16 de septiembre 2004 - 00:00

"Alien vs Depredador"

Frankenstein se enfrentó el Hombre Lobo, Jason con Freddy y Alien y Depredador no iban a ser menos. Lo bueno es que la película está dirigida por un fan de la ciencia-ficción y el terror como Paul W.S. Anderson que siempre apuntó al ritmo y el ingenuo vértigo de las viejas matinés, sin preocuparse por hacerse el interesante ni darle a ninguno de sus films ninguno de los toques pretenciosos que arruinaron la última secuela de Alien.

Depredador
tuvo sólo dos películas, y es una pena que la excelente segunda parte dirigida por Stephen Hopkins no sea tan conocida como debiera. Ya en esa película, en una escena en la que Danny Glover entraba a la nave del marciano cazador, quedaba claro que ese extraterrestre con «dreadlocks» rastas tenía al menos un trofeo Alien entre su colección de presas intergalácticas.

La trama potencia esta idea de Depredadores cazando Aliens, y justamente lo intensifica a tope en el número: son muchos Aliens y muchos Depredadores combatiendo sin cuartel en una pirámide recién descubierta bajo el hielo antártico por el millonario Lance Henriksen (es decir el mismo rostro del androide que viene apareciendo desde «Aliens» de James Cameron). Hay que avisar que la sutileza del primer «Alien, el octavo pasajero» de Ridley Scott ha desaparecido casi del todo, y el énfasis está puesto en la superacción que que viene con Depredador (o con la lucha antialien sin cuartel del film de Cameron).

Luego de 20 minutos de suspenso bien dosificado, lo que sigue es puro vértigo sin pausa, con todos los detalles horripilantes que caracterizan a las dos especies de bichos, y unos pobres humanos condenados a ser exterminados en medio de la cacería. Todo es un comic de lujo, con diálogos tan inocentes que parecen pensados para provocar una sonrisa en el espectador (sobre todo cuando los arqueólogos pueden leer jeroglíficos de culturas desconocidas con la misma velocidad que una señal de tránsito), pero con más gruñidos marcianos que palabras, lo que en este caso es elogiable. La acción es tan potente y las bajas de ambos bandos son tan grandes que al espectador querría un marcador en pantalla para saber quién va ganando. Al final, gana la diversión, y éste es uno de los casos donde para pasarla realmente bien hay que ver la película en un cine colmado de las respectivas hinchadas.

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