3 de abril 2013 - 00:00

“Uno no posee la propiedad; la propiedad lo posee a uno”

Alinovi: “Recién después de que escribí ‘La Reja’  me di cuenta de que estaba atravesada por  el tema de la propiedad; no fue intención previa”.
Alinovi: “Recién después de que escribí ‘La Reja’ me di cuenta de que estaba atravesada por el tema de la propiedad; no fue intención previa”.
¿Cuál es la reja, el entramado, que separa el saberse dueño a haber perdido una propiedad? ¿Cuál es el punto en el que uno se reconoce como verdaderamente propietario? ¿Cuál es el real enfrentamiento entre los que ocupan una casa que no les pertenece y el que, por vivir en ella desde siempre, tiene allí depositadas experiencia, sueños, recuerdos y hasta una idea de país? A partir de una experiencia personal, Matías Alinovi explora en la novela "La Reja", que acaba de publicar Alfaguara, el tema de la propiedad y la apropiación, del conflicto entre los que usurpan un bien y los que tienen él buena parte de su universo simbólico .

Matías Alinovi es un científico que ha decidido dar espacio a su pasión por las letras. Ha publicado "Historia de las epidemias", "Historia de la energía" e "Historia universal de la infamia científica". Tradujo, prologó y anotó "Dos lecciones infernales" de Galileo Galilei. Es autor de cuentos y una obra de teatro. Dialogamos con él sobre su irrupción en la novelística.

Periodista: ¿Cómo es que un físico, autor de "Historia de la energía", se lanza a escribir una novela?

Matías Alinovi:
Es que era una falso físico, un falso científico [risas]. Siempre quise escribir, y vengo haciendo una transición hace tiempo. Antes de recibirme sabía que no quería investigar, que quería hacer otra cosa. Atravesé ese período de la transición que es la divulgación, que es el terreno mixto en que se escribe sobre temas que se conoce un poco más que otros, y se puede sacar esa ventajita.

P.: Esa ventajita, cómo usted la llama, le permitió ofrecer su elogiada "Historia universal de la infamia científica", y a la vez escribir la obra de teatro "La paradoja de los gemelos".

M.A.:
Obra que parte de un tema de la ciencia que tiene algo de literario, el de la relatividad. La idea muy simple de Einstein que la simultaneidad de dos eventos es una cuestión del sistema de referencia. Dos cosas que pasan al mismo tiempo para una persona en un sistema de referencia, no necesariamente pasan al mismo tiempo para otra en otro sistema. Me parecía literariamente muy interesante el conflicto que podría surgir de ahí. Si trato de gemelos es porque parto de una paradoja que se ofrece para presentar el tema de la relatividad. Si nacen dos gemelos en un sistema de referencia, hoy, acá, en Buenos Aires, y uno viaja y vuelve, el que viajó es más joven que el que se quedó. Eso no lo percibimos porque las velocidades en que viajamos son relativamente bajas respecto de la velocidad de la luz, pero si la velocidad a la que viajamos fuera mayor se percibiría ese efecto. Quise escribir algo pensando en eso.

P.: ¿Y por qué teatro?

M.A.:
Había un viaje y el que se quedaba y el que volvía debían dialogar, y procesar la experiencia de que uno es viejo porque me quedé, y el otro joven porque viajó. Quise explorar esa diferencia.

P.: ¿Cómo pasa a "La Reja", una novela sobre una casa que es ocupada en el conurbano?

M.A.:
La Reja es una localidad en la provincia de Buenos Aires, en Moreno. Un nombre que tiene un interesante elemento metafórico. Mi padre tenía ahí una casa quinta a la que yo empecé a ir cuando tenía dos años todos los fines de semana. Casa de familia venida un poco a menos, padres que se jubilan, y que va pasando por todas las etapas. Se la presta a un pariente, a un conocido, se alquila. Los que alquilan no pagan, se la abandona un poco, se va cada tanto. Hace dos años la ocuparon. Fue un momento de mucha angustia, porque simbólicamente la casa era muy poderosa para mí. Era la última propiedad que tenía mi viejo, que dilapidó propiedades. A esas propiedades no les tenía ningún afecto especial, eran sólo propiedades. La Reja era otra cosa, un objeto biográfico que significaba relaciones, amistades, los hijos de los caseros, los vecinos, las primeras novias, las diferencias de clases que dan un mundo. Amigos, parientes, conocidos compraban terrenos por la misma zona. Esos protocountrys de hace 25 años eran muy abiertos, integraban la gente más diversa. Cuando busqué recuperar la casa tomada - me preguntaba por qué los del cuento de Cortázar abandonan la casa, no hacen nada-, tuve que ir a la policía. Ahí supe de una abogada. Fui a verla. Vive en un chalet viejo, alpino, que me llevó a pensar en las aspiraciones de los argentinos y de sus fracasos. La casa era de los abuelos de la abogada. Habían querido construirse un pedazo de Suiza en medio del conurbano bonaerense. Sentí que me ayudaba escribir, y empecé a tomar notas. Comentándome que le habían entrado en la casa, y lo que le habían robado, que no era lo más bello ni lo más valioso, la abogada me dijo: "lo que pasa es que esa gente no tiene universo simbólico". Si la ocupación de la casa de La Reja me afectaba era porque tenía un universo simbólico, era mi infancia, era la Argentina que hubiera querido ser, y a los okupas sólo les importaba la propiedad.

P.: ¿Qué lo lleva a trasladar lo que le ocurría en una ficción?

M.A.:
Me interpeló la experiencia. Podía hablar sobre la familia que se había metido en la casa, la policía, la abogada. Escribí. No quiero caer en esas interpretaciones arteras de los autores que dicen que hubo una intención desde el primer momento, y el libro es la puesta en obra de una intención previa. En este caso se podría decir: quise reflexionar sobre la propiedad. No hay nada de eso. Después de que escribí "La Reja" me di cuenta de que estaba atravesada por el tema de la propiedad. Me gustó muchísimo un texto del "Tratado de derecho civil" de Guillermo Borda donde dice que en el viejo Código Civil, Vélez Sarsfield sostiene que "es inherente a la propiedad el derecho de poseer la cosa, de disponer o de servirse de ella, de usarla y gozarla según la voluntad del propietario. Él puede desnaturalizarla, degradarla o destruirla". Eso hoy ya no es así. Borda explica que, en la Argentina liberal que buscaba recibir inversiones e inmigrantes, Vélez Sarsfield quería garantizar en un Código amplio todas las garantías, si vienen e invierten y después quieren irse que sea una de sus potestades destruir lo construido. Es una imagen impresionante de país. Me pregunté: ¿hay un acto que defina tu propiedad sobre una cosa? Y sentí que Vélez Sarsfield decía: sí, hay un último acto, que vos la podés destruir. Que la verdadera posesión de una cosa es ser tan dueño que se la cancela cuando uno quiere. Eso me dio el final de la novela. Cuando la casa está ocupada, está puesta en entredicho mi propiedad sobre la casa. Pero hay un último acto que libera lo simbólico acumulado en ella, los recuerdos, ansiedades, un álbum que me es propio. Cuando la casa está ocupada, están ocupados mis recuerdos. Necesito recuperarlos. A la vez, soy esclavo de esos recuerdos. Uno no posee la propiedad, la propiedad te posee. Eso hace tan difícil, y hasta insoportable, volver a los lugares donde alguna vez se vivió. Abruma con recuerdos de los que se quiere estar libre.

P.: ¿Es para aliviar esa tensión que eligió contar la historia en forma lírica, poética?

M.A.:
Hay endecasílabos todo el tiempo. Tiene que ver con el orden de lo práctico. Al querer escribir lo que la abogada me contaba me salía en endecasílabos. Quise reprimirlo, pero eso me frenaba. Bueno, que salgan los endecasílabos y veamos que será eso. Me lancé y salió toda la historia. Aunque al principio me asustaba, después me gustó que fuera así. Había un ritmo natural en los recuerdos al que tenía que responder. Y el ritmo por momentos me sugería frases, parecía que me indicaba que yo no era el dueño de la trama. No era que los personajes se apoderan de mí, como suelen decir algunos narradores, sino que parecía que el ritmo de la voz en que había instalado el relato me arrastraba hacia la meta que buscaba alcanzar.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

M.A.:
Una novela, más larga, que se llamaría "París y el odio". Y allí está el odio que yo sentí a París. Es el odio de descubrirse a sí mismo cautivo de una dependencia cultural. Pero no es una novela sobre la dependencia cultural. Yo viví en París, y la sufría todos los días. Sufría su dureza, que la gente fuera antipática, y siempre caía un argentino que me decía: qué hermosa que es esta ciudad, que lindo vivir acá. Yo trataba de explicar mi dura experiencia, pero no me escuchaban.

Entrevista de Máximo Soto

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