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Venecia: ciudad grandiosa, Bienal mediocre
La Punta della Dogana, en la imagen de Tadao Ando. La gestión de la nueva curadora, la suiza Bice Curiger, decepcionó a los visitantes a la nueva Bienal.
Convertida en el mayor escenario del arte internacional, Venecia que es puro pasado establece un fantástico contrapunto con las expresiones del presente y así genera un contraste que ejerce su seducción. En esta 54° edición, que cierra en noviembre, los más visitados son los espacios restaurados por François Pinault, el Palazzo Grassi y la Punta de la Dogana. Allí se encuentran los grandes hits del arte contemporáneo. El dueño de la casa «Christies» y varias marcas del lujo, colecciona obras de Takashi Murakami, Maurizio Cattelan, Damien Hirst, Peter Doig, Jeff Koons y Cindy Sherman, entre muchos otros.
Por lo demás, con filosófica resignación los eruditos mencionaban el carácter conservador y escasamente experimental que le imprimió a esta edición la curadora general, la suiza Bice Curiger. La megamuestra se denomina «ILLUMInazioni», pero paradójicamente resulta por demás opaca. Todos recordaron con insistencia al incomparable curador Harald Szeemann y su última y memorable Bienal, «Plataforma de la Humanidad», y lamentaron el gran vacío que generó su muerte. Curiger, afirman, «decidió inclinarse por el trabajo de los artistas, en lugar del espectáculo», pero los resultados están a la vista: faltan los excesos y la chispa creativa.
Por supuesto que hay excepciones. Algunas representaciones nacionales ganaron con justicia los elogios. En primer lugar, el pabellón suizo con la obra de Thomas Hirschhorn, conocido por la acumulación de materiales, imágenes y objetos, presenta una de sus más logradas instalaciones, siempre cruzadas por el mensaje social. Luego, en el pabellón de Francia, Christian Boltanski presenta «Chance», otra instalación con una excelente resolución tecnológica.
Boltanski reitera su leit motiv: los retratos de gente desaparecida. Pero en esta ocasión le agrega un componente que suma interés a sus melancólicas imágenes sobre el Holocausto y la memoria, además del uso de la tecnología, su obra se ha vuelto filosófica: trata ahora sobre el azar y las cuestiones imprevisibles del destino.
En los Jardines y los Arsenales están los tres artistas seleccionados por la revista «Les Inrockuptibles» de Francia que, en una extensa nota titulada «Objetivo Venecia», explican el mejor modo de abordar la extensa Bienal a través de las obras de Boltanski, el rosarino Adrián Villar Rojas (elegido para el envío argentino) y Thomas Hirschhorn.
Además, es preciso reconocer el talento de Christian Marclay, el ganador del León de Oro al mejor artista de la muestra «ILLUMInaciones», que también se encuentra en los Arsenales con su atrapante película «The Clock», un auténtico ensayo sobre el tiempo y el cine. Es sabido que las actuales prácticas del arte y el uso de nuevas tecnologías posibilitaron descubrir cualidades de la imagen que estaban ocultas, independizarlas del criterio de su creador, como ocurre con el cine de Hitchcock, un favorito de los artistas contemporáneos.
En «The Clock» todo parece destinado a analizar el espesor del tiempo. Se trata de un film de 24 horas con una extensa selección de fragmentos, miles de instantes o minutos de filmes de diversos géneros, épocas y estilos que se suceden sin pausa arrastrando sus cualidades emotivas.
Con esta secuencia de retazos Christian Marclay, además de recuperar y amplificar los climas emocionales y el efecto hipnótico que ejerce el cine, manipula el tiempo real: el espectador puede comprobar que el reloj de la pantalla coincide con el suyo. En la pantalla se muestran relojes o se habla sobre el tiempo mismo, mientras desfilan actores inolvidables. El cine muestra su poder de encantamiento y el suspenso en estado puro: los cómodos sillones colocados en la sala oscura se tornan difíciles de abandonar.
La Argentina ocupó un lugar protagónico. Luego de inaugurar el espacio de 500 metros en el corazón de la Bienal que nuestro país tendrá como sede por 22 años, la presidente Cristina de Kirchner visitó la obra de Villar Rojas. Apenas dos horas más tarde, en el palacio Ca Giustinian, rodeada por las obras de arte de nuestros grandes maestros, y escoltada por los artistas que llevó a Venecia Magdalena Faillace, recibía las llaves de nuestro flamante Pabellón y recuperaba un espacio de exhibición de 500 metros en los Arsenales para los próximos 22 años.
En el sofisticado Hotel Baglioni, la Fundación Benesse de Japón le entregaba un premio al artista Adrián Villar Rojas. Su valor, consistente en 1 millón de yenes (12.000 dólares), trasciende el dinero, y reside en el prestigio de los artistas que anteceden al argentino, como Olafur Eliasson, Tacita Dean o Rirkrit Tiravanija y, sobre todo, en el pedido de ejecución de una obra pública en una isla de Japón. De este modo, la Argentina, que fue el primer país latinoamericano que formó parte de la Bienal, desde 1901, regresó este año como invitada de honor a esta gran fiesta del arte.


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