, y por lo general nada redituables.

Hay, además, otra pantalla todavía más chica pero de creciente audiencia: internet. El fenómeno de este año, «La educación prohibida», superó los cuatro millones de visionados en Youtube. De haberse estrenado en forma convencional, el autor (Germán Doin, que no estudió en ninguna escuela de cine sino en el Iser) no habría llegado ni al uno por ciento de ese número. Pero, eso sí, es difícil que pueda vivir de esto.

Atento al fenómeno, este año el Festival de Mar del Plata presentó una nueva sección llamada DosPuntoCero. Allí estuvieron ese trabajo y otros de terror o confesiones adolescentes que ya son populares en la web. El futuro ya nos alcanzó, dijeron los organizadores. Algunos grupos hacen y muestran lo suyo en la web por puro gusto y a pura pérdida. Otros, para presentar un producto decentemente elaborado, apelan a la «gestión de fondos online», mediante sistemas de crownfunding, financiación comunitaria, o como suene más lindo para que el posible simpatizante suelte unos pesos a cambio de figurar como coproductor del proyecto, o recibir una camiseta, según sea el tamaño de su aporte.

La idea no es nueva, reconoce un antecedente en Jean Renoir, cuando en 1938 vendió las entradas de «La marsellesa» antes de hacerla. Se trataba de una obra épica sobre la lucha del pueblo francés, eran tiempos del Frente Popular, y cada comprador se sentía parte de una producción colectiva.

Ahora el discurso es otro pero el pago por adelantado es más o menos lo mismo. Seguramente es una forma honrada de ganar dinero. Si además se quiere pedir un crédito al Incaa, todos esos aportantes serán una evidencia del interés que ya esté despertando el proyecto. Ahora, ¿qué pasará con los tradicionalistas que pretenden seguir filmando en película de 35 mm., y no en cámaras digitales por más alta definición que tengan? ¿Y los que quieran estrenar en salas? ¿Y los que además quieran gastar lo que corresponde en vestuario, ambientación y demás chiches? ¿Y, peor aún, los que quieran pagarle al personal según convenio? Porque una cosa es la película hecha entre amigos, o la de supuesta forma cooperativa, y otra es la producción que paga al personal lo que corresponde. Eso sale carísimo, aunque garantiza la calidad profesional del resultado.

Se sospecha que de este tipo de producciones habrá cada vez menos. Que, aparte de los créditos del Incaa, deberán apelar cada vez más a mayor cantidad de sponsors. Antes bastaba con entusiasmar a un bodeguero o hacerle vender unas hectáreas a cualquier estanciero enamorado de una actriz (no daremos nombres, pero tales manejos existieron). Pero ahora hay que acudir a los sponsors. Y a las coproducciones, que antes eran mayormente españolas. Ahora los españoles están de capa caída, si bien continúan haciendo inversiones y manteniendo buenos programas de apoyo al cine latinoamericano en general y argentino en particular.

Se abre una opción: Corea. Hasta el momento Corea sólo ha participado en una sola coproducción con Argentina: «Leonera». Pero ahora se vienen negociando convenios para facilitar inversiones conjuntas. Y aquella gente parece tomarse las cosas en serio. La enorme delegación que viajó al Festival de Mar del Plata, los ceremoniosos discursos del embajador y el presidente del Korean Film Council, así lo dan a entender. En fin, veremos qué pasa.

Lo mejor

Por suerte, varias de las mejores películas nacionales de 2012 tuvieron buena respuesta del público. O atendible respuesta, que pudo haber sido mayor. Pero no pasaron del todo inadvertidas. Entre ellas, la tierna y madura «Días de pesca», de Carlos Sorin; «El último Elvis», «Infancia clandestina», «¡Atraco!», «Dos más dos» y «Elefante blanco».

Otras, destinadas a público reducido, también lograron encontrar su espacio en salas de cine-arte, como la poética y riesgosa «75 habitantes, 20 casas, 300 vacas», sobre la infancia del pintor Nicolás Rubió en un pueblito francés. Pero merecían más. Como también merecían más respaldo de público y exhibidores (e Incaa) ciertas obras bien hechas y de veras necesarias para nuestro cine y nuestra sociedad, como «Cuentas del alma. Confesiones de una guerrillera», «Parapolicial negro. Apuntes para una historia de la Triple A», «La Revolución es un sueño eterno», los documentales «¡Vivan las antípodas!» y «El etnógrafo», o el hermoso dibujo por el que tanto lucharon el Negro Caloi y su esposa y colaboradora María Verónica Ramírez, «Anima Buenos Aires», una belleza que Cancillería bien podría llevar de estandarte en toda muestra de cultura argentina alrededor del mundo.

Para el registro, sólo queda consignar algunas tendencias. Crece el número de pequeños documentales o ficcionales abocados a mantener «el relato», y de los cuales se destaca por su originalidad y malicia el discutible «Tierra de los padres». Crece también el número de producciones de cine de terror, todas independientes de bajo presupuesto y alta extracción de sangre. Decrecen, por suerte, los antojos experimentales y/o pretendidamente artísticos. Sigue habiendo muy pocas películas decididamente cómicas, y se mantienen en nivel y calidad las comedias románticas, como «La suerte en tus manos», «Extraños en la noche», y, la mejor de todas ellas, «Días de vinilo», que merecía más suerte en salas.

Párrafo aparte, un falso documental que es también una comedia sentimental: «El camino del vino», seguimiento de un auténtico sommelier que (según el argumento) ha perdido el paladar, y, acuciado por su esposa empresaria, trata de recuperarlo acudiendo a diversas bodegas. Sólo ha de reencontrarlo en un lugar que hace mucho no frecuenta: la mesa familiar, en el fondo de la casa paterna. Hay una metáfora en esto, para quien quiera hallarla.

Dejá tu comentario