12 de marzo 2008 - 00:00

"Elizabeth. La edad dorada"

Cate Blanchett, diez años más tarde, vuelve a retomar el personaje de Isabel I de Inglaterra en «Elizabeth. La edad dorada».
Cate Blanchett, diez años más tarde, vuelve a retomar el personaje de Isabel I de Inglaterra en «Elizabeth. La edad dorada».
«Elizabeth. La edad dorada» («Elizabeth: The Golden Age», G.B., 2007, habl. en ingl.). Dir.: S. Kapur. Guión: W. Nicholson, M. Hirst. Int.: C. Blanchett, G. Rush, C. Owen, S. Norton, A. Cornisa, J. Mollá, E. Redmayne, A. Godley.

Deslumbrante ambientación en auténticas mansiones y catedrales, suntuosos vestidos, ostentosos movimientos de cámara, una música imponente y cargosa, ponderables actuaciones del elenco femenino, todo eso es cierto, pero, ¿cuál es la razón de ser de esta nueva película, además de continuar la «Elizabeth» que el mismo director y la misma actriz hicieron diez años atrás?

La primera describía los comienzos del reinado de Isabel I de Inglaterra. La que ahora vemos pinta superficial y muy libremente una época mucho más compleja, con su hora de triunfo sobre conspiradores e invasores, y, en particular, sus deshoras de discreta inquietud femenina. Sobre esto último suele mencionarse la gentil compañía del conde de Essex, asunto llevado al cine en «Les amours de la reine Elizabeth», con Sarah Bernhardt, y «Mi reino por un amor», con Bette Davis.

También se menciona al muy amable sir Walter Raleigh, colonizador de Virginia y miembro del Parlamento, que en 1592, enamorado de una dama de la corte, perdió los favores reales, asunto ya ilustrado en «La reina tirana» (título original: «The Virgin Queen»), con Bette Davis ya mayor, enfrentada a la jovencita Joan Collins como la tercera en cuestión.

Esta última es la anécdota que acá desarrollan la rubia Abbie Cornish y Clive Owen haciéndose el Errol Flynn, aunque ni a eso llega. Pero el film ubica el asunto entre 1585 y 1588, para combinarlo con el otro gran problema de la reina, que era su dificultad para llevarse bien con los parientes, por lo cual mandó cortar la cabeza de su prima, la aspirante al trono María Estuardo, y asaltar con piratas los barcos mercantes de su cuñado, el rey Felipe II de España y Portugal. Que además estos parientes fueran católicos, sumaba otro punto de discusión, ya que doña Isabel era una fanática protestante, detalle que esta nueva versión apenas menciona en un cartel inicial.

Al contrario, «Elizabeth II» nos muestra una mujer amplia, tolerante, protectora inclusive de sus súbditos católicos, una mujer luminosa, renacentista, cuya única guía espiritual es un astrólogo inofensivo, y cuya única mortificación es no poder hacer lo mismo que su dama de compañía. En cambio, notablemente, los enemigos son oscuros, tenebrosos, insidiosos, resentidos, maledicentes, tienen un embajador que parece hijo de un enano de Velázquez, y, en nombre de su religión, quieren invadir y destruir Inglaterra.

Ah, ya vemos la razón de ser de esta película. No se trata sólo de una molestia de fanáticos intrigantes contra una flaca necesitada. Cambiemos a los católicos por musulmanes, y ahí surge la actualidad del mensaje. De paso, ya que está, supongamos que la Armada Española fue dispersada por el intrépido Raleigh (que históricamente ni siquiera estaba), para colmo en un solo día; dejemos que los piratas al servicio de Su Majestad sigan gozando la buena imagen que el cine anglosajón les concede (siempre que roben para la Corona), y apreciemos la triunfante iconografía final de doña Isabel como madre de todos los británicos, entre ellos los agradecidos Shekkar Kapur, director nacido en el Punjab, y Cate Blanchett, australiana que aquí tiene una excelente actuación, aunque en solo dos escenas Samantha Norton, como María Estuardo, amenace con ganarle.

De paso, si hay tiempo, imaginemos lo que habrá escrito Michael Hirst, guionista del primer «Elizabeth», «Encuentro con Venus», y la serie de la BBC «Los Tudor», antes de ser reemplazado por William Nicholson, guionista de «Gladiator». Renglón aparte, el arrojo de contar un choque de varios días entre 137 naves españolas y 226 naves inglesas mediante unos pocos barquitos digitales, mucho coloreado, cuatro brulotes, y un caballito blanco.

En fin, también nosotros tuvimos una Isabel, cuyo ministro nos tuvo de hijos. Por suerte a nadie se le ocurrió todavía hacer una película sobre ella.

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