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18 de julio 2008 - 00:00

Compendio del arte del excelente Páez Vilaró

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La actual muestra de Carlos Páez Vilaró en el Museo de Arte de Tigre recoge trabajos de las diferentes etapas del artista uruguayo cuidadosamente seleccionados.
Carlos Páez Vilaró (Uruguay,-1923), el hombre y el artista, sinónimo de trotamundos, de aventuras, de exóticos lugares,de frecuentaciones con insólitos personajes, de influencias de grandes artistas de todas las disciplinas, de avatares trágicos y también felices, de amor por su país, de entrega, de pasión.

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No es usual encontrarse actualmente con un artista capaz de transmitir sus vivencias con tal sensibilidad y humildad y en tiempos de actitudes y discursos flamígeros, su palabra actuó como un bálsamo entre los periodistas presentes que lo aplaudieron calurosamente durante la conferencia de prensa previa a la inauguración de su muestra en el MAT (Museo de Arte de Tigre, Paseo Victorica 972, hasta el 31 de agosto). La muestra se titula «Fragmentos», y está integrada por etapas o mojones de sus trabajos cuidadosamente seleccionados.

«Exponer mis primeros cuadros es como hacer un viaje al interior de la nostalgia», dice para abrir una serie de comienzos de los 50, documentos de la vida americana en el Río de La Plata en la que Figari está presente con la imagen de los negros, sus creencias y costumbres. Hacia mediados de esa década las figuras, por ejemplo, «Tía Gualiche» o «Adivina», son contundentes en sus líneas rectas, de carácter muralista, así como «Mujer Rubia» (1960), una descomposición frontal en planos de colores, aplicados sin miedo («una buena fórmula para sobrellevar la angustia», según el artista).

Será una sorpresa para muchos encontrarse con obras del 70 que presentó por primera vez en Galería Rubbers y en el Museo de Arte Moderno de San Pablo. Se trata de «Standart(e)», donde Páez Vilaró apela a cuanto objeto se cruzó en su camino. Creemos que una usina inagotable era esa casa de cosas viejas, «La Viuda de Berra» en Montevideo, lugar donde encontró también gran número de elementos para sus esculturas cuyo origen confiesa debérselo a Picasso en Vallauris, cuando al mostrarle un manubrio de bicicleta éste podía convertirse en la cabeza de un chivo.

«Stand-art(e)» es un cúmulode sorpresas, títulos o enunciados irónicos a la manera de los «cadáveres exquisitos» que los surrealistas inventaron en 1925, aunque en el caso de Páez Vilaró, la elaboración es solitaria, pero siempre lúdica.

«La década del 70 llegó con sus días oscuros. Muchos escritores y pintores buscaron en el exilio su libertad de hacer. Los que nos quedamos, vivimos la triste experiencia de crear en precaución, con las manos atadas.» Así encabeza sus «Carligrafías», es decir, sus dibujos, tinta sobre

La actual muestra de Carlos Páez Vilaró en el Museo de Arte de Tigre recoge trabajos de las diferentes etapas del artista uruguayo cuidadosamente seleccionados. cartón o tela, «paezificadores», con alusiones a los fusiles, a la censura, a un ¡Basta! que el pueblo gritará para recobrar la libertad, a la iniquidad del poder y a la inutilidad de las guerras.

«Metamorfosis» incluye obras realizadas en «una caja electrónica de ingeniería japonesa que vomitando luz me permitió radiografiar mis ideas». Y aquí vuelve a desplegar su imaginación en figuras con brazos como pájaros, juegos de palabras, pájaros sin patas, composiciones clonadas, repetición de la imagen.

Entre otras series se destaca «Puertos». De carácter constructivo, no podía ser de otra manera para un uruguayo de su tiempo, lo lleva en sus genes, pero a la Páez Vilaró. Se acentúa la condición estructural de la composición, colores planos y vibrantes, nada y todo está en su lugar, sin embargo, la magia misteriosa del puerto, el mercado, sus bares está en estos cuadros de 2002 y de 2008; es que el artista va y viene por su obra, «cada una de ellas es un viaje interior sentado en la butaca única de mi tren especial».

Para las obras recientes, cómo no citarlo: «Y sin proponérmelo, siempre regreso a inyectar en los cuadros la arena de mis playas largas». Texturadas, un volver a la densidad de la materia y también un regreso a Africa donde lo deslumbró lo primitivo, la fascinación de lo excesivo, la selva de Lambarené, su paso por Camerún, por Tchad, el Congo, entre tantos otros lugares y dejó sus huellas en murales devolviéndole a Africa sus vivencias como ser humano ávido de conocimiento y su talento de artista.

Un artista que supo crear Casa Pueblo, una fantasía arquitectónica, una utopía que se convirtió en realidad. Pintar es para Páez Vilaró lo que lo mantiene vivo, lo que le provoca angustia y alegría, «aún en los episodios más dramáticos que he vivido, una gota de humor apareció para endulzarlos».

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