Acompañado por una banda de payasos a la altura de su talento, Slava Polunin ( diseñador de varios números clownescos para el Cirque du Soleil) atrapa rápidamente al público no sólo infantil.
«Slavas's Snowshow» de S. Polunin. Puesta en esc.: V. Plotnikov. Dir.: V. Kramer. Int.: S. Polunin y elenco. (Teatro Opera).
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Para disfrutar de este show de payasos hay que estar dispuesto a jugar. Aquí no hay un tema específico ni una línea argumental a seguir; se trata más bien de una desordenada sucesión de escenas que remiten a situaciones de ensueño o de poética abstracción.
Slava Polunin, su creador y protagonista, es un gran conocedor del arte del clown -de hecho diseñó varios números para el Cirque du Soleil- y él mismo es un clown tierno e irreverente que explota cada uno de sus gestos al detalle logrando que las acciones más insignificantes se transformen en pequeñas aventuras. La persecusión de un globo o una simple conversación telefónica hecha en base a exclamaciones bastan para que este simpático personaje, de traje amarillo y bufanda roja, se adueñe del público. Su cuadro más logrado es aquel en el que evoca la triste despedida de un ser querido valiéndose de un sobretodo y un perchero.
La banda de payasos rusos que lo acompaña parece extraída de un libro de cuentos, usan sobretodos verdes, sombreros similares a orejas de burro y se mueven por el escenario a paso muy lento. Son seres melancólicos que se entregan a actividades que aparentemente no tienen sentido: simulan que cambian de tamaño, participan de pesadillas delirantes y, además, logran que la realidad quede distorsionada. Durante los veinte minutos que dura el intervalo se mueven por toda la platea contribuyendo a que el público se relaje y empiece a jugar con ellos.
Sin duda, lo que más disfrutan del espectáculo y festejan cada acción payasesca son los niños; en cambio, a los adultos los atrae más el despliegue visual y los artificios del show. El mejor: una tela de araña que se extiende por todo el teatro cubriendo las cabezas de los espectadores.
Nevada
En el gran final, no hay quien se resista a semejante golpe de efecto. De repente, como de la nada, surge desde el fondo del escenario una colosal «nevada» de papelitos blancos y plateados que se avalanza sobre la platea al son del infalible «O Fortuna» de «Carmina Burana». A continuación, avanzan seis gigantescas pelotas de distintos colores, con las que el público practica una especie de volley caótico y desproporcionado. A partir de ese momento, todo el mundo enloquece y hasta los más acartonados se quedan «peloteando» veinte minutos más, con la supervisión de los clowns.
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