Las imágenes de playas, carpas, sillones blancos de mimbre, bañistas, retratados sin concesiones, imágenes bucólicas con fondo de mar con algún elemento inquietante constituyeron su iconografía entre 2005 y 2007, época en que comenzamos a ver sus obras. Ese algo inquietante se hizo más notorio en años recientes y se despliega con mayor peso en su actual muestra en Massotatorres (México 459).
No en balde la muestra se titula «Hormigón». Alude a la arquitectura urbana de los 50, cualquiera que haya transitado las rutas argentinas se encontraba con la típica construcción modernista del Automóvil Club, ícono y símbolo que significaba un alto en el camino. También las entradas a los pueblos, el nombre en letras gigantes, arcos, monumentos conmemorativos.
Reato no se queda, en absoluto, en la tarjeta postal. Aviones, barcos, a veces humanizados, motociclistas, autos de calesita, animales extraños, muchos ciervos, muñecos inflables de tamaño desmesurado, el Gauchito Gil, una especie de Disney World suburbano periférico, un mundo feliz en una paleta pastel, delicada, para algo que observando detenidamente, no lo es tanto, un mundo de promesas incumplidas.
No se priva Reato, un artista post 80, de hacer citas, Víctor, Benito, Fortunato, Eugenio, nombres de pila de los grandes artistas boquenses, interviniendo, trastocando sus imágenes.
Dibujo, óleo, acrílico, carbonilla sobre tela, pastel tiza, distintas técnicas, un único nivel de excelencia.
¿Puede haber algo más difícil que pintar las cosas sencillas que nos rodean? Linda Kohen (Galería Teresa Nachman; Juncal 848) intenta develar la esencia de esos objetos así como las situaciones, aún las más simples de su existencia.
Pinta valijas, el tema de sus viajes está implícito, corredores que llevan a algún recóndito lugar de su casa, la cama-lugar de vida y muerte-, una cartera, una mesa, que antes estaba rodeada por los seres queridos. Temas que evitan lo grandilocuente, objetos en los que apenas reparamos porque siempre están allí.
Lo hace con despojamiento, evitando caer en lo prodigioso, en el cliché. Solamente lo muestra, con tonos asordinados, con una pincelada delgada, apenas acariciando la tela, sustrayendo lo superfluo. En un mundo invadido por el exceso de imágenes, de ruido, en el que prima lo exterior y el sinsentido, visitar esta muestra invita a un acto de introspección.
A través de esta técnica que viene desarrollando desde hace 15 años, realiza una pintura de denuncia sobre el «Mar Muerto» que existe en Buenos Aires y que no es otro que el Riachuelo. En sus obras está todo lo que se refleja en esas aguas, la Costanera Pedro de Mendoza, Caminito, el Trasbordador, el puente Nicolás Avellaneda. Basta subirse a la terraza de Proa o a la del Museo Quinquela para ver los marrones oxidados, los basurales flotantes, los amarillos azufrados, toda la negrura de una polución que carcome la vida de los habitantes de esa zona.
Piamonti pinta con petróleo, con guantes y máscara aislante, logra la espesura de ese magma maloliente. Sería importante que esta obra testimonial lograra conmover a aquellos que producen polución, porque Piamonti lo hace con osadía y también belleza.


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