Chemical
Brothers, los
DJs
emblemáticos
de
Creamfields,
predicaron
ahora en sus
canciones
«dejar la
pastilla».
En el séptimo año de su realización, fue la primera vez desde el arranque de Creamfields en 2001 que la cifra de concurrentes bajó en relación al año anterior: hubo 50 mil personas, considerable desde luego, pero casi 20% menos que en sus números récords de 2006 y 2005.
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Desde su comienzo en el Hípico de San Isidro en 2001, Creamfields Buenos Aires siempre incrementó su volumen de público, se fue mudando a predios más grandes y se caracterizó por presentar la mayor convocatoria de DJs en una misma noche: alrededor de 90, repartidos en espacios diferentes (el sábado fueron nueve) y se realizó en el Autódromo de Buenos Aires, en Villa Lugano.
No fueron pocos quienes desistieron, justamente, por la zona elegida: acostumbrados a Puerto Madero, donde se celebró Creamfields desde 2003 pero ya sin predios disponibles (todos fueron comprados para construcción de torres y hoteles), la mudanza a esta zona no despertaba entusiasmo ni en aquellos que llegan en transporte público, ni para quienes deben estacionar sus autos al lado de la villa. Sin embargo, el gran parking funcionó sin incidentes, y costaba 20 pesos la estadía.
Pese a la caída en la peregrinación anual a la meca de la electrónica, todo hace creer que este fenómeno celebrará su década en 3 años, pues el negocio sigue rindiendo, con precios de entradas que esta vez se mantuvieron iguales (costaban 155 pesos).
Esta edición tuvo otros números récord, pero ya no de magavatios o artistas, sino en efectivos policiales, prevención y detenidos por tenencia de droga. El operativo sanitario contó con 12 médicos, 60 socorristas, 6 ambulancias, más de 150 agentes de la Policía Federal (686 efectivos en total) 5 motos, 2 móviles, 3 carros de asalto y un helicópero.
Pero, tras los resonantes casos de muerte por consumo de éxtasis en los últimos meses, hubo varios operativos previos en la ciudad para secuestrar pastillas (incautaron 80), más 300 gramos de cocaína y LSD en Palermo. Otros fueron detenidos en la puerta de control de «Creamfields» mientras dentro se vivió la fiesta extasiada de siempre.
No por nada hasta los DJs principales de la fiesta, los «Chemical Brothers» ( Hermanos químicos) predican ahora en sus canciones «dejar la pastilla». El dúo símbolo de la música electrónica integrado por Tom Rowlands y Ed Simons brilló de 12 a 2 en el «main stage», con temas como «Do it again», «Golden Path», «Hey boy, hey girl» y «Believe», con una puesta asombrosa. La letra de uno de sus últimos temas arroja una suerte de arrepentimiento: «Sólo por divertirme un poco convertí mi cerebro en chicle, hice explotar mi cráneo con droga», pero el título reza «Do it again» (Hazlo de nuevo).
En los varios plasmas gigantes se alternaban las imágenes psicodélicas con avisos del Hospital Fernández: «Cuidate, vos conoces el límite» lo que se completaba con rostros de chicos perdidos de Missing Children. Afuera, camionetas de Sedronar repartían folletos sobre la hipertermia, del parkinsonismo y las arritmias, entre otras consecuencias del éxtasis.
Fiel receptor de mensajes contradictorios, el público recibió (¿y decodificó?) toda clase de estímulos: sushi, energizantes, hamburguesas, avisos de prevención, imágenes digitales y sonido surround. Todo destinado a estas 50 mil almas que circulan anestesiadas, maníacas, saltarinas, bipolares. Muestra de ello son las frecuentes avalanchas e intentos desesperados por salir de los tumultos (que en nada se parecen a los «pogos» recitaleros) lo cual se torna casi imposible en el estado de paranoia y excitación en que se encuentra la mayoría. Curioso que en este marco el fan tenga la ilusión de felicidad.
En el main stage, de 2 a 6, Carl Cox interactuó con el público, lo arengó y alternó clásicos de Armin Van Buuren como «The space we are» para hacer delirar a las 5 con Sander Van Doorm. Antes, en ese mismo escenario habían pasado Zuker XP y LCD Soundystem. Otro espacio en el que se vivió lo mejor de la noche fue, como cada año, la Cream Arena, con Hernan Cattaneo en la temprana noche (de 21 a 23) seguido por «16 Bit Lolitas», Martin Garcia hasta las 2, John Digweed hasta las 4 y el cierre con James Zabiela. Como siempre, la carpa desbordaba, varios se colgaban del techo y se repetía la misma sensación de hedor, excitación, euforia y, parafraseando a «Chemical brothers»: «cerebros convertidos en chicle», con la ansiedad desbordante que antecede a la depresión post-fiesta.
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