Los intérpretes
(especialmente
Eugenia Guerty) y
el humor del
director, que
transmite abismos
existenciales sin
rasgarse las
vestiduras,
completan todo lo
que el autor
noruego Jon
Fosse deja en el
aire en «La noche
canta sus
canciones».
«La noche canta sus canciones» de J. Fosse. Dir.: D. Veronese. Int.: E. Guerty, P. Messiez, E.Onetto y otros. (Sala «Fuga Cabrera».)
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Jon Fosse (1959) es el orgullo de la nueva dramaturgia noruega. En su país lo consideran digno heredero de Ibsen, más que nada por la repercusión internacional de la que goza su obra, especialmente en Europa, y ya hay quienes lo comparan -tal vez sobrevalorando algunas coincidencias de estilo- con Pinter, Beckett y Strindberg.
En «La noche canta sus canciones» (la primera obra de Fosse que se estrena en Buenos Aires) no faltan los silencios amenazantes, ni las luchas de poder entre hombres y mujeres; pero es probable que el espectador sienta que muchos de los conflictos que presenta el autor no han sido desarrollados a fondo.
La pieza describe los últimos momentos de una joven pareja (brillantes actuaciones de Eugenia Guerty y Pablo Messiez), que hasta ese momento parece haber funcionado más por inercia que por un sentimiento más o menos profundo. Cada uno a su manera se ve ahogado por la falta de horizontes y la mediocridad en la que viven. Y el hecho de ser padres sólo ha contribuido a aumentar la angustia que los corroe.
El es un escritor muy fóbico y silencioso que evita todo trato social y se atrinchera en su casa
esperando que algún editor acepte publicar su obra. Ella, en cambio, necesita salir a divertirse luego de haber dado a luz un niño. El anecdotario que los rodea es muy simple, casi vulgar; pero resulta muy interesante ver cómo ambos personajes van creciendo en escena gracias a sus acciones físicas y a sus expresiones y gestos equívocos. El director Daniel Veronese (autor de textos tan valiosos como «Mujeres soñaron caballos» y últimamente dedicado a versionar piezas de Chejov y de Ibsen) pudo revertir el carácter abocetado de este material apoyándose fundamentalmente en la labor de sus actores. Ellos se ocupan de explotar la ambigüedad de estos personajes y de multiplicar sus emociones, especialmente Guerty, quien logra condensar en su rol de «chica común» todos los demonios del alma femenina. Así su personaje pasa de la desesperación más negra a la euforia descontrolada. De a ratos es tierna, en otros exhibe un sadismo muy risueño y, en todo momento, navega hacia la deriva; un digno ejemplar del mundo de hoy.
Hay dos escenas muy destacables: la visita de los suegros, con una desopilante Elvira Onetto (a la que nadie querría tener como madre), y el momento en que la joven se entrega a un irritante «voy-y-vengo» cuando su amante viene a buscarla para irse a vivir juntos.
«La noche canta sus canciones» se disfruta por las actuaciones y por ese humor a lo Veronese que permite detectar abismos existenciales sin necesidad de desgarrarse las vestiduras.
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