23 de agosto 2010 - 00:00

Zorzoli más Ibsen: fascinante contrapunto realidad-ficción

El dramaturgo y director Ciro Zorzoli condensó «Hedda Gabler» de Ibsen sin afectar sus líneas principales y le superpuso una suerte de comedia de enredos para indagar en el mundo del los actores.
El dramaturgo y director Ciro Zorzoli condensó «Hedda Gabler» de Ibsen sin afectar sus líneas principales y le superpuso una suerte de comedia de enredos para indagar en el mundo del los actores.
«Estado de ira» de C.Zorzoli (incluye escenas e Hedda Gabler de H. Ibsen). Int.: P. Barrientos, D. Velázquez, M.I. Sancerni, C. Defeo y elenco. Entrenam. corp.: E. Estévez. Esc. y Vest.: O. Puppo. Ilum.: E. Sirlin (Teatro Sarmiento). 

Hedda Gabler es un papel soñado para cualquier actriz. Insatisfecha, manipuladora, obsesionada en darle un sentido trascendente a su existencia (aunque para ello tenga que estropearle la vida al hombre que amó) esta gran heroína ibseniana, de conducta temeraria pero a la vez recelosa del escándalo público, se mueve en escena como un huracán aprisionado dentro de un corset.

La encargada de asumir este complejo rol es Antonia Miguens (notable interpretación de Paola Barrientos). Se trata de una prestigiosa actriz a la que un grupo de empleados de un importante teatro municipal debe entrenar, de un día para otro, por tratarse de un reemplazo.

Miguens es recibida de acuerdo a su status de gran diva del teatro y el cine. Pero a poco de iniciarse el ensayo, comienzan los llamados de atención («tiene que aprenderse la letra, señora») y las expresiones de maltrato. A los molestos equívocos de los utileros se le suman y la desidia de los actores que urgidos por sus necesidades desaparecen continuamente por el foro antes de terminar cada escena. Desconcertada ante este vertiginoso desfile de «partenaires» Miguens, ya no identifica a los demás personajes, pierde el rumbo de sus acciones y es tironeada de un lado a otro por sus entrenadores como si fuera una muñeca de trapo.

Termina, por lo tanto, incomunicada, perdida en el universo de «Hedda Gabler», presa del azar y de la tiranía de sus compañeros de escena (muy buenos trabajos de Carlos Defeo, Diego Velázquez y Vanesa Maja).

Despreciada por el personal del teatro, en quienes sólo encuentra indiferencia y rencor («yo ya cumplí mi horario de 8 a l6 horas, y me hicieron venir de Burzaco para ensayar con usted») la protagonista transita por la escena en medio de una creciente desolación. Aun así, el público no para de reír ante las desopilantes peripecias y enredos que acontecen durante el ensayo.

El director Ciro Zorzoli («Living, último paisaje», «A un beso de distancia», «Ars Higienica», «El niño en cuestión», entre otras obras) condensó el texto de Ibsen sin afectar sus líneas principales de acción y le superpuso una suerte de comedia de enredos en la que se propuso indagar «en el mundo de los actores» y en «los saberes que circulan alrededor del hacer teatral» (según palabras de Zorzoli). En realidad, la obra trasciende con creces el objetivo señalado por el director, para regocijo del público en general y no sólo de los teatristas y habitués del circuito. Ambas capas argumentales se infiltran mutuamente enriqueciendo sus respectivos contenidos.

El diseño lumínico de «Estado de ira» realza este fascinante contrapunto entre realidad y ficción, mientras que en la sugerente escenografía creada por Oria Puppo (un antiguo teatro lleno de trastos) bien podrían corretear Fanny y Alexander, los pequeños protagonistas de la gran película de Bergman.

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