Amy Adams, cortejada: duros tiempos para las princesas.
Ahora el amor del príncipe está mediado por el pragmatismo.
«Encantada» («Enchanted», EE.UU., 2007, dobl. al esp.); Dir.: K. Lima. Guión: B. Kelly. Animacióny acción real. Int.: A. Adams, S. Sarandon, P. Dempsey, J. Mardsen.
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Como ya saben hasta los más chiquitos, en esta historia del sello Disney una chica es llevada desde su mundo de dibujitos hasta el mundo real, donde descubrirá otra forma de vivir el amor. Jugando con el título, diremos que la platea no sale del todo encantada, pero igual agradece, porque, al fin y al cabo, es de esos films que hacen pasar un buen rato, con agradable simpatía, variadas referencias a películas anteriores, y curiosas variantes. Eso sí, «Encantada» es «bastante cantada», no por su trama, que tiene cierto ingenio, sino por esa manía norteamericana de insertar canciones a cada rato en los dibujitos animados.
Encima son todas iguales, al gusto y estilo de Alan Menken («Aladino», «La sirenita», etc.) quien acá vuelve a refritarse sin ningún cargo de conciencia. Bueno, en verdad todo el film es un refrito del catálogo Disney de cuentos románticos, calcado en varias de sus figuras y situaciones clásicas. Y bien podría pensarse que los de la empresa ya están raspando el fondo del tarro, si no fuera porque al susodicho y confeso hecho han sabido darle otra sustancia, con aires de parodia y actualización.
Así, por ejemplo, esta vez la bruja mala no es la madrastra de la niña casadera, sino la madrastra del príncipe, celosa de su poder (no de su belleza), y el beso clave ofrece una duda: ¿la despertará aquel que la ama, o aquel que ella ama? Esto antes ni se preguntaba, porque apenas verse los personajes ya se amaban mutuamente y (previo trámite de eliminación de la bruja) vivían felices para siempre. Pero en el mundo real, como le dice un abogado a la pobre chica, «un matrimonio se considera un éxito si no se desintegra. Y la idea de felicidad no se considera». Otra cosa: ella descubre que también existe una etapa llamada noviazgo, y que puede haber otro candidato, además del príncipe.
Por ahí va la mano, que incluye la posibilidad de parejas cambiadas, personal de limpieza gratuito aunque de mal aspecto (la mejor escena de la película), un cambio de roles al momento de enfrentar a la mala convertida en dragona, y una escena de canto y baile en el Central Park remedando el famoso giro de «La novicia rebelde» sobre una ladera de los Alpes austríacos. Lástima que justo ese día faltaron los de la grúa, de modo que el giro de imitación se da en un plano medio chato, sin la gracia del original. No importa, lo que falta, en esa y otras partes, lo pone Amy Adams, deliciosa en el papel de jovencita casi continuamente alegre e ingenua, o, mejor dicho, ingenua para algunas cosas, y bien viva para otras.
Del resto, los dibujos de comienzo y final son medio trillados, la acción en vivo remite a viejas fantasías románticas que Hollywood ya hacía en los '30 (la época en que el auténtico Walt Disney hizo «Blancanieves»), y, cosa curiosa, falta una buena escena de enamoramiento. Solo hay acción, y un breve dilema de elección del producto llamado marido. Tampoco hay hadas, solo una ardilla cargosa.
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