18 de noviembre 2009 - 00:00

Walter Santa Ana: un Krapp intenso

Walter Santa Ana anima a Krapp, el solitario incurable en quien algunos han visto el alter ego de Beckett.
Walter Santa Ana anima a Krapp, el solitario incurable en quien algunos han visto el alter ego de Beckett.
«Krapp, la última cinta magnética» de S.Beckett. Int.: W. Santa Ana. Dir.: J.C. Gené. Esc. y Vest.: C.Di Pasquo. Luces: M. Morales. (Sala Cunill Cabanellas).

Pese a su decrepitud -acentuada por el alcoholismo, el aislamiento y la falta de higiene- y a sus actitudes payasescas (como el pequeño show que monta al comer un par de bananas), Krapp es un hombre que conserva su dignidad y su autocrítica, aun cuando todo indique que espera morir muy pronto.

Sentado frente a un escritorio en el que guarda restos de comida y todo tipo trastos el anciano disfruta del único juego que le queda: dialogar con su grabador, donde tiene registradas buena parte de su juventud y madurez.

En cada aniversario de su nacimiento, va sumando nuevas observaciones para este archivo sonoro concebido como una suerte de diario íntimo. Mientras graba la cinta de este año descubre, súbitamente, que nada de lo que ha hecho (incluidas sus aspiraciones de escritor) ha tenido efecto en el mundo. Pero ajeno a la nostalgia y sin ningún rastro de autoindulgencia, Krapp se burla de aquel «yo» joven, arrogante y pretencioso («stupid bastard», en el original) que se llenaba el pecho con pretensiones tan poco realistas como la de abandonar el alcohol («beber menos», repite el viejo borrachín, para luego soltar una tremenda carcajada).

Más de un estudioso de la obra de Samuel Beckett ha destacado el carácter autobiográfico de esta pieza en la que sobrevuelan amores truncados, paisajes de infancia y varias figuras familiares convenientemente borroneadas. Con un solo actor en escena y sin otro argumento que un puñado de anécdotas desdibujadas por la memoria, «Krapp, la última cinta magnética» basa su atractivo en las ácidas reflexiones de su protagonista y en ese debate de alcance filosófico que mantiene con esas otras voces de antaño que hoy lo sacan de quicio.

Entrar en el juego de Krapp no es tarea fácil. Por un lado obliga a conectarse con nociones bastante incómodas en relación a la vejez y a la futilidad de la existencia humana. Por otro, el autor exige una puesta muy austera: el vacío y la oscuridad están siempre presentes. Este clima de ensoñación puede provocar cierto letargo en algunos espectadores.

En compensación, Walter Santa Ana, anima con gracia y picardía a este solitario incurable que finalmente se despide con una declaración muy enigmática: «Tal vez mis mejores años ya se han ido. Pero no quiero que vuelvan. No con el fuego que tengo en mí ahora».

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