11 de noviembre 2008 - 00:00

El Holocausto como interrogante eterno

La historia real de un sobreviviente de guetos y campos de exterminio nazis inspiró «Un judíopolaco», pieza que equilibra admirablemente el dolor y la reflexión sobre la condición humana.
La historia real de un sobreviviente de guetos y campos de exterminio nazis inspiró «Un judío polaco», pieza que equilibra admirablemente el dolor y la reflexión sobre la condición humana.
«Un judío polaco». Dramaturgia y Dir.: A.Mateo. Int.: N. Mateo, H. Segura y W. Rosenzwit.Asesor literario: C. Frydman. Dis. Luces: C. Lahet. Esc. y Vest.: A. Mateo. (Espacio TBK.)

El hombre que aparece en pantalla murió en Buenos Aires en el año 1997. Antes, dejó grabada en video una especie de entrevista casera que llegó a manos del director y escenógrafo Alejandro Mateo casi por casualidad, y en la que expone con sencillez sus primeros años de vida en los ghettos polacos de Pabianice y Lodz y su paso por los campos de Auschwitz, Mathausen y Gusen II, circuito que debió iniciar a los 14 años de edad.

El testimonio de este sobreviviente del Holocausto genera en el espectador una inesperada familiaridad que irá creciendo a lo largo de la obra una vez que el material empiece a interactuar con las distintas situacionesdramáticas. Pese a la diferencia de edad, Walter Rosenzwit resulta muy convincente como Bereck Frydman y le aporta al personaje un misterio y una complejidad muy apropiados. Nicolás Mateo es el hijo adolescente, todavía algo inseguro, que debe lidiar con la figura de un padre esquivo al que recién podrá empezar a entender después de su muerte.

Entre ellos, se luce Héctor Segura quien con su habitual histrionismo logra mantener viva la tensión entre hechos verdaderos y ficción teatral: desde el personaje pirandelliano que irrumpe en escena preguntando «¿Esto es un teatro?», y que a continuación intenta divertir al público, primero con chistes «de salón» («¿Saben como se disuelven las manifestaciones en Israel? Mandan a dos o tres personas con una alcancía»), luego con burlas cada vez más degradantes y perversas, hasta el impertinente conductor de un talk show «sobre horrores de la Historia» decidido a manipular el testimonio del hijo de Frydman con preguntas y comentarios morbosos.

Mateo creó una puesta de rica teatralidad en la que el tema del Holocausto ante todo da pie a un sinnúmero de preguntas sobre la condición humana y su incomprensible facilidad para hacer de esta vida un infierno. El relato de familia, el conflicto generacional entre padre e hijo permite que la gran Historia se humanice. Pero lo más importante, parece señalar el director, es ver qué hemos aprendido de lo sucedido y cómo convivimos con eso. Y de paso también preguntarnos por qué perdura el racismo y cómo puede el teatro tratar todos estos temas con un lenguaje vivo y provocador sin recurrir al documentalismo ni a la ficción sentimental.

«Un judío polaco» aborda todas estas cuestiones con un buen equilibrio entre dolor y reflexión y sin privarse del humor.

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