El tema se presta, ya que describe los dolores del crecimiento de un chico napolitano como habrá sido él mismo, alrededor de la Navidad de 1954. Dolores relacionados con las perplejidades del amor, la unción espiritual, la maldad del mundo exterior, y la obsesiva y supersticiosa religiosidad de las mujeres de la casa, una casa donde sólo parece haber faldas, incluida la sotana del tío seminarista, que paradójicamente es casi la única persona animosa que el niño puede encontrar cerca suyo.
Del resto, baste decir que la matriarca absoluta, la abuela, en vez de querer las tres cosas del vals de
Las monjas y las tías amedrentan con sus obsesiones al pobre chico. Que ama a su madre, en cuyos ojos se ve reflejado, porque «las madres llevan a sus hijos en la mirada». Pero un día descubre, impresionado, que también se refleja en los ojos de la chica de la limpieza, y ella en los de él, aunque esto no se relacione precisamente con amor. Mas bien, la muchacha se siente arrastrada a acumular vergüenzas inconfesables con un vago del barrio, al que alienta con bebidas robadas en la despensa, y mensajes que comprometen a la criatura.
Acaso este último hecho recuerde al bello film de &
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