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Ya en campaña, Chávez pone a prueba su magia entre los más pobres
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Los sectores populares venezolanos encuentran en Hugo Chávez casi un mesías, lo que hace que su adhesión, al menos en los grupos más fieles al Gobierno, sea resistente a las crecientes dificultades de la vida cotidiana.
«Existe un descontento en la base popular chavista», dice a esta enviada Jesús Torrealba, docente y periodista, que conduce diariamente el programa «El radar de los barrios», transmitido en directo desde las zonas más pobres de Caracas, donde reside la mayor parte de la base electoral chavista. «El 54% de los 28 millones de venezolanos vive en barrios (villas miseria) y el 16%, en urbanizaciones populares, con lo cual, 7 de cada 10 viven socialmente segregados y económicamente deprimidos», explica.
¿Qué les da Chávez? «Un porcentaje mínimo de gratificación material, pero uno altísimo de gratificación simbólica», señala Torrealba. Y aclara que la base popular chavista está compuesta por un grupo minúsculo de adhesión ideológica, otro más amplio de beneficiarios del clientelismo y una enorme masa de adhesión afectiva. Estos últimos «son los que sueñan con que él les va a resolver la vida y por eso se amparan en su figura paternalista», dice Eliece Rivas, de 38 años, que nació y vive en Petare, el conjunto de barrios más populoso y pobre de Caracas.
Rivas es médico recibido en la estatal Universidad Central de Venezuela y un beneficiario de la movilidad social que pregona el discurso oficial. No por ello comulga con Chávez, ni con la calidad de la medicina que se imparte en otra casa de estudios, la Universidad Bolivariana, «donde se instruye a los futuros profesionales con videos grabados en Cuba», protesta.
Así lo consigna la última encuesta de Hinterlaces (28-01-2010): cuando se pregunta quién es el responsable de que no se hayan resuelto los problemas más graves del país, el 43% responde que se debe a «la gente que rodea a Chávez», y sólo el 34% le adjudica las culpas al presidente. Una curiosidad: apenas el 3% dice que el imperialismo y los oligarcas tienen la culpa.
Estos guarismos encajan en las conclusiones de los especialistas de Hinterlaces, que definen al hombre que hace once años ocupa la presidencia, no tanto como un líder, sino como «un predicador y un redentor, que convoca a los pobres por su propuesta de inclusión social, pero no por sus ideales revolucionarios».
Chávez, a su vez, sabe que por ahora no tiene una alternativa enfrente. Por eso es que cuenta con carretel suficiente para intentar remendar sus errores. Baste este ejemplo: apenas asumió, el 2 de febrero de 1999, puso un equipo especializado al frente del Programa de Integración Física de Barrios. Seis años después era reemplazado por el de Transformación Endógena de Barrios. Como tampoco cumplió con las expectativas, a fines de 2009, Chávez renovó el sueño con el Plan Barrio Nuevo Tricolor.
A pesar de esas tres versiones hasta ahora fallidas de una misma ilusión -la de una casa digna y propia-, de los 5,4 millones de viviendas de Venezuela, 4 millones fueron construidos por la propia gente. No obstante, el «déficit actual es de 2 millones de viviendas, casi del 40%», dice Torrealba. «Y eso, a pesar de que la principal forma de vivienda es la ocupación», señala.
«El ADN cultural del venezolano es estatista: pretende que el Dios Estado le solucione todo», dice Damián Prat, analista político y columnista de los diarios Tal Cual y Correo del Caroni. Por eso es que, de acuerdo con Hinterlaces, el 28% aprueba las expropiaciones y nacionalizaciones de empresas, porcentaje que se calca sobre el 27% que le da soporte incondicional a Chávez. Y que espera de él y del Estado que le cambien la vida.
«Hace nueve años que espero aquí, que me ayuden», dice Victoria Barrios, ocupante de un rancho raído en los altos de Petare, donde reparte su día entre perros malhumorados y pilas de basura. Victoria fue beneficiada con algunas chapas en los comienzos del chavismo, y desde entonces, asegura, «voto a quien me dicen». Su vestimenta es «roja rojita», como su voluntad para estar siempre presente en todas las concentraciones que convoca Chávez.
¿Qué espera Victoria? «Que me den esa otra loma», dice a Ámbito Financiero mientras muestra cómo los deslizamientos que trajeron las últimas lluvias se llevaron parte de su vivienda. «Allí quiero mi casa», dice. Lo de Victoria es, quizás, el símbolo del chavismo: su tapera, que se choca con las nubes, es de las mejores atalayas para mirar, desde arriba hacia abajo, la ciudad de Caracas. Una manera de soñar, cada día, con que su vida puede ser como la de los otros. O que la película de Chávez continúa.
* Enviada Especial a Venezuela


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