2 de septiembre 2010 - 00:00

Una puja potente y movilizadora

La nueva película de Gastón Duprat y Mariano Kohn es una singular comedia dramática sobre un conflicto entre dos vecinos: Rafael Spregelburd y un irreconocible Daniel Aráoz, lejos de los pasatiempos televisivos.
La nueva película de Gastón Duprat y Mariano Kohn es una singular comedia dramática sobre un conflicto entre dos vecinos: Rafael Spregelburd y un irreconocible Daniel Aráoz, lejos de los pasatiempos televisivos.
«El hombre de al lado» (Argentina, 2009, habl. en español). Dir.: M. Cohn & G. Duprat. Guión: A. Duprat. Int.: D. Aráoz, R. Spregelburg, E. Alonso, I. Budassi, L. Acuña, R. Guzmán.

Tres protagonistas tiene esta singular, movilizadora comedia dramática. Uno, omnipresente, es la casa que el doctor Pedro Curutchet le encargó al arquitecto Charles Jeanneret (a) Le Corbusier, y que, siguiendo sus planos, levantaron sus colegas Amancio Williams y Simón Ungar entre 1949 y 1955, un prodigio teórico en un lote de 9 por 20 entre medianeras, al 320 de avenida 53 de La Plata, frente a Plaza Rivadavia. Un edificio luminoso, muy vidriado, levemente ajeno a la línea municipal, con una rampa que lleva la vista y un jardincito con un árbol que asciende hasta integrar el paisaje de la terraza jardín, amén de las lógicas habitaciones y el consultorio médico. Un lugar que todos los especialistas admiran. Original, medio imponente, lindo de ver, difícil de habitar. Seco, distante, supuestamente inalterable. Hoy es sólo un museo para admiración y estudio de nuevos arquitectos.

El otro personaje, es quien en la ficción habita esa casa. Un respetado diseñador industrial, muy formal, con esposa (que lo critica), hija (que lo desdeña) y oficina (que le permite no hacer nada con aires de señor ocupado). Un día irrumpe el tercero. De veras irrumpe. Es el vecino de un departamento que da al pozo de aire, un grasa vendedor de autos usados que hace una abertura en la medianera, para que entre luz a su hogar, pero que de ese modo (encima inconsulto), también entraría a tener una visión cotidiana de la familia hasta entonces segura en su palacete.

Las primeras tratativas entre los vecinos son ríspidas. Cada cual tiene su carácter, uno desconfiado y altivo, otro sobrador y de aire amenazante. Uno educado en el tablero, otro en la universidad de la calle. Invasivo, además. ¿Cómo se le pone un límite? ¿Quién es exactamente ese tipo, cuyos hábitos son de temer, y al mismo tiempo pareciera ir de frente, con sincera intención?

El vecino de al lado. El que no conocemos. Ese de quien recelamos. Que es de otro palo. Y quizá puede darnos con un palo en la cabeza. O quizá sea un buen tipo, si uno entra en sus códigos. ¿Y si algunos de esos códigos son más prácticos y sinceros que los nuestros? ¿O si incluyen alguna relación con la pesada?

Rafael Spregelburg es el diseñador industrial. Daniel Aráoz, el tipo vivo e inquietante. Los dos son buenos actores, pero el cordobés nos sorprende con el atractivo de su personaje y con un rostro inesperado, dramático, hasta ahora oculto bajo la máscara que usa para los pasatiempos televisivos. Sobre guión de Andrés Duprat, los directores de «El artista», Mariano Cohn y Duprat, supieron combinar ese dúo de artistas, esa casa, y esa historia, falsamente sencilla, realmente rica de observaciones sobre el carácter humano y sus problemas de entendimiento, y fuertemente incómoda, admirable y potente en su resolución. Justifica todos los premios que ya tiene, y los que va a tener, incluyendo tal vez alguno para la música de Sergio Pángaro.

P.S.

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