27 de marzo 2017 - 11:17

Gonzalo Garcés: "El ensayo siempre parte de una molestia"

Gonzalo Garcés.
Gonzalo Garcés.
Cuando se le pregunta a Gonzalo Garcés en cuáles de sus roles se siente más cómodo, si en el de escritor de narrativa, ensayista, promotor cultural, o editor, el recuerda una vieja expresión que se usaba más de un siglo atrás. Se hablaba de "hombres de letras" cuando no se esperaba que un autor se casase con un solo registro o una sola tarea. En sus palabras, abocarse a la literatura "es como estar en un cruce de calles, el tráfico va para un lado y para el otro, pero sigue siendo tráfico". Bajo esta premisa, se encarga de publicar voces argentinas en un sello a la vez que es uno de los principales artífices de las visitas de autores internacionales como lo fue la de Michel Houellebecq el pasado noviembre y próximamente lo será la de Amélie Nothomb.

El denominador común de sus textos es poner mucho de sí mismo. Cómo ser malos, su último libro que recopila ensayos realizados durante 10 años, no es la excepción. En él no faltan las polémicas sobre la vanguardia y la excentricidad del escritor, homenajes a sus héroes como Abelardo Castillo o Roberto Bolaño, alusiones a series norteamericanas y reflexiones sobre la tarea de ser crítico, siempre con una voz que no se oculta. En diálogo con ámbito.com, Garcés contó que el título, además de parodiar a los manuales de "hágalo usted mismo" se debe a uno de los textos incluidos en el volumen, que plantea "lo difícil que es ser intransigente de verdad en la polémica".

Periodista: ¿Qué es en tu opinión ser polémico de verdad?

Gonzalo Garcés: Para ser polemista tenés que tener una dosis de rabia e insatisfacción. Los que más admiro son los que tienen el radar para detectar las grietas, las creencias y los discursos de una época. Hoy hay una forma conformista de ser rebelde entre comillas, si tomamos en cuenta que cualquier publicidad de zapatillas o de universidades privadas te invitan a serlo. El polemista verdadero tiene que ir más allá y encontrar los puntos que duelen en serio. Además, al igual que el científico y el filósofo estoico, el polemista tiene un sentido muy fuerte de la verdad. Un ejemplo es Michel Houellebecq, quien solía decir "disfruto ofendiendo y causando malestar, pero no condescendería a ofender y causar malestar si no pensara que lo que digo es cierto". Ahora conocemos sus libros, pero en su momento fue insólito que él hubiera hablado de la miseria sexual, de las dificultades en una sexualidad placentera en tiempos en el que todo el mundo hablaba de la liberación y del destape. Fogwill fue otro gran polemista, porque cuando hablaba de la guerra de Malvinas, no elegía los senderos transitados. No decía que había sido una guerra inútil, ni hablaba del heroísmo de los soldados ni se compadecía de los "pobres conscriptos enviados sin entrenamiento ni armas a las Islas". Decía que cuando volvieron, los soldados de Malvinas eran los únicos argentinos lúcidos, con una visión sana de las cosas ocurridas en el país. Su afirmación implica dar vuelta todas las nociones aceptadas sobre esa guerra. Yo ni siquiera sé si estoy de acuerdo con Fogwill, más bien pienso que no, pero me despierta una enorme admiración esa capacidad para con un movimiento de muñeca breve y elegante, poner cabeza abajo todo lo que pensamos.

P.: En el prólogo de Cómo ser malos contás que la lejanía hizo que en muchos ensayos te refirieras al país de una forma que definís como "pornográfica", al potenciar lo bueno y lo malo. ¿Cuál es la relación que tenés hoy con Argentina?

G. G.: Sigue siendo pornográfica, porque si bien volví al país en 2012, la manera que uno tiene desde el extranjero de personificar al país, darle casi una cara, cualidades y actitudes para la bondad y la maldad nunca se te va del todo. Aunque volver es raro, porque hay dos países superpuestos. Uno es el del día a día, el de cobrar a término, el de juntarse con amigos. Ahí, más que un país hay una experiencia. Y junto con él también está esa Argentina odiada y deseada que yo tenía cuando vivía afuera. Pero eso no es algo malo. A mí también me sirve para escribir.

P.: Los temas de tus ensayos son eclécticos, desde Relatos Salvajes a Borges. ¿Con qué criterio elegís sobre qué escribir?

G. G.:
Creo que tiene que aparecer algo que me haga saltar, pensar que hay un error. Digo esto porque hubo gente que me preguntó por qué no figuraban determinados escritores o por qué no había más escritoras. Y tuve que decir que las cosas que yo leo por placer no me dan necesariamente ganas de escribir un ensayo. Para mí el ensayo siempre parte de una molestia.

P.: Solés poner mucho de vos en los textos del libro, a la vez que cuestionás a la crítica antisépitca. ¿Incluirte es una forma de rebelión?

G.G.:
Para mí es una forma de honestidad y también de marcar los propios límites. La crítica literaria, especialmente en España, tiene una impostura que me saca de quicio. Un "nosotros" profesoral que busca esconder al crítico detrás de la figura impersonal de la cultura. "Echase en falta a una mayor fluidez en los diálogos" es una frase real escrita en una reseña española. Eso siempre me pareció ridículo porque, "hola, crítico, todos vemos que estás ahí".

P.: Pero hablabas también de la crítica local...

G. G.:
Ahí voy a jugar en mi contra y decir que fue injusto lo que dije, porque me refería a la crítica de suplementos, que en general es excesivamente educada y le cuesta mucho bajar línea. Como si el lector fuera a pensar que esa es la palabra de Dios, cuando sabemos que es sólo una opinión. Entonces, ¿por qué no incluir en esa opinión un juicio sobre el libro? Que tenga razón o no es lo de menos. Yo he leído críticas muy virulentas contra libros que después amé, y fueron esos escritos los que me convencieron de que el libro era importante, al haber podido provocar una reacción. Ahora hay una crítica que va mucho más allá, que no está tanto en los suplementos sino en las catacumbas de internet. Empezó en los blogs y hoy incluso puede encontrarse en comentarios debajo de un posteo de Facebook. Y es bueno que haya críticos a veces jodidos, a veces paranoicos. Por ejemplo, muchas de Juan Terranova, que son locas y aluden a conspiraciones que no sé si existen, pero de nuevo, eso para mí es lo de menos. Son críticas que tiraron abajo los panales divisorios entre la crítica especializada, la política y la sociología. Eso para mí eso es muy importante. Las cosas están mejor de lo que imaginaba.

P.: Te metés con figuras fuertes, como por ejemplo, Julio Cortázar. ¿Hay algunos escritores de los que cuesta hablar o se toman como incuestionables?

G. G.:
Hay muchos que se meten con Cortázar, casi no hay persona que no venga de la Academia que no hable de él con cierta sorna o condescendencia. A la par, casi no hay casi lector de a pie, y sobre todo, lector joven, que no esté dispuesto a romperle la cara a quien hable mal de Cortázar. Lo mismo pasa con (Ernesto) Sábato. Me gustan varios aspectos de la obra de Sábato mucho más que a la mayoría de los escritores de mi generación, pero cada vez que escribí un texto cuestionando parte su obra, pero sin condenarlo en bloque, en los comentarios debajo de la versión online de la nota me aparecían hasta amenazas de violencia física. Más de una vez ocurrió que gente escribiera "ojalá te mueras" o "¿quién sos vos para hablar de Sábato?". Antes estas reacciones me chocaban, pero ahora me parecen bien. Me da un cierto placer chauvinista e infantil pensar que hay dos países en el mundo donde ciertos escritores pueden ser motivo de que la gente se bata a duelo. Uno es Rusia y el otro es Argentina. En Rusia puede ocurrir que dos personas discutiendo sobre Los hermanos Karamazov terminen partiéndose una botella de vodka en la cabeza. Y acá también. En cambio no me imagino a dos brasileños clavándose un punzón en una discusión sobre Rubem Fonseca, pero eso tal vez sea un prejuicio.

P.: Tenés varios libros publicados, de distintos géneros. ¿Cuál de ellos te atravesó más y por qué?

G. G.:
El miedo, la novela sobre mi divorcio, porque contaba una experiencia muy fuerte sin saber si iba a publicarla y porque ni pensaba que estaba escribiendo una novela. La escribí sin preocuparme tampoco por saber si estaba narrando, pensando, reflexionando o poetizando. Y creo que quedó una novela con una interesante variedad de registros. La imagen que me venía a la cabeza cuando la escribía era algo parecido a esto: cuando estás en tu casa y entra un asesino con un cuchillo, le tirás con lo que tengas a mano, cuadros, libros, cacerolas. Bueno, había entrado el asesino de mi divorcio y yo tenía que contarlo con lo que tuviera a mano, le tiraba narrativamente todos los recursos. Entonces es un libro con elementos de ensayo y novela familiar, matrimonial, pero no de diario porque no había nada en presente, hablaba de una experiencia cerrada. Hay muy pocas experiencias de la vida que genuinamente pueda decir que son cerradas, porque la mayoría, mientras estás vivo, la historia sigue abierta. El divorcio es una. La muerte de alguien cercano es otra. El divorcio, que es un grado por debajo del nivel de tragedia respecto de la muerte, es una experiencia que sin duda empieza y termina. Y por eso, cuando se la escribe, la forma novelesca viene casi hecha.

P.: Cómo ser malos es otro libro que se fue armando en una década sin que supieras que iba a ser un libro. En su apartado "algunas discusiones" cuestionás a los que se autodenominan excéntricos o vanguardistas. ¿Ves cambios que ocurrieron durante el tiempo en el que estos ensayos fueron escritos?

G.G.:
Veo menos que antes la moda de esa impostura que es la excentricidad. Entre 2000 y 2010 casi no había un escritor argentino cool que no se autodenominara excéntrico. Yo veía en eso algo infantil e impúdico, análogo al hippie que dice ser muy loco. Y pensaba que ser excéntrico no podía ser una pose, ni siquiera una elección. Puede ser un estado de hecho, porque "excéntrico" es que está lejos del centro. Entonces reflexioné sobre qué significaba para mí ser así. Y para hacerlo tuve que pensar donde estaba el centro. Ahí me di cuenta que mi afinidad intelectual era con el Positivismo y con el Pensamiento Científico antes que con el Romanticismo, porque para mí el centro es la verdad demostrable, objetiva, que se puede someter a prueba y error. Y esa verdad nunca es de fácil acceso. Entonces, volví a preguntarme "¿hay excéntricos?" Si, los hay. Yo podría considerarme uno siempre y cuando convengamos que la excentricidad es un exilio, el exilio de la verdad y que la lucha es para volver a ella.

*Gonzalo Garcés es autor de Diciembre (Sudamericana), Los impacientes y El futuro (Seix Barral), El miedo (Mondadori), Hacete hombre. Historia personal de la masculinidad (Marea) y Cómo ser malos (Letras del Sur).

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