La cartelera suma propuestas diversas que van del terror animado a documentales y relatos musicales con fuerte impronta social, reflejando distintas miradas del cine argentino actual.
Una canción para mi tierra, una de las películas argentinas en cartelera.
Cuatro novedades argentinas, muy distintas entre sí, figuran actualmente en cartelera. Una, “La frecuencia Kirlian. La película”, dibujo de Cristian Ponce, muy buena culminación de un fenómeno del cine argentino de terror con eje en una inquietante radio nocturna de Ingeniero Kirlian, pueblo imaginario de la provincia de Buenos Aires. Obra caracterizada por su ingenio, originalidad, sentido del humor y del suspenso, habilidad narrativa y cariño por los cuentos y los análogicos años 80, que en formatos anteriores llegó a ser difundido por Netflix, ahora se despide a lo grande. No quisiéramos que se despida, pero Ponce ya está preparando otra cosa que tiene comprometida para el festival de cine fantástico de Sitges, algo sobre una familia que no sabe si podrá soportar otra noche de terror (eso es todo lo que se anticipa por el momento).
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También la comedia romántica “Hasta que la verdad los separe” hace centro en una radio, en este caso una emisora en problemas cuyos dueños, tratando de salvarla, se enredan en una serie de engaños, competencias e inconfesados sentimientos de amor. A veces, la amistad entre un hombre y una mujer puede convertirse en otra cosa. Autor, Samir Bitar, debutante con amplio respaldo de figuras populares y el encanto de Luly Drozdek en su primer papel protagónico. La obra es entretenida, simpática, y también dice lo suyo, como corresponde al momento que estamos viviendo.
“Patria o mierda” es una verdadera rareza, como una pequeña piedra valiosa pulida a medias. Registro documental de la vida cotidiana en una cárcel, mostrando tanto los días de sol como la angustia del encierro, todas sus imágenes fueron tomadas por un preso con celular, Marcos Joubert, que también hace sus confesiones (lo suyo es un delito menor), editadas por Toia Bonino y difundidas por ambos como codirectores. Difícil que haya algo similar en el resto del mundo.
Y llegamos a “Una canción para mi tierra”, de Mauricio Albornoz Iniesta, recreación sintetizada de una experiencia que al parecer tampoco encuentra algo similar en ninguna parte. En pantalla vemos a Ramiro Lezcano, profesor de música, rockero de pueblo y a la vez conductor de un coro de feligresas de la iglesia local. Este profesor toma un cargo en una escuela rural de las afueras de San Marcos Sur, Córdoba lindado con la provincia de Santa Fe. Pero no es un profe rutinario. El lleva a sus amigos músicos, hace que los niños toquen los instrumentos y más aún, les hace escribir canciones basadas en sus propias vivencias. Por ejemplo, las sufridas a causa de la fumigación de los campos. De ahí a la decisión de hacer lo mismo en otras escuelas rurales, juntar a todos los chicos en una suerte de “Woodstock ambiental”, según él mismo dice, invitar a diversos músicos a enviarles alguna grabación para mezclar con las voces infantiles, hacer que los niños del campo vean cómo se arma un espectáculo, sepan cómo se hace un disco, parece una fantasía, pero ahí vemos a los niños cantando sus propias canciones en un gran escenario acompañados por León Gieco y Lito Vitale.
¿Fantasía, dijimos? También dijimos que esto es una recreación sintetizada. En la vida real, y a lo largo de varios años, el profesor Lezcano (que se interpreta a sí mismo en la película) viene haciendo esto en una decena de escuelas rurales de las dos provincias, ya hubo más de un recital, se grabaron tres discos con más de treinta canciones escritas por los chicos, han recibido la colaboración de los más variados músicos, no solo Gieco y Vitale sino Rubén Blades, Baglietto, Peteco Carabajal, Billy Bond, La Mona Giménez, Mavi Díaz, el Dúo Copianacu, Piñón Fijo, la lista sigue. En resumen, la experiencia les acerca un mundo a los chicos de campo, y les da las herramientas para decir sus cosas y la oportunidad de decirlas, más allá de la tranquera, y de cualquier burocrática planificación ministerial.
Atención a esto. El afiche de “Una canción para mi tierra” se relaciona con un tema de ellos, “Carancho de metal”, y es también una muestra de amplitud cultural, y una advertencia. Cuatro niños cruzan un camino de tierra parodiando la famosa foto de The Beatles cruzando Abbey Road en la intersección con Groove End Road. Pero al fondo se acerca una avioneta, tal como aquella avioneta fumigadora que se le viene encima a Cary Grant en una de Hitchcock, “Con la muerte en los talones”. Solo que aquí la muerte puede estar en los pulmones, o en la piel. Los chicos llevan guardapolvos y máscaras de bomberos. Ciertas cosas pueden discutirse, pueden parecer inocentes, pero es lo que los chicos sienten. Y el resultado emociona.
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