«Mi familia muerta» de Adrián Villar Rojas: impresionante recreación sobre una ballena muerta en un bosque de lengas fueguino.
Ushuaia - Fueron intensas las jornadas vividas en Ushuaia, última etapa de la Segunda Edición de la Bienal de Arte Contemporáneo del Fin del Mundo precedida por las realizadas a partir de enero en Río de Janeiro, San Pablo, la base sudafricana SANAE IV en la Antártida y la intervención en el Calafate. Su continuidad es de por sí una hazaña si se considera el lugar extremo y la distancia que lo separa de los centros de poder, ahora muy desgastados, según la visión de Alfons Hug.
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La noción de fin del mundo es simplemente topográfica, esos centros de poder se están desarticulando así como fracasando los proyectos metropolitanos. Los artistas, verdaderos termómetros de la realidad de un mundo desigual, se desplazan a zonas donde puedan expresarse con libertad, sin las presiones del mercado, donde no haya galerías ni se imponen modas para trabajar en estrecha relación con la ciencia y la tecnología.
Se trata de un desafío, construir una nueva forma de pensar y vivir en un planeta en el que para mediados del siglo, según datos aproximativos, habrá 9.000 millones de habitantes y nuestra especie es la que más dramáticamente afecta el contexto del mundo.
Alfons Hug se refiere a la Antártida «como el único rincón del planeta que no sabe de armas, de explotación económica, de propiedad de la tierra; ésta es de nadie y por lo tanto de todos». Entonces, por qué no Ushuaia, un punto a partir de cero que puede convertirse en un espacio para la reflexión artística, propicio por su aislamiento, su silencio, el majestuoso paisaje, la claridad de la luz, su austeridad que no debería ser contaminado por un turismo depredador o los intereses económicos que imponen, por ejemplo, la construcción de casinos, ya en marcha, en la región.
La mayoría de las obras expuestas en el Hangar del viejo aeropuerto tiene como leitmotiven el fuego, el aire, el agua, y la tierra; la semana pasada se señalaron ya algunas obras. Otras son «Nado y Nada», video-color de Laura Glusman (Argentina), una mujer nadando contra la corriente en el río Paraná, «¿Cuánto es un metro cuadrado de destierro», video instalación, espejo, de Graciela Sacco (Argentina), que lleva a temer la caída al vacío, fondo de pantallas que refleja el desplazamiento de seres en ese «no lugar» de un aeropuerto. Muy significativo es el film «Origin» de Andrej Zdravis (Ljubljana, 1952) un cineasta independiente de gran trayectoria en EE.UU. y Europa, filmado en una isla de Hawai: una narración acerca del encuentro del fuego y el agua, la lava que se funde en el mar, una meditación acerca de las energías que han dado forma al planeta y continúan haciéndolo.
Cris Larson (Minnesota, 1966), examina la relación entre los seres humanos y las máquinas en un contexto invadido por el hielo donde unos operarios lo manipulan, lo trasladan de un lugar a otro sin sentido aparente con fondo de sonido rítmico y ensordecedor. Las obras más destacadas del Museo Marítimo además de las de Hugo Aveta ya mencionado en la nota anterior son las de Verónica Gómez (Argentina). «El reino del castor», instalación en 15 celdas, dibujos impresos sobre lona y maquetas. Este mamífero depredador constituye una plaga en la región y Gómez la convierte en una saga de apariencia ingenua que debería convertirse en un libro para niños a la manera de «Alicia en el País de las Maravillas». «Castores raptan niños dormidos, forman ejércitos con fauna local, toman Ushuaia, atacan Buenos Aires, viajan a Disney, talan bosques de Amazonas, llegan a China, doblegan osos polares», temas relatados en forma de crónica y con final aleccionador a través de un «Proyecto para una colonia penitenciaria de castores» donde son rehabilitados y prestan servicios a la comunidad construyendo puentes y escuelas.
¿Cómo llega una ballena de 25 metros de largo, tres de alto y cuatro de ancho al bosque de lengas de Yatana? «Mi familia muerta» de Adrián Villar Rojas (Argentina, 1980), lo hace visible a través de un trabajo conmovedor enfatizado por el silencio que se impone ante esta angustiante posibilidad. Para armarla utilizaron alambre tejido, madera, cemento y arcilla sacada de la cantera.
¿Para qué sirve esta Bienal? Además del alerta rojo ante la amenaza que el hombre contra la naturaleza, del espacio de reflexión ya mencionado, del trabajo mancomunado de muchos «apostadores» para que el arte se convierta en un acto de sinceridad y que fue muy bien expuesto por Alberto Saraiva, curador para Brasil, cuando dijo que «estamos ante una intemperie» ética». Hasta el 24 de mayo.
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