20 de febrero 2001 - 00:00

Atrae, por original, el estilo de Carmen Baliero

Es muy difícil explicar el arte de Carmen Baliero y probablemente ésa sea su principal virtud. Compositora además de música erudita, hay en su vertiente más popular una impronta académica evidente. Puede tomar piezas muy conocidas (la combativa «El Gallo Rojo» de la época de la guerra civil española, el bolero «La mentira» de Alvaro Carrillo, un poema anónimo del siglo XV musicalizado por Paco Ibáñez como «La gran pérdida de Alahma», el clásico «Alma mía» de María Grever) y hacerlas de una manera muy personal que las distancia profundamente de las versiones originales.

 Puede mostrar también su propio trabajo y allí también las vertientes son muchas: desde un tema inspirado en «El jacarandá» de Palito Ortega y María Elena Walsh hasta piezas trabajadas sobre los textos (como «Monoblocks» o «ABC»), pasando por sencillas canciones de amor («Dedicatoria») u otras claramente influenciadas, a juzgar por el duro manejo de la ironía y el tipo melódico, por el uruguayo Leo Maslíah, como ocurre en «Rita». Pero lo que siempre sorprende es la originalidad con que interpreta las canciones, sean propias o ajenas.

Ni sus armonías siempre alejadas de lo que «naturalmente» piden las melodías, ni tampoco siguen las convenciones más remanidas sus instrumentaciones: su piano o su violín tocado de una manera nada ortodoxa y el bajo de Bárbara Togander, también tocado muchas veces de un modo alejado de los cánones habituales. Tampoco su voz, que domina a discreción, busca la «belleza» más conocida.

Se especializa, además, en romper las formas y no es extraño que las canciones concluyan en los lugares menos esperados o se quiebren las frases poéticas o melódicas. A todo esto habría que agregar su fuerte personalidad, su seriedad, su austeridad sobre el escenario -que refuerza el mensaje total-y su nula sujeción a las normas.

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