19 de junio 2001 - 00:00

Gusta a los chicos una obra campestre

Huesito Caracú.
"Huesito Caracú".
La vida en el campo puede ser muy placentera para aquellos que disfrutan de la naturaleza, pero cuando el progreso avanza surgen nuevas necesidades e intereses que amenazan con perturbar la apacible rutina de sus habitantes y en algunos casos, hasta pueden trastrocar su escala de valores.

El nuevo espectáculo de Hugo Midón, «Huesito Caracú, el remolino de las pampas», desarrolla este planteo a través de una trama sencilla que, además de ofrecer momentos de suspenso, tensión y de rotunda comicidad, ha sido enriquecida con deliciosos apuntes sobre las costumbres del campo. Por otra parte, el conflicto central da pie a duros señalamientos en torno a las ambiciones de poder, la peligrosa seducción del dinero y a las injustificadas deficiencias de ciertos servicios públicos, hoy en manos privadas.

Huesito Caracú ( Gustavo Monje) es un muchacho muy simple y algo perezoso, que vive con sus padres en medio del campo sin otra preocupación que la de tocar su guitarra y conquistar a «Flor» ( Florencia Aragón), la novia del insoportable Cocorito ( Diego Reinhold). Pero la atmósfera bucólica del lugar se ve perturbada por las ambiciones del Sr. Lux (el padre de Cocorito), un empresario que monopoliza la electricidad de la zona y utiliza su poder para captar votos como intendente. Respaldado por sus padres, el protagonista decide terminar con las injusticias, pero para ello antes deberá sortear un sinnúmero de obstáculos.

Uno de los mayores logros de la obra es la pintura de personajes, muy reconocibles en sus rasgos camperos y a la vez con una capacidad de delirio que les permite protagonizar las situaciones más descabelladas como por ejemplo: el sueño en el que Cocorito imagina que su novia regresa convertida en reina de la bailanta, o la escena en que los gendarmes se pasan al bando de Huesito porque descubren que de niños asistieron al mismo jardín de infantes.

El buen desempeño del elenco, cuyas criaturas navegan entre la tradición y la modernidad, contribuye a que el espectáculo se desarrolle sin fisuras, destacándose especialmente la labor de Diego Reinhold, cuya presencia y cuyo histrionismo resultan, una vez más, arrolladores.

La música de Carlos Gianni también apuesta al eclecticismo con muy buenos resultados: un malambo puede derivar en ritmo tropical, lo mismo que un rap puede acompañar a una retahíla de refranes criollos. Pero a pesar de todas estas licencias, la obra nunca pierde identidad y lo mismo sucede con su ambientación a cargo de Renata Schussheim en vestuario, Alberto Negrín en escenografía y Roberto Traferri en iluminación.

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