Orson Welles arrastró durante décadas una serie de proyectos frustrados que funcionan casi como una filmografía paralela: su adaptación de “El corazón de las tinieblas”, sobre la novela de Joseph Conrad (que décadas más tarde inspiraría “Apocalypse Now” de Coppola), iba a ser su segundo film tras el éxito inicial de “Citizen Kane”, que rodó a los 25 años. Sin embargo, fue cancelada por RKO Pictures antes de entrar en producción. Su “Don Quijote”, en el que trabajó años, quedó inconcluso. Lo mismo le ocurrió con tantos otros proyectos, varados por problemas financieros y la desconfianza de los productores.
Algo similar sufrió Alfred Hitchcock, cuyo proyecto “Kaleidoscope”, concebido como un thriller experimental en 1967, fue rechazado por Universal Pictures por considerarlo demasiado arriesgado, violento y de fuerte contenido sexual. Recordemos: ese año Hitchcock ya era sinónimo de éxito mundial. Había estrenado obras maestras como “Psicosis” y “Vértigo” y recibido un Oscar honorífico, pero el estudio, después del estreno no tan exitoso de “Marnie, la ladrona”, le negó la producción.
Batgirl
"Batichica" ("Batgirl"), el film de casi 100 millones de dólares cancelado por Warner en 2022 porque resultaba más valioso como deducción fiscal que como estreno.
Cancelaciones
Lo que cambia hoy no es la existencia de proyectos cancelados, que es siempre una constante, sino la naturaleza de la decisión y el momento en que ocurre. Si antes el poder se ejercía sobre lo que iba a hacerse, hoy las plataformas lo extienden a lo ya hecho.
La cancelación de “Batgirl” (“Batichica”) no es el equivalente contemporáneo de un “Napoleón” que nunca se rodó, sino algo más desconcertante: una película prácticamente terminada que, sin embargo, es retirada antes de estrenarse. Lo mismo estuvo a punto de suceder con “Coyote vs. Acme”, salvada esta semana a último momento.
En el Hollywood clásico la intervención ocurría antes de que la obra tomara forma definitiva. El productor podía decir “esto no se hace”, pero rara vez “esto no se ve” una vez terminado. Hoy, esa segunda frase se vuelve cada vez más frecuente. Y ya no está pronunciada por figuras como Selznick o Goldwyn, sino por estructuras más difusas, donde el criterio humano se diluye en modelos de optimización financiera.
Antes decidían los productores, ahora decide el algoritmo. O, más precisamente, una combinación de métricas, proyecciones de audiencia, costos de mantenimiento en catálogo y beneficios fiscales. Las plataformas ya no piensan en términos de obras individuales, sino de sistemas. Cada película, cada serie, es un nodo dentro de una red que debe justificar su existencia en función de variables que exceden lo cultural.
En ese contexto, la desaparición se vuelve una práctica sistemática. Series como “Westworld”, “The OA”, “1899”, “Willow” o “Criado por lobos” no sólo fueron canceladas; en muchos casos, fueron retiradas de sus plataformas, convertidas en contenido invisible para reducir. El catálogo deja de ser una memoria acumulativa y pasa a ser un espacio dinámico, donde la permanencia es siempre provisional.
La consecuencia es un cambio profundo en la relación entre industria y público. Durante mucho tiempo, el espectador podía confiar en que, tarde o temprano, encontraría una película: en una cinemateca, en una edición en VHS o DVD, en un canal de cable. Hoy ya no. No sólo porque ciertas obras quedan inconclusas, sino porque otras directamente dejan de estar disponibles. La experiencia cultural se vuelve contingente, dependiente de decisiones que pueden revertirse sin aviso.
En este contexto hay una paradoja difícil de ignorar. Nunca se produjo tanto contenido como en la última década, y sin embargo nunca fue tan frágil su existencia. La abundancia convive con la evaporación. Películas que cuestan decenas de millones de dólares pueden desaparecer antes de ser vistas; series que construyen audiencias globales pueden ser eliminadas de un día para otro. La cultura, en su dimensión más industrial, se vuelve alterable.
Welles QUijote
Imagen del "Don Quijote" de Orson Welles, que quedó inconcluso. Mubi estrenó no hace mucho los fragmentos sobrevivientes.
Inconclusas
Mirado en perspectiva, el destino de “Batichica” (dejando de lado la calidad, desde ya), es comparable de manera extraña con aquellos proyectos inconclusos de Welles o Hitchcock. En el pasado, lo que faltaba era la obra; hoy, lo que falta es su acceso. La película está ahí, terminada, pero fuera del alcance. No es un sueño incumplido sino un objeto suprimido.
Tal vez esa sea la diferencia más inquietante. El Hollywood clásico podía ser arbitrario, incluso brutal, pero su poder se ejercía sobre la posibilidad. El Hollywood contemporáneo, atravesado por la lógica del streaming, ejerce su poder sobre la existencia misma de las obras. El algoritmo redefine no sólo cómo se produce el cine y la televisión, sino qué significa, en última instancia, que una historia llegue a ser contada.
El caso de “Batichica”, cancelada en 2022 por Warner Bros. Discovery, marcó un punto de inflexión. No se trató de una película en problemas, ni de un rodaje interrumpido, ni de una obra experimental condenada por su rareza. Era, por el contrario, un producto encuadrado en la maquinaria industrial contemporánea: una película de superhéroes basada en una marca consolidada, con un presupuesto cercano a los cien millones de dólares y en etapa avanzada de posproducción. Su cancelación no respondió a criterios artísticos sino a una lógica contable: el proyecto resultaba más valioso como deducción fiscal que como estreno.
La reacción inicial de indignación e incredulidad dio paso rápidamente a algo peor: la certeza de que no se trataba de una anomalía sino del primer capítulo de una nueva práctica. En los años siguientes, otros títulos comenzaron a poblar ese limbo extraño de las obras terminadas que no llegan a existir. “Coyote vs. Acme” estuvo a punto de correr la misma suerte: archivada para obtener beneficios fiscales, a pesar de haber sido completada y de haber recibido buenas reacciones en pruebas con público. Solo la presión mediática y la posibilidad de venderla a otro distribuidor la rescataron de su destino.
Pero incluso antes de este giro hacia la contabilidad como criterio, la industria ya había ensayado formas de desaparición. El caso de “The Day the Clown Cried” (“El día que el payaso lloró”), la película que Jerry Lewis rodó en 1972 y decidió no estrenar jamás, funciona como un antecedente: una obra terminada, envuelta en leyenda, cuyo propio autor consideró fallida. A diferencia de los casos contemporáneos, allí la supresión respondía a una decisión personal, casi ética o estética, más que a un cálculo financiero. Su argumento, un payaso en un campo de concentración que divierte a los chicos allí apresados, recuerda vagamente a “La vida es bella”, de Roberto Benigni. Tras la muerte de Lewis, sólo se vieron algunos fragmentos en el Festival de Venecia de 2024.
Algo similar ocurrió con la película independiente “Don's Plum”, bloqueada durante años por conflictos legales con sus propios protagonistas, entre ellos Leonardo DiCaprio y Tobey Maguire. Hoy puede verse en YouTube.
También hay casos donde la desaparición adopta la forma de una larga postergación, como ocurrió con “The Other Side of the Wind” (“El otro lado del viento”), de Orson Welles, terminada en los años setenta pero estrenada recién décadas después, cuando Netflix decidió completar su posproducción. O el de “Fantastic Four”, producida en los noventa con el único objetivo de retener derechos legales sobre los personajes, sin intención real de exhibición.
El fenómeno alcanza a proyectos en etapas intermedias, donde la cancelación ocurre antes de que el público llegue a enterarse de su existencia. Películas anunciadas, elencos confirmados, rodajes en marcha que de pronto se disuelven sin dejar rastro más allá de notas de prensa. La diferencia con el pasado es que hoy esas decisiones no necesariamente responden a problemas de producción, sino a estrategias de conglomerados que manejan catálogos gigantescos y deudas multimillonarias.
La consecuencia es una mutación silenciosa en la relación entre público y obra. La idea misma de “ponerse al día” con una serie o de volver a ver una película se vuelve precaria. El catálogo, que durante años fue presentado como una biblioteca ilimitada, empieza a parecerse más a una vidriera en constante rotación, donde lo que hoy está disponible mañana puede no estarlo.
La historia del cine siempre estuvo atravesada por pérdidas —películas mudas destruidas, archivos incendiados, obras censuradas—, pero esas pérdidas eran, en general, accidentales o producto de contextos políticos específicos. Lo que ocurre ahora es distinto: la desaparición es deliberada, planificada, integrada a la lógica de producción. Quizás, dentro de algunos años, la idea de que una película terminada pueda no estrenarse deje de resultar escandalosa y pase a ser simplemente otra variable del negocio.
Dejá tu comentario